El tango de Repsol era un negocio de chinos…

Que hermoso telediario hoy….

A parte de poder ver por primera vez (probablemente en la Historia de nuestro país) a un monarca pidiendo disculpas, vemos como se lo estaban pintando a Repsol ante el gobierno argentino.

Repsol estaba pidiendo por su filial una indemnización de cerca de 18.300 millones de dólares, lo cual provocaba las risas de los argentinos. Recordemos que solo es el 51% de la compañía la que se expropia, y no su totalidad. Ahora bien, lo que hace es que Repsol pierde el control de la misma.

En que se basa Repsol al solicitar ese “justiprecio”? Simplemente, se los estaba vendiendo a los chinos, los cuales habían ofrecido algo mas de 10.500 millones de dólares por el 57%. Sinopec, una de las mayores empresas petroleras del mundo (esta entre los 10 primeros de la lista de Forbes 500 del 2011), ya era socio en Brasil. Ahora vemos el principio de la jugada….

Repsol controlaba el 57% de YPF… que se lo ofrece a los chinos por 10.500 millones de dólares.
Los chinos, que están comprando todas las materias primas del mundo que pueden, pagan en efectivo. Hermoso, no? Una forma de salirse para Repsol, declarando menos y escondiendo algo debajo de la mesa… especialmente ahora que deben pagar la nueva refinería de Cartagena (que tiene un precio de mas de 3.000 millones de euros).

Toda la movida de Repsol se hace a espaldas del Gobierno de Argentina, el cual, con su “acción de oro” puede anular la venta.

Pero, sorpresa! Argentina nacionaliza el 51% de YPF, dejando a Repsol con solo un 6% de las acciones. Algo menos del 57% que había vendido a los chinos. Hay mis comisiones, hay mi retiro de oro!

Ahora a los números:

A los chinos se valora el 57% de la empresa a 10.500 millones, lo que da un valor de algo menos de 185 millones por un 1%.
Ahora Brufau dice que la valoración de la empresa es de 321 millones por punto porcentual (18.300 por el 57%).

Ciertamente Bufrau ya estaba negociando a la baja, porque en el 2009 había tenido otra propuesta china por 15.000 millones de dólares (de Petrochina y CNOOC). Pero el gato se le va al agua…

Recordemos que esto son precios de mercado, que los chinos están desesperados por comprar petróleo y pagan al contado. Eso no es el precio  que se podría considerar “justo” en una expropiación.

Dolar del 2009 frente al euro (valor medio)= 1,36
Dolar actual frente al euro=1,31
(Fuente)

Ahora vemos que, con todo este baile de números, los argentinos estén algo mas que “enfadados” con Repsol…
Nosotros nos quejamos de las multinacionales, he aquí un ejemplo.

P.S. Aparentemente hay una “caja negra” en las oficinas de YPF. En vista de la velocidad de como los argentinos sacaron a los gestores españoles no me extrañaría que aun quedaran unos cuantos pasos mas del tango… y que se convierta en un “arrastrao”…

 

Maximizando los recursos petrolíferos: “Oil Peak”

En medio de todo este caos económico una noticia nos esta pasando desapercibida: el aumento de los precios del combustible.

Los precios siguen subiendo y ello redunda en todos los productos que compramos: todo lo que consumimos ha sido transportado por medios que usan petróleo, ha sido producido utilizando petróleo, incluso usamos petróleo para ir a trabajar cada día. La dependencia es absoluta: el aumento del petróleo redunda en todos los elementos de la cadena productiva, sin excepción. Y ello se traduce en un progresivo aumento de los precios de productos y servicios, lo cual implica un mayor gasto en todos los consumidores, en un momento de fuerte recesión como la actual, en que los salarios se reducen, los puestos de trabajo desaparecen y la economía se enfría a pasos acelerados.

Como vemos, el aumento de los precios del petróleo afectan a los individuos, a las personas independientes, a todos por igual. La diferencia es que el aumento afecta mas a los que tienen menores ingresos que a los que mas tienen, en porcentual sobre sus ingresos. Si ganas 500 euros al mes o 50.000 el precio de la gasolina es el mismo, el aumento en el precio de las patatas es el mismo. Pero a uno puede representar mas de un 10% de su consumo, mientras que al otro es una milésima del 1%. El impacto personal es muy diferente. La variación en el precio de los combustibles es un elemento mas que hace que los que mas tienen tengan mas y los mas desposeídos se hundan aun mas en su miseria.

La expresión anglosajona “peak oil” indica llegar al máximo posible de la producción del petróleo. El petróleo es un recurso no-renovable; en otras palabras, es algo limitado y un día de estos se acabara. Eso es algo que todos debemos asumir y que afecta a los precios. Cada vez es o será mas difícil explotar el recurso: se deberá buscar en lugares mas remotos, o perforar mas profundo. Cierto que los costes de explotación subirán, y en consecuencia los costes de la materia bruta. Pero eso son costes fijos que tardaran mas amortizar la explotación. En este momento, la producción de petróleo no se ha reducido, en comparación con las pasadas décadas, por lo que los precios no deberían estar subiendo de manera constante como lo han hecho en los últimos tiempos. Lo será, pero no hoy.

Otro elemento a considerar es la distribución del recurso: no es un elemento distribuido igualmente por toda la superficie de la tierra, y se centra en zonas especificas. Una de ellas es el Golfo Pérsico. Y uno de los mayores productores de petróleo hoy es Iran. El reciente programa nuclear iraní ha llevado al gobierno de Estados Unidos, presionado por las autoridades de Israel, a declarar un embargo económico contra Iran. Esta es una de las razones que se argumentan para la reciente subida de los precios del crudo. Pero lo que no se dice es que los campos petrolíferos de Irak han vuelto a producir como antes de la Segunda Guerra del Golfo, que los campos libios han vuelto al mercado y que Arabia Saudi ha aumentado la producción para compensar la falta de petróleo iraní en el mercado. Entonces, cual es el efecto de la salida de Iran cuando se ha compensado la producción mundial. De hecho, los precios no deberían subir, mas al contrario. Y de hecho, varios de los principales consumidores de crudo persa (principalmente China e India) se han negado en redondo a aceptar el embargo. Si el embargo causara un aumento real del precio del crudo, llegar a los extremos de EE.UU. y Europa, en un momento de severa crisis económica como la actual, seria una actitud suicida para los gobiernos que han decidió tomar tal acción. Tiene entonces razone e ser un aumento de precios del petróleo en relación con el embargo de Iran? Bien, podría afectar ligeramente los precios en Europa y EE.UU. por un tiempo en que se rehacen las lineas de transporte de crudo, pero eso son costes marginales y que solo afectarían por un corto periodo y que serian rápidamente recuperados.

Hemos dicho que la producción mundial se ha mantenido, si no se ha incrementado ligeramente en la ultima década. Lo que se ha alterado es la demanda. Se habla mucho de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica) y de su gran crecimiento económico. Brasil quiere iniciar la explotación de petróleo en aguas profundas de su costa, pero de momento su producción es mínima; Rusia produce petróleo para consumo interno y la zona del Cáucaso esta bajo su esfera de influencia; China fue incluso exportador de pequeñas cantidades para pasar recientemente a se un gran importador; India y la República Sudafricana no producen. Las poblaciones de los BRICS se encuentra entre las de mayor crecimiento poblacional, económico y de mercados del mundo. Que pasaría si India o China quisiera tener el mismo nivel de consumo y comodidad de un país como EE.UU. o cualquiera de la Union Europea? EE.UU. tiene 315 millones de habitantes con un consumo per capita anual estimado en 25 barriles; China 1.350 millones de personas con un consumo de 2 barriles (2008) e India 1.260 millones con 0,84 de consumo anual (2008) (ver siguen articulo). Ahora entendemos por que tanto India como China se oponen al embargo. Pero, es la situación actual escuda para la subida de precios? Quizás a medio plazo, pero tanto indios como chinos están interesados en petróleo barato en este momento y su consumo no es la escuda del aumento de precios actuales.

 

Fortune 500 es la lista de las 500 mayores corporaciones globales. Veamos los resultados del 2011

Rank Company Revenues
($ millions)
Profits
($ millions)
1 Wal-Mart Stores 421,849 16,389
2 Royal Dutch Shell 378,152 20,127
3 Exxon Mobil 354,674 30,460
4 BP 308,928 -3,719
5 Sinopec Group 273,422 7,629
6 China National Petroleum 240,192 14,367
7 State Grid 226,294 4,556
8 Toyota Motor 221,760 4,766
9 Japan Post Holdings 203,958 4,891
10 Chevron 196,337 19,024

6 de las 10 primeras (Total esta en la posición 11 en el 2011 cuando era la 14 en el 2010) son compañías petroleras (5 y 6 son chinas, por cierto) (fuente: CNN). La lista del 2010 es muy similar: solo AXA desaparece y es sustituida por Chevron. En el 2010, las corporaciones petroleras copaban el 50% re los ingresos de las 10 mejores, y el 71% de los beneficios; en el 2011 representaban el 67% y el 74% respectivamente. Como vemos, desde el principio de la crisis, no solo las petroleras han mantenido su dominancia mundial, sino que la han acrecentado. Incluso, a pesar de las graves perdidas de BP (de 16.578 millones de dólares de benéficos del 2010 a las perdidas de 3.719), aumentaron sus beneficios combinados en un casi 27%. Beneficios, no ingresos. Y del 2010 al 2011. Que otro tipo de empresas ha generado un aumento en ingresos semejantes en un periodo de crisis como el presente? Chevron, por ejemplo casi duplico beneficios en este periodo (10.483 en el 2010 a 19.024 en el 2011).

El mercado funciona de manera extraña. Hoy mismo tenemos noticias mezcladas: los números relacionados con la producción de China y EE.UU. para el pasado mes han mejorado, lo que ha resultado en el aumento del valor bursátil de las petroleras (por ejemplo en el mercado ruso han sido las mejores del día haciendo que cerrara el MICEX con beneficios). Por otro, tras alcanzar el precio mas alto de los ultimas 6 semanas, el valor del crudo ha bajado unos céntimos. El ascenso de la bolsa es relacionado con los aumentos de producción, y la consecuente alza en demanda de materias primas; pero ese mismo aumento en demanda reduce los precios de las mismas materias primas (petróleo). Curioso…

Curioso? O es que los precios de las materias primas están perdiendo relación con las evoluciones de lo que debería ser un mercado abierto y transparente? Veamos este ejemplo: el precio de mercado del arroz en marzo del 2002 era 189,29, marzo del 2007 326,18, febrero del 2012 es 547,18. Un 290% aumento de precio en una década! (fuente Index Mundi). Mayo del 2008 llego a superar los 1.000 dólares! Suena la fecha? El momento de la crisis financiera y la caída d ellos grandes bancos. Tuvo algo que ver el clima, o la disminución de la producción? O fue una diversión de dinero? Bajaron los precios a niveles normales después? Aparentemente no. Vemos con este claro ejemplo como funcionan las materias primas: es independiente de la producción y la demanda, pero simplemente un sitio donde manejar dinero y ganar beneficios. Es cierto que ha habido problemas con cosechas en Asia en 2009-2010, pero los precios alcanzan incluso a la población de los principales productores, causando serios problemas sociales (ver Rice Policy). Incluso pone en peligro la reciente llegada de reformas democráticas en Myanmar (Myanmar Times 5 Junio 2011). Incluso hasta el punto que los agricultores no tienen dinero para comprar las semillas, por lo que se cierra el ciclo… Ciertamente, el petróleo no sigue las mismas pautas de crecimiento y demanda que el arroz, pero vemos como funcionan los mercados desde la llegada de la crisis: las instituciones financieras se han apoderado de los mercados de materias primas y los hacen fluctuar de manera aleatoria, solo en relación a sus propios beneficios, y no de forma abierta, tal y como un mercado en una economía capitalistas debería funcionar. Se hablo de “dictadura del proletariado”, el comunismo, pero ahora deberíamos hablar de la “dictadura del capital”, lo que nos acercaría mas al otro extremo del espectro político: el corporativismo (también conocido como fascismo en Italia o nazismo en Alemania).

Conclusiones

Todos somos jonkies: jonkies del petróleo. Nuestra dependencia es tan fuerte que influye en todas las áreas de nuestras vidas. Cuanto mas desfavorecidos son los miembros de una sociedad, mayor influencia tiene esta dependencia. Sabemos que esta droga social tiene fecha de caducidad, y que debemos encontrar nuestra “metadona ecológica” para romper el ciclo de consumo de los combustibles fósiles.   Los precios siguen aumentando, y nosotros seguimos pagando. Los gobiernos presentan excusas, como la política internacional, para esconder el aumento de los precios. Cuando los auténticos beneficiados (las grandes corporaciones petrolíferas y financieras) manejan los mercados y se llevan cada día mayores beneficios a costa de todos nosotros. Y lo hacen en el momento en que somos mas vulnerables: cuando estamos sufriendo una serie crisis económica. Y estos beneficios para pocos no hacen mas que empeorar la situación general de la población y de las finanzas publicas.

La situación es simple y no es bajar los precios del petróleo al usuario final. La solución es hacer pagar los pertinentes impuestos a los grandes beneficiados y usar esos impuestos de manera inteligente: fomentar fuentes de energía alternativa, transporte publico, dependencia del consumo mediante recuperar productos locales o que utilicen menos combustibles fósiles… hacer, en definitiva, que los beneficios regresen a la gente de una forma sensata y que generen las bases para lo que se acerca de manera inevitable: el fin del petróleo y una nueva economía basada en un autentico capitalismo, transparente y responsable.

 

 

Towards reforming the International Financial and Monetary System in the context of Global Public Authority

 

 

 

Original text

This is the complete text as published by the Pontifical Council for Justice and Peace.
I will not add any personal comment. I leave that to each of you. Nevertheless, from whatever religion you belong, or even of you don’t profess any, there is some interest and relevancy in the following lines.

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Preface

“The world situation requires the concerted effort of everyone, a thorough examination of every facet of the problem – social, economic, cultural and spiritual. The Church, which has long experience in human affairs and has no desire to be involved in the political activities of any nation, ‘seeks but one goal: to carry forward the work of Christ under the lead of the befriending Spirit. And Christ entered this world to give witness to the truth; to save, not to judge; to serve, not to be served.’”

With these words, in the prophetic and always relevant Encyclical Populorum Progressio of 1967, Paul VI outlined in a clear way “the trajectories” of the Church’s close relation with the world. These trajectories intersect in the profound value of human dignity and the quest for the common good, which make people responsible and free to act according to their highest aspirations.

The economic and financial crisis which the world is going through calls everyone, individuals and peoples, to examine in depth the principles and the cultural and moral values at the basis of social coexistence. What is more, the crisis engages private actors and competent public authorities on the national, regional and international level in serious reflection on both causes and solutions of a political, economic and technical nature.

In this perspective, as Benedict XVI teaches, the crisis “obliges us to re-plan our journey, to set ourselves new rules and to discover new forms of commitment, to build on positive experiences and to reject negative ones. The crisis thus becomes an opportunity for discernment, in which to shape a new vision for the future. In this spirit, with confidence rather than resignation, it is appropriate to address the difficulties of the present time.”

The G20 leaders themselves said in the Statement they adopted in Pittsburgh in 2009: “The economic crisis demonstrates the importance of ushering in a new era of sustainable global economic activity grounded in responsibility.”

The Pontifical Council for Justice and Peace now responds to the Holy Father’s appeal, while making the concerns of everyone our own, especially the concerns of those who pay most dearly for the current situation. With due respect for the competent civil and political authorities, the Council hereby offers and shares its reflection: Towards reforming the international financial and monetary systems in the context of global public authority.

This reflection hopes to benefit world leaders and all people of good will. It is an exercise of responsibility not only towards the current but above all towards future generations, so that hope for a better future and confidence in human dignity and capacity for good may never be extinguished.

Cardinal Peter K.A. Turkson +Mario Toso

President Secretary

Presupposition

Every individual and every community shares in and is responsible for promoting the common good. Faithful to their ethical and religious vocation, communities of believers should take the lead in asking whether human family has adequate means at its disposal to achieve the global common good. The Church for her part is called to encourage in everyone without distinction, the desire to join in the “monumental amount of individual and collective effort” which men have made “throughout the course of the centuries … to better the circumstances of their lives…. [T]his human activity accords with God’s will.”

1. Economic Development and Inequalities

The grave economic and financial crisis which the world is going through today springs from multiple causes. Opinions on the number and significance of these causes vary widely. Some commentators emphasize first and foremost certain errors inherent in the economic and financial policies; others stress the structural weaknesses of political, economic and financial institutions; still others say that the causes are ethical breakdowns occurring at all levels of a world economy that is increasingly dominated by utilitarianism and materialism. At every stage of the crisis, one might discover particular technical errors intertwined with certain ethical orientations.

In material goods markets, natural factors and productive capacity as well as labour in all of its many forms set quantitative limits by determining relationships of costs and prices which, under certain conditions, permit an efficient allocation of available resources.

In monetary and financial markets, however, the dynamics are quite different. In recent decades, it was the banks that extended credit, which generated money, which in turn sought a further expansion of credit. In this way, the economic system was driven towards an inflationary spiral that inevitably encountered a limit in the risk that credit institutions could accept. They faced the ultimate danger of bankruptcy, with negative consequences for the entire economic and financial system

After World War II, national economies made progress, albeit with enormous sacrifices for millions, indeed billions of people who, as producers and entrepreneurs on the one hand and as savers and consumers on the other, had put their confidence in a regular and progressive expansion of money supply and investment in line with opportunities for real growth of the economy.

Since the 1990s, we have seen that money and credit instruments worldwide have grown more rapidly than revenue, even adjusting for current prices. From this came the formation of pockets of excessive liquidity and speculative bubbles which later turned into a series of solvency and confidence crises that have spread and followed one another over the years.

A first crisis took place in the 1970s until the early 1980s and was related to the sudden sharp rises in oil prices. Subsequently, there was a series of crises in the developing world, for example, the first crisis in Mexico in the 1980s and those in Brazil, Russia and Korea, and then again in Mexico in the 1990s as well as in Thailand and Argentina.

The speculative bubble in real estate and the recent financial crisis have the very same origin in the excessive amount of money and the plethora of financial instruments globally.

Whereas the crises in the developing countries that risked involving the global monetary and financial system were contained through interventions by the more developed countries, the outbreak of the crisis in 2008 was characterized by a different factor compared with the previous ones, something decisive and explosive. Generated in the context of the United States, it took place in one of the most important zones for the global economy and finances. It directly affected what is still the currency of reference for the great majority of international trade transactions.

A liberalist approach, unsympathetic towards public intervention in the markets, chose to allow an important international financial institution to fall into bankruptcy, on the assumption that this would contain the crisis and its effects. Unfortunately, this spawned a widespread lack of confidence and a sudden change in attitudes. Various public interventions of enormous scope (more than 20% of gross national product) were urgently requested in order to stem the negative effects that could have overwhelmed the entire international financial system.

The consequences for the real economy, what with grave difficulties in some sectors – first of all, construction – and wide distribution of unfavourable forecasts, have generated a negative trend in production and international trade with very serious repercussions for employment as well as other effects that have probably not yet had their full impact. The costs are extremely onerous for millions in the developed countries, but also and above all for billions in the developing ones.

In countries and areas where the most elementary goods like health, food and shelter are still lacking, more than a billion people are forced to survive on an average income of less than a dollar a day.

Global economic well-being, traditionally measured by national income and also by levels of capacities, grew during the second half of the twentieth century, to an extent and with a speed never experienced in the history of humankind.

But the inequalities within and between various countries have also grown significantly. While some of the more industrialized and developed countries and economic zones – the ones that are most industrialized and developed – have seen their income grow considerably, other countries have in fact been excluded from the overall improvement of the economy and their situation has even worsened.

After the Second Vatican Council in his Encyclical Letter Populorum Progressio of 1967, Paul VI already clearly and prophetically denounced the dangers of an economic development conceived in liberalist terms because of its harmful consequences for world equilibrium and peace. The Pontiff asserted that the defence of life and the promotion of people’s cultural and moral development are the essential conditions for the promotion of authentic development. On these grounds, Paul VI said that full and global development is “the new name of peace”.

Forty years later, in its annual Report of in 2007, the International Monetary Fund recognized the close connection between an inadequately managed process of globalization on the one hand, and the world’s great inequalities on the other. Today the modern means of communication make these great economic, social and cultural inequalities obvious to everyone, rich and poor alike, giving rise to tensions and to massive migratory movements.

Nonetheless, it should be reiterated that the process of globalisation with its positive aspects is at the root of the world economy’s great development in the twentieth century. It is worth recalling that between 1900 and 2000 the world population increased almost fourfold and the wealth produced worldwide grew much more rapidly, resulting in a significant rise of average per capita income. At the same time, however, the distribution of wealth did not become fairer but in many cases worsened.

What has driven the world in such a problematic direction for its economy and also for peace?

First and foremost, an economic liberalism that spurns rules and controls. Economic liberalism is a theoretical system of thought, a form of “economic apriorism” that purports to derive laws for how markets function from theory, these being laws of capitalistic development, while exaggerating certain aspects of markets. An economic system of thought that sets down a priori the laws of market functioning and economic development, without measuring them against reality, runs the risk of becoming an instrument subordinated to the interests of the countries that effectively enjoy a position of economic and financial advantage.

Regulations and controls, imperfect though they may be, already often exist at the national and regional levels; whereas on the international level, it is hard to apply and consolidate such controls and rules.

The inequalities and distortions of capitalist development are often an expression not only of economic liberalism but also of utilitarian thinking: that is, theoretical and practical approaches according to which what is useful for the individual leads to the good of the community. This saying has a core of truth, but it cannot be ignored that individual utility – even where it is legitimate – does not always favour the common good. In many cases a spirit of solidarity is called for that transcends personal utility for the good of the community.

In the 1920s, some economists had already warned about giving too much weight, in the absence of regulations and controls, to theories which have since become prevailing ideologies and practices on the international level.

One devastating effect of these ideologies, especially in the last decades of the past century and the first years of the current one, has been the outbreak of the crisis in which the world is still immersed.

In his social encyclical, Benedict XVI precisely identified the roots of a crisis that is not only economic and financial but above all moral in nature. In fact, as the Pontiff notes, to function correctly the economy needs ethics; and not just of any kind but one that is people-centred. He goes on to denounce the role played by utilitarianism and individualism and the responsibilities of those who have adopted and promoted them as the parameters for the optimal behaviour of all economic and political agents who operate and interact in the social context. But Benedict XVI also identifies and denounces a new ideology, that of “technocracy”.

2. The Role of Technology and the Ethical Challenge

The great economic and social development of the past century, with their bright spots and serious shadows, can also be attributed in large part to the continued development of technology and more recently to advances in information technologies and especially their applications in the economy and most significantly in finance.

However, to interpret the current new social question lucidly, we must avoid the error – itself a product of neo-liberal thinking – that would consider all the problems that need tackling to be exclusively of a technical nature. In such a guise, they evade the needed discernment and ethical evaluation. In this context Benedict XVI’s encyclical warns about the dangers of the technocracy ideology: that is, of making technology absolute, which “tends to prevent people from recognizing anything that cannot be explained in terms of matter alone” and minimizing the value of the choices made by the concrete human individual who works in the economic-financial system by reducing them to mere technical variables. Being closed to a “beyond” in the sense of something more than technology, not only makes it impossible to find adequate solutions to the problems, but it impoverishes the principal victims of the crisis more and more from the material standpoint.

In the context of the complexity of the phenomena, the importance of the ethical and cultural factors cannot be overlooked or underestimated. In fact, the crisis has revealed behaviours like selfishness, collective greed and the hoarding of goods on a great scale. No one can be content with seeing man live like “a wolf to his fellow man”, according to the concept expounded by Hobbes. No one can in conscience accept the development of some countries to the detriment of others. If no solutions are found to the various forms of injustice, the negative effects that will follow on the social, political and economic level will be destined to create a climate of growing hostility and even violence, and ultimately undermine the very foundations of democratic institutions, even the ones considered most solid.

Recognizing the primacy of being over having and of ethics over the economy, the world’s peoples ought to adopt an ethic of solidarity as the animating core of their action. This implies abandoning all forms of petty selfishness and embracing the logic of the global common good which transcends merely contingent, particular interests. In a word, they ought to have a keen sense of belonging to the human family which means sharing the common dignity of all human beings: “Even prior to the logic of a fair exchange of goods and the forms of justice appropriate to it, there exists something which is due to man because he is man, by reason of his lofty dignity.”

In 1991, after the failure of Marxist communism, Blessed John Paul II had already warned of the risk of an “idolatry of the market, an idolatry which ignores the existence of goods which by their nature are not and cannot be mere commodities.” Today his warning needs to be heeded without delay and a road must be taken that is in greater harmony with the dignity and transcendent vocation of the person and the human family.

3. An Authority over Globalization

On the way to building a more fraternal and just human family and, even before that, a new humanism open to transcendence, Blessed John XXIII’s teaching seems especially timely. In the prophetic Encyclical Pacem in Terris of 1963, he observed that the world was heading towards ever greater unification. He then acknowledged the fact that a correspondence was lacking in the human community between the political organization “on a world level and the objective needs of the universal common good”. He also expressed the hope that one day “a true world political authority” would be created.

In view of the unification of the world engendered by the complex phenomenon of globalization, and of the importance of guaranteeing, in addition to other collective goods, the good of a free, stable world economic and financial system at the service of the real economy, today the teaching of Pacem in Terris appears to be even more vital and worthy of urgent implementation.

In the same spirit of Pacem in Terris, Benedict XVI himself expressed the need to create a world political authority. This seems obvious if we consider the fact that the agenda of questions to be dealt with globally is becoming ever longer. Think, for example, of peace and security; disarmament and arms control; promotion and protection of fundamental human rights; management of the economy and development policies; management of the migratory flows and food security, and protection of the environment. In all these areas, the growing interdependence between States and regions of the world becomes more and more obvious as well as the need for answers that are not just sectorial and isolated, but systematic and integrated, rich in solidarity and subsidiarity and geared to the universal common good.

As the Pope reminds us, if this road is not followed, “despite the great progress accomplished in various sectors, international law would risk being conditioned by the balance of power among the strongest nations.”

The purpose of the public authority, as John XXIII recalled in Pacem in Terris, is first and foremost to serve the common good. Therefore, it should be endowed with structures and adequate, effective mechanisms equal to its mission and the expectations placed in it. This is especially true in a globalized world which makes individuals and peoples increasingly interconnected and interdependent, but which also reveals the existence of monetary and financial markets of a predominantly speculative sort that are harmful for the real economy, especially of the weaker countries.

This is a complex and delicate process. A supranational Authority of this kind should have a realistic structure and be set up gradually. It should be favourable to the existence of efficient and effective monetary and financial systems; that is, free and stable markets overseen by a suitable legal framework, well-functioning in support of sustainable development and social progress of all, and inspired by the values of charity and truth. It is a matter of an Authority with a global reach that cannot be imposed by force, coercion or violence, but should be the outcome of a free and shared agreement and a reflection of the permanent and historic needs of the world common good. It ought to arise from a process of progressive maturation of consciences and freedoms as well as the awareness of growing responsibilities. Consequently, reciprocal trust, autonomy and participation cannot be overlooked as if they were superfluous elements. The consent should involve an ever greater number of countries that adhere with conviction, through a sincere dialogue that values the minority opinions rather than marginalizing them. So the world Authority should consistently involve all peoples in a collaboration in which they are called to contribute, bringing to it the heritage of their virtues and their civilizations.

The establishment of a world political Authority should be preceded by a preliminary phase of consultation from which a legitimated institution will emerge that is in a position to be an effective guide and, at the same time, can allow each country to express and pursue its own particular good. The exercise of this Authority at the service of the good of each and every one will necessarily be super partes (impartial): that is, above any partial vision or particular good, in view of achieving the common good. Its decisions should not be the result of the more developed countries’ excessive power over the weaker countries. Instead, they should be made in the interest of all, not only to the advantage of some groups, whether they are formed by private lobbies or national governments.

A supranational Institution, the expression of a “community of nations”, will not last long, however, if the countries’ diversities from the standpoint of cultures, material and immaterial resources and historic and geographic conditions, are not recognized and fully respected. The lack of a convinced consensus, nourished by an unceasing moral communion on the part of the world community, would also reduce the effectiveness of such an Authority.

What is valid on the national level is also valid on the global level. A person is not made to serve authority unconditionally. Rather, it is the task of authority to be at the service of the person, consistent with the pre-eminent value of human dignity. Likewise, governments should not serve the world Authority unconditionally. Instead, it is the world Authority that should put itself at the service of the various member countries, according to the principle of subsidiarity. Among the ways it should do this is by creating the socio-economic, political and legal conditions essential for the existence of markets that are efficient and efficacious because they are not over-protected by paternalistic national policies and not weakened by systematic deficits in public finances and of the gross national products – indeed, such policies and deficits actually hamper the markets themselves in operating in a world context as open and competitive institutions.

In the tradition of the Church’s Magisterium which Benedict XVI has vigorously embraced, the principle of subsidiarity should regulate relations between the State and local communities and between public and private institutions, not excluding the monetary and financial institutions. So, on a higher level, it ought to govern the relations between a possible future global public Authority and regional and national institutions. This principle guarantees both democratic legitimacy and the efficacy of the decisions of those called to make them. It allows respect for the freedom of people, individually and in communities, and at the same time, allows them to take responsibility for the objectives and duties that pertain to them.
According to the logic of subsidiarity, the higher Authority offers its subsidium, that is, its aid, only when individual, social or financial actors are intrinsically deficient in capacity, or cannot manage by themselves to do what is required of them. Thanks to the principle of solidarity, a lasting and fruitful relation is built up between global civil society and a world public Authority as States, intermediate bodies, various institutions – including economic and financial ones – and citizens make their decisions with a view to the global common good, which transcends national goods.As we read in Caritas in Veritate, “The governance of globalization must be marked by subsidiarity, articulated into several layers and involving different levels that can work together.” Only in this way can the danger of a central Authority’s bureaucratic isolation be avoided, which would otherwise risk being delegitimized by an excessive distance from the realities on which it is based and easily fall prey to paternalistic, technocratic or hegemonic temptations.
However, a long road still needs to be travelled before arriving at the creation of a public Authority with universal jurisdiction. It would seem logical for the reform process to proceed with the United Nations as its reference because of the worldwide scope of its responsibilities, its ability to bring together the nations of the world, and the diversity of its tasks and those of its specialized Agencies. The fruit of such reforms ought to be a greater ability to adopt policies and choices that are binding because they are aimed at achieving the common good on the local, regional and world levels. Among the policies, those regarding global social justice seem most urgent: financial and monetary policies that will not damage the weakest countries; and policies aimed at achieving free and stable markets and a fair distribution of world wealth, which may also derive from unprecedented forms of global fiscal solidarity, which will be dealt with later.On the way to creating a world political Authority, questions of governance (that is, a system of merely horizontal coordination without an authority super partes cannot be separated from those of a shared government (that is, a system which in addition to horizontal coordination establishes an authority super partes) which is functional and proportionate to the gradual development of a global political society. The establishment of a global political Authority cannot be achieved without an already functioning multilateralism, not only on a diplomatic level, but also and above all in relation to programs for sustainable development and peace. It is not possible to arrive at global Government without giving political expression to pre-existing forms of interdependence and cooperation.

4. Towards Reforming the International Financial and Monetary Systems in a way that Responds to the Needs of all Peoples
In economic and financial matters, the most significant difficulties come from the lack of an effective set of structures that can guarantee, in addition to a system of governance, a system of government for the economy and international finance.What can be said about this prospect? What steps can be taken concretely?
With regard to the current global economic and financial systems, two decisive factors should be stressed. The first is the gradual decline in efficacy of the Bretton Woods institutions beginning in the early 1970s. In particular, the International Monetary Fund has lost an essential element for stabilizing world finance, that of regulating the overall money supply and vigilance over the amount of credit risk taken on by the system. To sum it up, stabilizing the world monetary system is no longer a “universal public good” within its reach.The second factor is the need for a minimum, shared body of rules to manage the global financial market which has grown much more rapidly than the real economy. This situation of rapid, uneven growth has come about, on the one hand, because of the overall abrogation of controls on capital movements and the tendency to deregulate banking and financial activities; and on the other, because of advances in financial technology, due largely to information technology.

On the structural level, in the latter part of the last century, monetary and financial activities worldwide grew much more rapidly than the production of goods and services. In this context, the quality of credit tended to decrease to the point that it exposed the credit institutions to more risk than was reasonably sustainable. It is sufficient to look at the fate of large and small credit institutions during the crises that broke out in the 1980s and 1990s, and finally in the 2008 crisis.
Again in the last part of the twentieth century, there was a growing tendency to define the strategic directions of economic and financial policy in terms of ‘clubs’ and of larger or smaller groups of more developed countries. While not denying the positive aspects of this approach, it is impossible to overlook that it did not appear to respect the representative principle fully, in particular of the less developed or emerging countries.The need to heed the voices of a greater number of countries has led to expanding the relevant groups; for instance, there is now a G20 where there was once just a G7. This has been a positive development because it became possible to include developing and emerging countries with larger populations in shaping the economy and global finance.

In the area of the G20, concrete tendencies can thus mature which, when worked out properly in the appropriate technical centres, will be able to guide the competent bodies on the national and regional level towards consolidating existing institutions and creating new ones with appropriate and effective instruments on the international level.
Moreover, the G20 leaders themselves said in their final Statement in Pittsburgh 2009: “The economic crisis demonstrates the importance of ushering in a new era of sustainable global economic activity grounded in responsibility”. To tackle the crisis and open up a new era “of responsibility”, in addition to technical and short-term measures, the leaders put forth the proposal “to reform the global architecture to meet the needs of the 21st century,” and later the proposal “to launch a framework that lays out the policies and the way we act together to generate strong, sustainable and balanced global growth”.Therefore, a process of reflection and reforms needs to be launched that will explore creative and realistic avenues for taking advantage of the positive aspects of already existing forums.
Specific attention should be paid to the reform of the international monetary system and, in particular, the commitment to create some form of global monetary management, something that is already implicit in the Statutes of the International Monetary Fund. It is obvious that to some extent this is equivalent to putting the existing exchange systems up for discussion in order to find effective means of coordination and supervision. This process must also involve the emerging and developing countries in defining the stages of a gradual adaptation of the existing instruments.In fact, one can see an emerging requirement for a body that will carry out the functions of a kind of “central world bank” that regulates the flow and system of monetary exchanges similar to the national central banks. The underlying logic of peace, coordination and common vision which led to the Bretton Woods Agreements needs to be dusted off in order to provide adequate answers to the current questions. On the regional level, this process could begin by strengthening the existing institutions, such as the European Central Bank. However, this would require not only a reflection on the economic and financial level, but also and first of all on the political level, so as to create the set of public institutions that will guarantee the unity and consistency of the common decisions.
These measures ought to be conceived of as some of the first steps in view of a public Authority with universal jurisdiction; as a first stage in a longer effort by the global community to steer its institutions towards achieving the common good. Other stages will have to follow in which the dynamics familiar to us may become more marked, but they may also be accompanied by changes which would be useless to try to predict today.In this process, the primacy of the spiritual and of ethics needs to be restored and, with them, the primacy of politics – which is responsible for the common good – over the economy and finance. These latter need to be brought back within the boundaries of their real vocation and function, including their social function, in consideration of their obvious responsibilities to society, in order to nourish markets and financial institutions which are really at the service of the person, which are capable of responding to the needs of the common good and universal brotherhood, and which transcend all forms of economist stagnation and performative mercantilism.
On the basis of this sort of ethical approach, it seems advisable to reflect, for example, on:a) taxation measures on financial transactions through fair but modulated rates with charges proportionate to the complexity of the operations, especially those made on the “secondary” market. Such taxation would be very useful in promoting global development and sustainability according to the principles of social justice and solidarity. It could also contribute to the creation of a world reserve fund to support the economies of the countries hit by crisis as well as the recovery of their monetary and financial system;
b) forms of recapitalization of banks with public funds making the support conditional on “virtuous” behaviours aimed at developing the “real economy”;c) the definition of the domains of ordinary credit and of Investment Banking. This distinction would allow a more effective management of the “shadow markets” which have no controls and limits.
It is sensible and realistic to allow the necessary time to build up broad consensuses, but the goal of the universal common good with its inescapable demands is waiting on the horizon. Moreover, it is hoped that those in universities and other institutions who educate tomorrow’s leadership will work hard to prepare them for their responsibilities to discern the global public good and serve it in a constantly changing world. The gap between ethical training and technical preparation needs to be filled by highlighting in a particular way the inescapable synergy between the two levels of practical doing (praxis) and of boundless human striving (poièsis). The same effort is required from all those who are in a position to enlighten world public opinion in order to help it to brave this new world, no longer with anxiety but in hope and solidarity.

Conclusions
Under the current uncertainties, in a society capable of mobilizing immense means but whose cultural and moral reflection is still inadequate with regard to their use in achieving the appropriate ends, we are invited to not give in and to build above all a meaningful future for the generations to come. We should not be afraid to propose new ideas, even if they might destabilize pre-existing balances of power that prevail over the weakest. They are a seed thrown to the ground that will sprout and hurry towards bearing fruit.As Benedict XVI exhorts us, agents on all levels – social, political, economic, professional – are urgently needed who have the courage to serve and to promote the common good through an upright life. Only they will succeed in living and seeing beyond the appearances of things and perceiving the gap between existing reality and untried possibilities.
Paul VI emphasized the revolutionary power of “forward-looking imagination” that can perceive the possibilities inscribed in the present and guide people towards a new future. By freeing his imagination, man frees his existence. Through an effort of community imagination, it is possible to transform not only institutions but also lifestyles and encourage a better future for all peoples.Modern States became structured wholes over time and reinforced sovereignty within their own territory. But social, cultural and political conditions have gradually changed. Their interdependence has grown – so it has become natural to think of an international community that is integrated and increasingly ruled by a shared system – but a worse form of nationalism has lingered on, according to which the State feels it can achieve the good of its own citizens in a self-sufficient way.
Today all of this seems anachronistic and surreal, and all the nations, great or small, together with their governments, are called to go beyond the “state of nature” which would keep States in a never-ending struggle with one another. Globalization, despite some of its negative aspects, is unifying peoples more and prompting them to move towards a new “rule of law” on the supranational level, supported by a more intense and fruitful collaboration. With dynamics similar to those that put an end in the past to the “anarchical” struggle between rival clans and kingdoms with regard to the creation of national states, today humanity needs to be committed to the transition from a situation of archaic struggles between national entities, to a new model of a more cohesive, polyarchic international society that respects every people’s identity within the multifaceted riches of a single humanity. Such a passage, which is already timidly under way, would ensure the citizens of all countries – regardless of their size or power – peace and security, development, and free, stable and transparent markets. As John Paul II warns us, “Just as the time has finally come when in individual States a system of private vendetta and reprisal has given way to the rule of law, so too a similar step forward is now urgently needed in the international community.”Time has come to conceive of institutions with universal competence, now that vital goods shared by the entire human family are at stake, goods which the individual States cannot promote and protect by themselves.
So conditions exist for definitively going beyond a ‘Westphalian’ international order in which the States feel the need for cooperation but do not seize the opportunity to integrate their respective sovereignties for the common good of peoples.It is the task of today’s generation to recognize and consciously to accept these new world dynamics for the achievement of a universal common good. Of course, this transformation will be made at the cost of a gradual, balanced transfer of a part of each nation’s powers to a world Authority and to regional Authorities, but this is necessary at a time when the dynamism of human society and the economy and the progress of technology are transcending borders, which are in fact already very eroded in a globalized world.
The birth of a new society and the building of new institutions with a universal vocation and competence are a prerogative and a duty for everyone, with no distinction. What is at stake is the common good of humanity and the future itself.In this context, for every Christian there is a special call of the Spirit to become committed decisively and generously so that the many dynamics under way will be channelled towards prospects of fraternity and the common good. An immense amount of work is to be done towards the integral development of peoples and of every person. As the Fathers said at the Second Vatican Council, this is a mission that is both social and spiritual, which “ to the extent that the former can contribute to the better ordering of human society, it is of vital concern to the Kingdom of God.”
In a world on its way to rapid globalization, the reference to a world Authority becomes the only horizon compatible with the new realities of our time and the needs of humankind. However, it should not be forgotten that this development, given wounded human nature, will not come about without anguish and suffering.Through the account of the Tower of Babel (Genesis 11:1-9), the Bible warns us how the “diversity” of peoples can turn into a vehicle for selfishness and an instrument of division. In humanity there is a real risk that peoples will end up not understanding each other and that cultural diversities will lead to irremediable oppositions. The image of the Tower of Babel also warns us that we must avoid a “unity” that is only apparent, where selfishness and divisions endure because the foundations of the society are not stable. In both cases, Babel is the image of what peoples and individuals can become when they do not recognize their intrinsic transcendent dignity and brotherhood.
The spirit of Babel is the antithesis of the Spirit of Pentecost (Acts 2:1-12), of God’s design for the whole of humanity: that is, unity in truth. Only a spirit of concord that rises above divisions and conflicts will allow humanity to be authentically one family and to conceive of a new world with the creation of a world public Authority at the service of the common good.

Por una reforma del sistema financiero y monetario internacional en la perspectiva de una autoridad publica con competencia universal

Este es el texto integro emitido por el Consejo Pontificio de Justicia y Paz.
Sin comentarios personales. Eso lo dejo a cada uno. Ahora bien, seamos de cualquier religión, o no tengamos ninguna, eso no deniega la bondad e importancia que tal documento pueda tener.

El texto original se puede encontrar aquí. Existe un prefacio que no aparece en la versión castellana que hemos usado, pero en una traducción inglesa. He incluido ese prefacio a fin de poder ofrecer una visión lo mas integra posible del documento original.

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Prefacio

“La situación mundial requiere el esfuerzo concentrado de todos, un examen en profundidad de cada faceta del problema: social, económico, cultural, espiritual. La Iglesia, con su larga experiencia en asuntos humanos y sin deseo de verse envuelta en las actividades políticas de cualquier nación, ‘busca solamente un objetivo: llevar adelante el trabajo de Cristo bajo la dirección de su amigable Espíritu. Y Cristo vino a este mundo para dar testimonio de la verdad; para salvar, no juzgar; para servir, no para ser servido’”.

Cuan estas palabras, en la profética y siempre relevante encíclica Populorum progressio de 1967, Pablo VI subrayo de forma clara “las trayectorias” de la cercana relación entre la Iglesia y el mundo. Estas trayectorias se intersectan  en el profundo valor de la dignidad humana y su búsqueda por el bien común, el cual hace la gente responsable y libre de actuar de acuerdo a sus altas aspiraciones.

La crisis economica y financiera que vive el mundo llama a todos, individuos y pueblos, a examinar en profundidad los principios y los valores culturales y morales que están en la base de la coexistencia social. Aun mas, la crisis une actores privados y autoridades publicas competentes a nivel nacional, regional e internacional  en una seria reflexión tanto sobre las causas y soluciones de naturaleza política, económica y tecnica.

Es desde esta perspectiva, como muestra Benedicto XVI, que la crisis “nos obliga a replantear nuestra jornada, imponer a nosotros mismo nuevas reglas y a descubrir nuevas formas de implicarnos, a construir sobre experiencias positivas y rechazar las negativas. La crisis, de esta manera, se convierte en una oportunidad de discernimiento, en la cual podamos dar forma a una nueva visión para el futuro. Es en este espíritu, mas con confianza que con resignación, en el que nos debemos referir a las dificultades de hoy en día”.

Los mismo líderes del G20 confirman en la declaración acordada en Pittsburgh en el 2009: “La crisis económica demuestra la importancia de acomodarse a una nueva era de actividad económica global sostenible basada en la responsabilidad”.

El Consejo Pontificio de Justicia y Paz responde ahora a la llamada del Santo Padre, haciendo nuestras las preocupaciones de todos, especialmente las preocupaciones de aquellos que sufren mas duramente la situación actual. Con el respeto debido a las autoridades competentes tanto civiles como políticas, el Consejo ofrece y comparte su reflexión:  Por una reforma del sistema financiero y monetario internacional en la perspectiva de una autoridad publica con competencia universal.

Esta reflexión espera beneficiar a los líderes del mundo y a todas las gentes de buena voluntad. Este es un ejercicio de responsabilidad no solo hacia pero sobre todo dirigido a generaciones futuras, en la esperanza de un futuro mejor y confianza en que la dignidad humana y su capacidad para hacer el bien no se extingan jamas.

Cardenal Peter K.A. Turkson y Mario Toso

Secretario de la Presidencia

 

Premisa

Toda persona individualmente, toda comunidad de personas, es partícipe y responsable de la promoción del bien común. Fieles a su vocación de naturaleza ética y religiosa, las comunidades de creyentes deben en primer lugar preguntarse si los medios de los que dispone la familia humana para la realización del bien común mundial son los más adecuados. La Iglesia, por su parte, está llamada a estimular en todos, indistintamente, «el deseo de participar en el conjunto ingente de esfuerzos realizados [por los hombres] a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, respondiendo [así] a la voluntad de Dios».

1. Desarrollo económico y desigualdades.

La grave crisis económica y financiera, que hoy atraviesa el mundo, encuentra su origen en múltiples causas. Sobre la pluralidad y sobre el peso de estas causas persisten opiniones diversas: algunos subrayan, ante todo, los errores inherentes a las políticas económicas y financieras; otros insisten sobre las debilidades estructurales de las instituciones políticas, económicas y financieras; otros, en fin, las atribuyen a fallas de naturaleza ética, presentes en todos los niveles, en el marco de una economía mundial cada vez más dominada por el utilitarismo y el materialismo. En los distintos estadios de desarrollo de la crisis se encuentra siempre una combinación de errores técnicos y de responsabilidades morales.

En el caso del intercambio de bienes materiales y de servicios, son la naturaleza, la capacidad productiva y el trabajo en sus múltiples formas, quienes ponen un límite a la cantidad, determinando un conjunto de costes y de precios que permite, bajo ciertas condiciones, una asignación eficiente de los recursos disponibles.

Pero en materia monetaria y financiera, las dinámicas son distintas. En los últimos decenios, han sido los bancos los que han extendido el crédito, el cual ha generado moneda, lo cual a su vez ha exigido una ulterior expansión del crédito. El sistema económico ha sido impulsado en tal modo, hacia una espiral inflacionista que, inevitablemente, ha encontrado un límite en el riesgo sostenible para los institutos de crédito, sometidos a un ulterior peligro de quiebra, con consecuencias negativas para todo el sistema económico y financiero.

Después de la Segunda Guerra Mundial, las economías nacionales progresaron, aunque con enormes sacrificios de millones e incluso de miles de millones de personas que habían otorgado su confianza con su comportamiento de productores y empresarios, por un lado, y de ahorradores y consumidores, por el otro, hasta llegar a un progresivo y regular desarrollo de la moneda y de las finanzas, en conformidad con las potencialidades de crecimiento real de la economía.

A partir de los años noventa del pasado siglo, se descubre en cambio como la moneda y los títulos de crédito a nivel global aumentaron mucho más rápidamente que la producción del rédito, incluso a precios corrientes. Se derivó, por consiguiente, en la formación bolsas excesivas de liquidez y burbujas especulativas que luego se transformaron en crisis de solvencia y de confianza que se han propagado y subseguido en el transcurso de los años.

Una primera crisis se verificó en los años setenta hasta principios de los ochenta, debido a los precios del petróleo. Posteriormente se verificaron una serie de crisis en varios Países en vías de desarrollo. Baste pensar en la primera crisis de México en los años ochenta, o en las de Brasil, Rusia y Corea; y luego nuevamente en México en los años noventa, en Tailandia y en Argentina.

La burbuja especulativa sobre los inmuebles y la reciente crisis financiera tienen el mismo origen: la excesiva cantidad de moneda y de instrumentos financieros a nivel global.

Mientras las crisis en los Países en vías de desarrollo, que han estado a punto de involucrar el sistema monetario y financiero global, han sido contenidas con formas de intervención por parte de los países más desarrollados, la crisis que ha estallado en el año 2008, se ha caracterizado por un elemento decisivo y disruptivo respecto a las precedentes. Se ha originado en el contexto de Estados Unidos, una de las áreas más relevantes para la economía y las finanzas mundiales, involucrando la moneda a la que se remiten todavía la gran mayoría de los intercambios internacionales.

Una orientación de tipo liberal – reticente respecto a las intervenciones públicas en los mercados – ha propiciado la quiebra de un importante instituto internacional, imaginando de este modo, delimitar la crisis y sus efectos. Se ha derivado, desafortunadamente, una propagación de la desconfianza que ha impulsado a mutar repentinamente de actitud, estimulando intervenciones públicas de diverso tipo, de enorme alcance (el 20% del producto nacional) a fin de contener las consecuencias negativas que hubieran afectado todo el sistema financiero internacional.

Las consecuencias sobre la denominada «economía real», pasando s través de las graves dificultades de algunos sectores – en primer lugar el de la construcción – y con la difusión de expectativas desfavorables, han generado una tendencia negativa de la producción y del comercio internacional, con graves repercusiones en la ocupación, y con efectos que probablemente aun no han agotado su alcance. El costo para millones, e incluso miles de millones de personas, en los Países desarrollados, pero sobre todo también en aquellos en vías de desarrollo, es inmenso.

En Países y áreas donde se carece todavía de los bienes más elementales como la salud, la alimentación y la protección contra la intemperie, más de mil millones de personas se ven obligadas a sobrevivir con unos ingresos medios de poco más de un dólar diario.

El bienestar económico global, medido en primer lugar por la producción de renta, y también por la difusión de las capabilities, se ha acrecentado, en el curso de la segunda mitad del siglo XX, en una medida y con una rapidez antes jamás experimentado en la historia del género humano.

Pero también han aumentado enormemente las desigualdades en varios Países y entre ellos. Mientras que algunos Países y áreas económicas, las más industrializadas y desarrolladas, han visto crecer notablemente la producción de la renta, otros Países han sido excluidos, de hecho, del progreso generalizado de la economía, e incluso han empeorado en su situación.

Los peligros de una situación de desarrollo económico, concebido en términos de liberalismo, han sido denunciados lúcida y proféticamente por Pablo VI – a causa de las nefastas consecuencias sobre los equilibrios mundiales y la paz – ya en 1967, después del Concilio Vaticano II, con la Encíclica Populorum progressio. El Pontífice indicó, como condiciones imprescindibles para la promoción de un auténtico desarrollo, la defensa de la vida y la promoción del progreso cultural y moral de las personas. Sobre tales fundamentos, Pablo VI afirmaba que el desarrollo plenario y planetario «es el nuevo nombre de la paz».

A cuarenta años de distancia, en el año 2007, el Fondo Monetario Internacional reconocía, en su Informe anual, la estrecha conexión por una parte de un proceso de globalización que no ha sido gobernado adecuadamente, y las fuertes desigualdades a nivel mundial por el otro. Hoy los modernos medios de comunicación hacen evidentes a todos los pueblos, ricos y pobres, las desigualdades económicas, sociales y culturales que se han producido a nivel global, creando tensiones e imponentes movimientos migratorios.

Más aún, se ha de reafirmar que el proceso de globalización, con sus aspectos positivos está a la base del grande desarrollo de la economía mundial del siglo XX. Vale la pena recordar que, entre el 1900 y el 2000, la población mundial casi se cuadruplicó y que la riqueza producida a nivel mundial creció en modo mucho más rápido de manera que los ingresos medios per cápita aumentaron fuertemente. A la vez, sin embargo, no ha aumentado la equitativa distribución de la riqueza; sino que en muchos casos ha empeorado.

¿Pero qué es lo que ha impulsado al mundo en esta dirección extremadamente problemática incluso para la paz?

Ante todo, un liberalismo económico sin reglas y sin supervisión. Se trata de una ideología, de una forma de «apriorismo económico», que pretende tomar de la teoría las leyes del funcionamiento del mercado y las denominadas leyes del desarrollo capitalista, exagerando algunos de sus aspectos. Una ideología económica que establezca a priori las leyes del funcionamiento del mercado y del desarrollo económico, sin confrontarse con la realidad, corre el peligro de convertirse en un instrumento subordinado a los intereses de los Países que ya gozan, de hecho, de una posición de mayores ventajas económicas y financieras.

Reglas y controles, si bien de manera imperfecta, con frecuencia están presentes a nivel nacional y regional; sin embargo a nivel internacional, dichas reglas y controles se realizan y se consolidan con dificultad.
A la base de las disparidades y de las distorsiones del desarrollo capitalista, se encuentra en gran parte, además de la ideología del liberalismo económico, la ideología utilitarista, es decir la impostación teórico-práctica según la cual «lo que es útil para el individuo conduce al bien de la comunidad». Es necesario notar que una «máxima» semejante, contiene un fondo de verdad, pero no se puede ignorar que no siempre lo que es útil individualmente, aunque sea legítimo, favorece el bien común. En más de una ocasión es necesario un espíritu de solidaridad que trascienda la utilidad personal por el bien de la comunidad.

En los años veinte del siglo pasado, algunos economistas ya habían puesto en guardia para que no se diera crédito excesivamente, en ausencia de reglas y controles, a esas teorías, que hoy se han transformado en ideologías y praxis dominantes a nivel internacional.

Un efecto devastante de estas ideologías, sobre todo en las últimas décadas del siglo pasado y en los primeros años del nuevo siglo, ha sido la explosión de la crisis, en la que aún se encuentra sumergido el mundo.

Benedicto XVI, en su encíclica social, ha individuado de manera precisa la raíz de una crisis que no es solamente de naturaleza económica y financiera, sino antes de todo, es de tipo moral, además de ideológica. La economía, en efecto – observa el Pontífice – tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento, no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona. El Papa ha denunciado, a continuación, el papel desempeñado por el utilitarismo y por el individualismo, así como las responsabilidades de quienes los han asumido y difundido como parámetro para el comportamiento óptimo de aquellos – operadores económicos y políticos – que actúan e interactúan en el contexto social. Pero Benedicto XVI ha también descubierto y denunciado una nueva ideología, la «ideología de la tecnocracia».

2. El rol de la técnica y el desafío ético.

El enorme desarrollo económico y social del siglo pasado, ciertamente luego con sus luces, pero también con sus graves aspectos de sombra, se debe, en gran parte, al continuado desarrollo de la técnica y, en las décadas más recientes, a los progresos de la informática y a sus aplicaciones, a la economía y, en primer lugar, a las finanzas.

Para interpretar con lucidez la actual nueva cuestión social, es necesario evitar el error, hijo también de la ideología neoliberal, de considerar que los problemas por afrontar son de orden exclusivamente técnico. En cuanto tales, escaparían a la necesidad de un discernimiento y de una valoración de tipo ético. Pues bien, la encíclica de Benedicto XVI pone en guardia contra los peligros de la ideología de la tecnocracia, es decir de aquella absolutización de la técnica que «tiende a producir una incapacidad de percibir todo aquello que no se explica con la pura materia» y a minimizar el valor de las decisiones del individuo humano concreto que actúa en el sistema económico-financiero, reduciéndolas a meras variables técnicas. La cerrazón a un «más allá», comprendido como algo más, respecto a la técnica, no sólo hace imposible el encontrar soluciones adecuadas para los problemas, sino que empobrece cada vez más, a nivel material y moral, a las principales víctimas de la crisis.

También en el contexto de la complejidad de los fenómenos, la relevancia de los factores éticos y culturales no puede, por lo tanto ser desatendida ni subestimada. La crisis, en efecto, ha revelado comportamientos de egoísmo, de codicia colectiva y de acaparamiento de los bienes a grande escala. Nadie puede resignarse a ver al hombre vivir como «un lobo para el otro hombre», según la concepción evidenciada por Hobbes. Nadie, en conciencia, puede aceptar el desarrollo de algunos Países en perjuicio de otros. Si no se pone remedio a las diversas formas de injusticia, los efectos negativos que se producirán a nivel social, político y económico estarán destinados a originar un clima de hostilidad creciente, e incluso de violencia, hasta minar las bases mismas de las instituciones democráticas, aún de aquellas consideradas más sólidas.

Por el reconocimiento de la primacía del ser respecto al del tener, de la ética respecto a la economía, los pueblos de la tierra deberían asumir, como alma de su acción, una ética de la solidaridad, abandonando toda forma de mezquino egoísmo, abrazando la lógica del bien común mundial que trasciende el mero interés contingente y particular. Deberían, en fin de cuentas, mantener vivo el sentido de pertenencia a la familia humana en nombre de la común dignidad de todos los seres humanos: «por encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de sus formas justas, existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad».

Ya en 1991, después del fracaso del colectivismo marxista, el Beato Juan Pablo II había puesto en guardia contra el peligro de «una idolatría del mercado, que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza, no son ni pueden ser simples mercancías». Es preciso, hoy sin demora acoger su amonestación y tomar un camino más en sintonía con la dignidad y con la vocación trascendente de la persona y de la familia humana.

3. El gobierno de la globalización.

En el camino hacia la construcción de una familia humana más fraterna y más justa y, aún antes, de un nuevo humanismo abierto a la trascendencia, se presenta particularmente actual la enseñanza del Beato Juan XXIII. En la profética Carta encíclica Pacem in terris del 1963, él advertía ya que el mundo se estaba dirigiendo hacia una unificación cada vez mayor. Tomaba pues conciencia, del hecho que en la comunidad humana, había disminuido la correspondencia entre la organización política a nivel mundial y las exigencias objetivas del bien común universal. Por consiguiente, auguraba fuera creada un día, una «Autoridad pública mundial».

Ante la unificación del mundo, propiciada por el complejo fenómeno de la globalización; ante la importancia de garantizar, además de los otros bienes colectivos, el bien representado por un sistema económico-financiero mundial libre, estable y al servicio de la economía real, la enseñanza de la Pacem in terris se presenta, hoy en día, aún más vital y digna de urgente concretización.

El mismo Benedicto XVI, en el surco trazado por la Pacem in terris, ha expresado la necesidad de constituir una Autoridad política mundial. Dicha necesidad se presenta además evidente, si se piensa que la agenda de cuestiones a tratar a nivel global se hace cada vez más amplia. Piénsese, por ejemplo, en la paz y la seguridad; en el desarme y el control de armamentos; en la promoción y la tutela de los derechos humanos fundamentales; en el gobierno de la economía y en las políticas de desarrollo; en la gestión de los flujos migratorios y en la seguridad alimentaria; en la tutela del medio ambiente. En todos esos campos, resulta cada vez más evidente la creciente interdependencia entre los Estados y las regiones del mundo, y la necesidad de respuestas, no sólo sectoriales y aisladas, sino sistemáticas e integradas, inspiradas por la solidaridad y por la subsidiaridad, y orientadas hacia el bien común universal.

Como lo recuerda Benedicto XVI, si no se sigue ese camino, también «el derecho internacional, no obstante los grandes progresos alcanzados en los diversos campos, correría el riesgo de estar condicionado por los equilibrios de poder entre los más fuertes».

La finalidad de la Autoridad pública, recordaba ya Juan XXIII en la Pacem in terris, es, ante todo, la de servir al bien común. Dicha Autoridad, por tanto, debe dotarse de estructuras y mecanismos adecuados, eficaces, es decir, a la altura de la propia misión y de las expectativas que en ella se ponen. Esto es particularmente verdadero al interno de un mundo globalizado, que hace a las personas y a los pueblos permanecer cada vez más interconectados e interdependientes, pero que muestra también el peso del egoísmo y de los intereses sectoriales, entre los cuales la existencia de mercados monetarios y financieros de carácter prevalentemente especulativo, perjudiciales para la «economía real», en especial de los Países más débiles.

Es este un proceso complejo y delicado. Tal Autoridad supranacional debe, en efecto, poseer una impostación realista y ha de ponerse en práctica gradualmente, para favorecer también la existencia de sistemas monetarios y financieros eficientes y eficaces, es decir, mercados libres y estables, disciplinados por un marco jurídico adecuado, funcionales en orden al desarrollo sostenible y al progreso social de todos, e inspirados por los valores de la caridad y de la verdad. Se trata de una Autoridad con un horizonte planetario, que no puede ser impuesta por la fuerza, sino que debería ser la expresión de un acuerdo libre y compartido, más allá de las exigencias permanentes e históricas del bien común mundial, y no fruto de coerciones o de violencias. Debería surgir de un proceso de maduración progresiva de las conciencias y de las libertades, así como del conocimiento de las crecientes responsabilidades. No pueden, en consecuencia, ser desatendidos considerandos superfluos, elementos como la confianza recíproca, la autonomía y la participación. El consenso debe involucrar, un número cada vez mayor de Países que se adhieren por convicción, mediante ese diálogo sincero que no margina, sino más aún que valora las opiniones minoritarias. La Autoridad mundial debería, pues, involucrar coherentemente a todos los pueblos en una colaboración a la que están llamados a contribuir con el patrimonio de sus propias virtudes y civilizaciones.

La constitución de una Autoridad política mundial debería estar precedida por una fase preliminar de concertación, de la que emergerá una institución legitimada, capaz de proporcionar una guía eficaz y, al mismo tiempo, de permitir que cada País exprese y procure el propio bien particular. El ejercicio de una Autoridad semejante, puesta al servicio del bien de todos y de cada uno, será necesariamente super partes, es decir, por encima de toda visión parcial y de todo bien particular, en vistas a la realización del bien común. Sus decisiones no deberán ser el resultado del pre-poder de los Países más desarrollados sobre los Países más débiles. Deberán, en cambio, ser asumidas que asumirlas, en el interés de todos y no sólo en ventaja de algunos grupos formados por lobbies privadas o por Gobiernos nacionales.

Una institución supranacional, expresión de una «comunidad de las Naciones», no podrá por otra parte, durar por mucho tiempo, si las diversidades de los Países, a nivel de las culturas, de los recursos materiales e inmateriales, y de las condiciones históricas y geográficas, no son reconocidas y plenamente respetadas. La ausencia de un consenso convencido, alimentado por una incesante comunión moral de la comunidad mundial, debilitaría la eficacia de la correspondiente Autoridad.

Lo que vale a nivel nacional vale también a nivel mundial. La persona no está hecha para servir incondicionalmente a la Autoridad, cuya tarea es la de ponerse al servicio de la persona misma, en coherencia con el valor preeminente de la dignidad del ser humano. Del mismo modo, los Gobiernos no deben servir incondicionalmente a la Autoridad mundial. Esta última, ante todo debe ponerse al servicio de los diversos Países miembros, de acuerdo al principio de subsidiaridad, creando, entre otras, las condiciones socioeconómicas, políticas y jurídicas indispensables también para la existencia de mercados eficientes y eficaces, que no estén hiperprotegidos por políticas nacionales paternalistas, ni debilitados por déficit sistemáticos de las finanzas públicas y de los Productos nacionales que, de hecho, impiden a los mercados operar en un contexto mundial como instituciones abiertas y competitivas.

En la tradición del Magisterio de la Iglesia, retomada con vigor por Benedicto XVI, el principio de subsidiaridad debe regular las relaciones entre el Estado y las comunidades locales, entre las Instituciones públicas y las Instituciones privadas, sin excluir aquellas monetarias y financieras. Así, en un nivel ulterior, debe regir las relaciones entre una eventual, futura Autoridad pública mundial y las instituciones regionales y nacionales. Tal principio es en garantía tanto la legitimidad democrática, como la eficacia de las decisiones de quienes están llamados a tomarlas. Permite respetar la libertad de las personas y de las comunidades de personas y, al mismo tiempo, responsabilizarlas respecto de los objetivos y de los deberes que les competen.

Según la lógica de la subsidiaridad, la Autoridad superior ofrece su subsidium, es decir su ayuda, cuando la persona y los actores sociales y financieros son intrínsecamente inadecuados o no logran hacer por sí mismos lo que les es requerido. Gracias al principio de solidaridad, se construye una relación durable y fecunda entre la sociedad civil planetaria y una Autoridad pública mundial, cuando los Estados, los cuerpos intermedios, las diversas sociedades – incluidas aquellas económicas y financieras – y los ciudadanos toman las decisiones dentro de la prospectiva del bien común mundial, que trasciende el nacional.

«El gobierno de la globalización» – se lee en la Caritas in veritate – «debe ser de tipo subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos diversos, que colaboren recíprocamente». Sólo así se puede evitar el riesgo del aislamiento burocrático de la Autoridad central, que correría el peligro de la deslegitimación de una separación demasiado grande de las realidades sobre las cuales se funda, y podría fácilmente caer en tentaciones paternalistas, tecnocráticas, o hegemónicas.

Sin embargo permanece aún un largo camino por recorrer antes de llegar a la constitución de una tal Autoridad pública con competencia universal. La lógica desearía que el proceso de reforma se desarrollase teniendo como punto de referencia la Organización de las Naciones Unidas, en razón de la amplitud mundial de sus responsabilidades, de su capacidad de reunir las Naciones de la tierra, y de la diversidad de sus propias tareas y de las de sus Agencias especializadas. El fruto de tales reformas debería ser una mayor capacidad de adopción de políticas y opciones vinculantes, por estar orientadas a la realización del bien común a nivel local, regional y mundial. Entre las políticas aparecen como más urgentes aquellas relativas a la justicia social global: políticas financieras y monetarias que no dañen los Países más débiles; políticas dirigida a la realización de mercados libres y estables y una distribución ecua de la riqueza mundial incluso mediante formas inéditas de solidaridad fiscal global, de la cual se referirá más adelante.

En el proceso de la constitución de una Autoridad política mundial no se pueden desvincular las cuestiones de governance (es decir, de un sistema de simple coordinación horizontal sin una Autoridad super partes), de aquellas de un shared government (es decir de un sistema que, además de la coordinación horizontal, establezca una Autoridad super partes) funcional y proporcionado al gradual desarrollo de una sociedad política mundial. La constitución de una Autoridad política mundial no podrá ser lograda sin una práctica previa de multilateralismo, no sólo a nivel diplomático, sino también y principalmente en el ámbito de los programas para el desarrollo sostenible y para la paz. No se puede llegar a un Gobierno mundial si no es dando una expresión política a interdependencias y cooperaciones preexistentes.
4. Hacia una reforma del sistema financiero y monetario internacional que responda a las exigencias de todos los Pueblos.
En materia económica y financiera, las dificultades más relevantes se derivan de la carencia de un eficaz conjunto de estructuras capaces de garantizar, además de un sistema de governance, un sistema de government de la economía y de las finanzas internacionales.

¿Qué se puede decir de esta prospectiva? ¿Cuáles son los pasos que se deben desarrollar concretamente?

Con referencia al actual sistema económico y financiero mundial, se deben subrayar dos elementos determinantes: el primero es la gradual disminución de la eficiencia de las instituciones de Bretton Woods, desde los inicios de los años Setenta. En particular, el Fondo Monetario Internacional ha perdido un carácter esencial para la estabilidad de las finanzas mundiales, es decir, el de reglamentar la creación global de moneda y de velar sobre el monto de riesgo del crédito asumido por el sistema. En definitiva, ya no se dispone más de ese «bien público universal» que es la estabilidad del sistema monetario mundial.

El segundo factor es la necesidad de un corpus mínimo compartido de reglas necesarias para la gestión del mercado financiero global, que ha crecido mucho más rápidamente que la «economía real» habiéndose velozmente desarrollado, por efecto de un lado, de la abrogación generalizada de los controles sobre los movimientos de capitales y de la tendencia a la desreglamentación de las actividades bancarias y financieras; y, por el otro, con los progresos de la técnica financiera favorecidos por los instrumentos informáticos.

En el plano estructural, en la última parte del siglo anterior, la moneda y las actividades financieras a nivel global crecieron mucho más rápidamente que las producciones de bienes y servicios. En dicho contexto, la cualidad del crédito ha tendido a disminuir, hasta exponer a los institutos de crédito a un riesgo mayor de aquel razonablemente sostenible. Baste observar lo acaecido a los grandes y pequeños institutos de crédito en el contexto de las crisis que se manifestaron en los años ochenta y noventa del siglo anterior y, en fin, en la crisis de 2008.

Aún en la última parte del siglo anterior, se desarrolló la tendencia a definir las orientaciones estratégicas de la política económica y financiera al interno de clubes y de grupos más o menos amplios de los Países más desarrollados. Sin negar los aspectos positivos de este enfoque, no se puede dejar de notar que así, no parece respetarse plenamente el principio representativo, en particular de los Países menos desarrollados o emergentes.

La necesidad de tener en cuenta la voz de un mayor número de Países ha conducido, por ejemplo, a la ampliación de dichos grupos, pasando así del G7 al G20. Ha sido, ésta, una evolución positiva, en cuanto ha consentido involucrar, en las orientaciones para la economía y las finanzas globales, la responsabilidad de Países con una población más elevada, en vías de desarrollo y emergentes.

En el ámbito del G20 pueden, por lo tanto, madurar directrices concretas que, oportunamente elaboradas en las apropiadas sedes técnicas, podrán orientar los órganos competentes a nivel nacional y regional en la consolidación de las instituciones existentes y en la creación de nuevas instituciones con apropiados y eficaces instrumentos a nivel internacional.

Los líderes mismos del G20 afirman en la Declaración final de Pittsburgh de 2009 que «la crisis económica demuestra la importancia de comenzar una nueva era de la economía global basada en la responsabilidad». A fin de hacer frente a la crisis y abrir una nueva era «de la responsabilidad», además de las medidas de tipo técnico y de corto plazo, los leaders proponen una «reforma de la arquitectura global para afrontar las exigencias del siglo XXI»; y por tanto además «un marco que permita definir las políticas y las medidas comunes con el objeto de producir un desarrollo global sólido, sostenible y equilibrado».

Es preciso por tanto, dar inicio a un proceso de profunda reflexión y de reformas, recorriendo vías creativas y realistas, que tiendan a valorizar los aspectos positivos de las instituciones y de los fora ya existentes.

Una atención específica debería reservarse a la reforma del sistema monetario internacional y, en particular, al empeño para dar vida a una cierta forma de control monetario global, desde luego ya implícita en los Estudios del Fondo Monetario Internacional. Es evidente que, en cierta medida, esto equivale a poner en discusión los sistemas de cambio existentes, para encontrar modos eficaces de coordinación y supervisión. Se trata de un proceso que debe involucrar también a los Países emergentes y en vías de desarrollo, al momento de definir las etapas de adaptación gradual de los instrumentos existentes.

En el fondo se delinea, en prospectiva, la exigencia de un organismo que desarrolle las funciones de una especie de «Banco central mundial» que regule el flujo y el sistema de los intercambios monetarios, con el mismo criterio que los Bancos centrales nacionales. Es necesario redescubrir la lógica de fondo, de paz, coordinación y prosperidad común, que portaron a los Acuerdos de Bretton Woods, para proveer respuestas adecuadas a las cuestiones actuales. A nivel regional, dicho proceso podría realizarse con valorización de las instituciones existentes como, por ejemplo, el Banco Central Europeo. Esto requeriría, sin embargo, no sólo una reflexión a nivel económico y financiero, sino también y ante todo, a nivel político, con miras a la constitución de instituciones públicas correspondientes que garanticen la unidad y la coherencia de las decisiones comunes.

Estas medidas se deberían ser concebidas como unos de los primeros pasos en la prospectiva de una Autoridad pública con competencia universal; como una primera etapa de un más amplio esfuerzo de la comunidad mundial por orientar sus instituciones hacia la realización del bien común. Deberán seguir otras etapas, teniendo en cuenta que las dinámicas que conocemos pueden acentuarse, pero también acompañarse de cambios que hoy día sería en vano tratar de prever.

En dicho proceso, es necesario recuperar la primacía de lo espiritual y de la ética y, con ello, la primacía de la política – responsable del bien común – sobre la economía y las finanzas. Es necesario volver a llevar estas últimas al interno de los confines de su real vocación y de su función, incluida aquella social, en vista de sus evidentes responsabilidades hacia la sociedad, para dar vida a mercados e instituciones financieras que estén efectivamente al servicio de la persona, es decir, que sean capaces de responder a las exigencias del bien común y de la fraternidad universal, trascendiendo toda forma de monótono economicismo y de mercantilismo performativo.
En la base de dicho enfoque de tipo ético, parece pues, oportuno reflexionar, por ejemplo,

a) sobre medidas de imposición fiscal a las transacciones financieras, mediante alícuotas equitativas, pero moduladas con gastos proporcionados a la complejidad de las operaciones, sobre todo de las que se realizan en el mercado «secundario». Dicha imposición sería muy útil para promover el desarrollo global y sostenible, según los principios de la justicia social y de la solidaridad; y podría contribuir a la constitución de una reserva mundial de apoyo a los Países afectados por la crisis, así como al saneamiento de su sistema monetario y financiero;
b) sobre formas de recapitalización de los bancos, incluso con fondos públicos, condicionando el apoyo a comportamientos «virtuosos» y finalizados a desarrollar la «economía real»;
c) sobre la definición de ámbito de actividad del crédito ordinario y del Investment Banking. Tal distinción permitiría una disciplina más eficaz de los «mercados paralelos» privados de controles y de límites.
Un sano realismo requeriría el tiempo necesario para construir amplios consensos, pero el horizonte del bien común universal está siempre presente con sus exigencias ineludibles. Es deseable, por consiguiente, que todos los que, en las Universidades y en los diversos Institutos, llamados a formar las clases dirigentes del mañana, es deseable se dediquen a prepararlas para asumir sus propias responsabilidades de discernir y de servir al bien público global, en un mundo que cambia constantemente. Es necesario resolver la divergencia entre la formación ética y la preparación técnica, evidenciando en modo particular la ineludible sinergia entre los campos de la praxis y de la poiésis.

El mismo esfuerzo es requerido a todos los que están en grado de iluminar la opinión pública mundial, para ayudarla a afrontar este mundo nuevo no ya en la angustia, sino en la esperanza y en la solidaridad.
Conclusiones

En medio de las incertezas actuales, en una sociedad capaz de movilizar medios ingentes, pero cuya reflexión en el campo cultural y moral permanece inadecuada respecto a su utilización en orden a la obtención de fines apropiados, estamos llamados a no rendirnos, y a construir sobre todo, un futuro que tenga sentido para las generaciones venideras. No se ha de temer el proponer cosas nuevas, aunque puedan desestabilizar equilibrios de fuerza preexistentes que dominan a los más débiles. Son una semilla que se arroja en la tierra, que germinará y no tardará en dar frutos.

Como ha exhortado Benedicto XVI, son indispensables personas y operadores, en todos los niveles – social, político, económico y profesional – motivados por el valor de servir y promover el bien común mediante una vida buena. Sólo ellos lograrán vivir y ver más allá de las apariencias de las cosas, percibiendo el desvarío entre lo real existente y lo posible nunca antes experimentado.

Pablo VI ha subrayado la fuerza revolucionaria de la «imaginación prospectiva», capaz de percibir en el presente las posibilidades inscritas en él y de orientar a los seres humanos hacia un futuro nuevo. Liberando la imaginación, la persona humana libera su propia existencia. A través de un compromiso de imaginación comunitaria es posible transformar, no sólo las instituciones, sino también los estilos de vida, y suscitar un futuro mejor para todos los pueblos.

Los Estados modernos, en el transcurso del tiempo, se han transformado en conjuntos estructurados, concentrando la soberanía al interior del propio territorio. Sin embargo las condiciones sociales, culturales y políticas han mutado progresivamente. Ha aumentado su interdependencia – hasta llegar a ser natural el pensar en una comunidad internacional integrada y regida cada vez más por un ordenamiento compartido – pero no ha desaparecido una forma deteriorada de nacionalismo, según el cual el Estado considera poder conseguir de modo autárquico, el bien de sus propios ciudadanos.

Hoy, todo eso parece surreal y anacrónico. Hoy, todas las naciones, pequeñas o grandes, junto con sus Gobiernos, están llamadas a superar dicho «estado de naturaleza» que ve a los Estados en perenne lucha entre sí. No obstante de algunos aspectos negativos, la globalización está unificando en mayor medida a los pueblos, impulsándolos a dirigirse hacia un nuevo «estado de derecho» a nivel supranacional, apoyado por una colaboración más intensa y fecunda. Con una dinámica análoga a la que en el pasado ha puesto fin a la lucha «anárquica», entre clanes y reinos rivales, en orden a la constitución de Estados nacionales, la humanidad hoy, tiene que comprometerse en la transición de una situación de luchas arcaicas entre entidades nacionales, hacia un nuevo modelo de sociedad internacional con mayor cohesión, poliárquica, respetuosa de la identidad de cada pueblo, dentro de las múltiples riquezas de una única humanidad. Este pasaje, que por lo demás tímidamente ya se está en curso, aseguraría a los ciudadanos de todos los Países – cualquiera que sea la dimensión o la fuerza que posee – paz y seguridad, desarrollo, libres mercados, estables y transparentes. «Así como dentro de cada Estado [...] el sistema de la venganza privada y de la represalia ha sido sustituido por el imperio de la ley – advierte Juan Pablo II – «así también es urgente ahora que semejante progreso tenga lugar en la Comunidad internacional».

Los tiempos para concebir instituciones con competencia universal llegan cuando están en juego bienes vitales y compartidos por toda la familia humana, que los Estados, individualmente, no son capaces de promover y proteger por sí solos.

Existen, pues, las condiciones para la superación definitiva de un orden internacional «westphaliano», en el que los Estados perciben la exigencia de la cooperación, pero no asumen la oportunidad de una integración de las respectivas soberanías para el bien común de los pueblos.

Es tarea de las generaciones presentes reconocer y aceptar conscientemente esta nueva dinámica mundial hacia la realización de un bien común universal. Ciertamente, esta transformación se realizará al precio de una transferencia gradual y equilibrada de una parte de las competencias nacionales a una Autoridad mundial y a las Autoridades regionales, pero esto es necesario en un momento en el cual el dinamismo de la sociedad humana y de la economía, y el progreso de la tecnología trascienden las fronteras, que en el mundo globalizado, de hecho están ya erosionadas.

La concepción de una nueva sociedad, la construcción de nuevas instituciones con vocación y competencia universales, son una prerrogativa y un deber de todos, sin distinción alguna. Está en juego el bien común de la humanidad, y el futuro mismo.

En este contexto, para cada cristiano hay una especial llamada del Espíritu a comprometerse con decisión y generosidad, para que las múltiples dinámicas en acto, se dirijan las hacia prospectivas de la fraternidad y del bien común. Se abren inmensas áreas de trabajo para el desarrollo integral de los pueblos y de cada persona. Como afirman los Padres del Concilio Vaticano II, se trata de una misión al mismo tiempo social y espiritual que, «en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios».

En un mundo en vías de una rápida globalización, remitirse a una Autoridad mundial llega a ser el único horizonte compatible con las nuevas realidades de nuestro tiempo y con las necesidades de la especie humana. No ha de ser olvidado, sin embargo, que esta paso, dada la naturaleza herida de los seres humanos, no se realiza sin angustias y sufrimientos.

La Biblia, con el relato de la Torre de Babel (Génesis 11,1-9) advierte cómo la «diversidad» de los pueblos puede transformarse en vehículo de egoísmo e instrumento de división. En la humanidad está muy presente el riesgo de que los pueblos terminen por no comprenderse más y que las diversidades culturales sean motivo de contraposiciones insanables. La imagen de la Torre de Babel también nos señala que es necesario preservarse de una «unidad» sólo aparente, en la que no cesan los egoísmos y las divisiones, porque los fundamentos de la sociedad no son estables. En ambos casos, Babel es la imagen de lo que los pueblos y los individuos pueden llegar a ser cuando no reconocen su intrínseca dignidad trascendente y su fraternidad.

El espíritu de Babel es la antítesis del Espíritu de Pentecostés (Hechos 2, 1-12), del designio de Dios para toda la humanidad, es decir, la unidad en la diversidad. Sólo un espíritu de concordia, que supere las divisiones y los conflictos, permitirá a la humanidad el ser auténticamente una única familia, hasta concebir un mundo nuevo con la constitución de una Autoridad pública mundial, al servicio del bien común.

La Riqueza Secreta de un banquero

Articulo original del New York Times

La traducción es propia. Si hay algún error, la culpa, como siempre, es mía y solo mía.

Por LANDON THOMAS Jr. y RAPHAEL MINDER

Publicado: 20 de septiembre, 2011

Emilio Botín es un multimillonario español renombrado por las estrictas reglas de su mando. Solicita de sus directivos en el Santander -uno de los mayores bancos europeos- hacer un peregrinaje a su residencia de vacaciones cada verano para informarle sobre riesgos crediticios. Y cuestiona al director de su fundación benéfica sobre los mas mínimos detalles de todas las donaciones, céntimo a céntimo.

Aun así, hay un asunto no tan de minucia que al Señor Botín se le ha escapado: una cuenta secreta en Suiza abierta hace mucho tiempo por su padre de tal magnitud que, cuando las autoridades españolas la descubrieron el año pasado, el señor Botín y su familia tuvieron que pagar 200 millones de euros en impuestos para evitar ser imputados por evasión de capitales.

A solicitud de inspectores de Hacienda, un tribunal español esta investigando si el pago realizado es suficiente, dado el montante acumulado en el extranjero; expertos tributarios españoles dicen que la cuenta podría alcanzar los dos mil millones de euros. El tribunal también ha dicho que los funcionarios necesitan mas tiempo para bucear en la marea de documentación que la familia ha proporcionado y esta aun considerando si se presentan cargos criminales por presunta falsedad documental.

Un abogado de los Botín, Jesús Remón, ha comentado que la familia esta cooperando con la investigación y que estaba “en completa concordancia con sus obligaciones tributarias tras la declaración voluntaria” del año pasado.  Añadió que ningún miembro de la familia ha sido inculpado de ningún delito.

Los problemas tributarios del señor Botín vienen a cuento por intensificación del debate sobre si los gobiernos con problemas deberían aumentar la presión fiscal sobre los ricos. El pasado lunes, el presidente Obama pidió acabar con los beneficios fiscales de los contribuyentes mas ricos en Estados Unidos.

El pasado viernes, el gobierno español reintrodujo el impuesto sobre el patrimonio que se había abolido tres años antes, con la esperanza de poder recaudar 1.080 millones de euros de los contribuyentes cuya declaración supero los 700.00 euros. Los mas ricos en Espana todavia no han hecho publico su apoyo a subir los impuestos, y el señor Botín dijo el lunes a los periodistas que “le parecía muy mal la reintroduccion” del impuesto sobre el patrimonio.

A diferencia de cualquier otro país europeo, donde los banqueros son mayoritariamente personajes anónimos, el señor Botín ejerce de tal. Pese de evitar eventos sociales y de que sus apariciones publicas son escasas, se presenta como un personaje muy influyente. Y el ha sido capaz de mantener su control sobre  el Santander a pesar de que el y su familia solo controlen el 2% de las acciones.

Ni los tribunales ni su familia han sido capaces de proveer detalles sobre el monto total de la cuenta suiza, o como esta aumento con el paso del tiempo. Tampoco el señor Remón, el abogado, ha comentado si el señor Botin estaba al tanto de esa cuenta.

Lo que si es sabido es que el padre del señor Botín, también llamado Emilio, dejo España con parte de su fortuna a fines de 1936, tras el inicio de la Guerra Civil española, temeroso, como muchos otros españoles, del posible desenlace.

El señor Botín padre paso unos meses en Londres antes de trasladarse a Basilea, Suiza, y mas tarde volvería a España para tomar de nuevo las riendas del banco que había gestionado desde 1933. Pero si es cierto que el regreso, el dinero que había escabullido a Suiza no. El señor Botín padre falleció en 1993. El año pasado, el Gobierno francés paso a España información que había obtenido de Hervé Falciani, antiguo empleado de la subsidiaria suiza del HSBC, en la que se incluía una lista de casi 600 españoles que tenían cuentas secretas. Entre ellos se encontraba la del citado señor Botín padre.

En la apertura del sumario, el juez encargado del caso, Fernando Andreu, subrayo “la complejidad de la estructura de la herencia” del fondo, fundaciones y otras compañías que se habían creado para controlar la cuenta. Los únicos detalles que se pudieron dar en relación a lo que había en la cuenta fue que esta también incluía el 12% de las acciones de Bankinter, un banco de tamaño medio en el que Jaime Botín, el hermano de Emilio, es el principal accionista. Solo ese paquete, a precio actual de mercado, podría ascender a unos 310 millones de dólares.

Representantes del señor Botín han comentado que la familia había pagado voluntariamente lo que se debía y que el señor Botín espera que el Gobierno mostrara su aprobación y cerrara el caso. Parece que, en conjunto, el señor Botín y su familia serán declarados inocentes, lo que no sorprende a los mas fieros críticos del patriarca de la banca.

“El Santander no solo es demasiado grande para caer pero también es la mejor imagen corporativa que tiene España -así que nadie en el Gobierno, ni en la Justicia o en cualquier otro lado se cuestionara nunca seriamente los que hacen”, dijo Antonio Panea, abogado y accionista descontento que ha intentado inculpar a la institución en una docena de veces, sin resultado.

Nada de ello tiene sentido, argumentan los defensores del señor Botín.

“Estoy convencido que los Botines no están motivados por el dinero, si no por su amor a la Banca”, comenta  Mauro F. Guillén, profesor de gestion empresarial en el Wharton School de la Universidad de Pennsylvania y autor de un libro sobre la importancia adquirida por el Santander. “Si estuvieran interesados en maximizar su propia riqueza, se hubieran diversificado fuera del Santander”.

Luis Arenzana, un gestor de cartera de Bolsa de Madrid que trabajo en el Santander como inversionista a principios de los 90, añade: “Algunas de las acciones tomadas por el Santander rozaban la legalidad mas que ser ilegales. Pero claro que ser investigado ocasionalmente por posible mala conducta es la situación normal de los negocios de cualquier gran banco  -cualquiera que tenga éxito en España siempre esta bajo sospecha de culpa”.

Y éxito ha sido.

Tras hacerse cargo del banco de su padre en 1986, el señor Botín cogió a traspiés a los rivales del mercado nacional al subir el interés que pagaba el banco a sus depositarios, incrementando enormemente su participación en el mercado de lo que había sido hasta entonces un banco de la media con una representación mínima en el extranjero.

Tras ello, en una avalancha de acuerdos, el señor Botín fue de una absorción empresarial a la siguiente. A parte de España el Santander tiene ahora una presencia dominante en la banca comercial de Brasil y Gran Bretaña, al igual que un creciente aumento en EE.UU. mediante su mayoría de acciones en el Sovereign Bank de Boston.

Esta habilidad para fusionarse y crecer ha hecho del Santander la envidia de todos los bancos del mundo. Uno de sus competidores, Barclays, llego al punto de encargar a McKinsey un estudio de como el banco lo había hecho, de acuerdo con una persona con conocimiento del proyecto de esta consultoría.

Ahora, en vez de estar celebrando el incomparable hecho de haber convertido un banco regional en un coloso de las finanzas globales, el multimillonario patriarca debe hacer frente a una serie de desafíos que podrían incluso poner en peligro mas de un siglo de control familiar sobre el banco.

En muchos aspectos, al crisis financiera ha causado la mayor parte del daño: las acciones del Santander que una vez se cotizaron a la alza, han caído un 40% en el transcurso del año pasado. Y mientras que la mayoría de los beneficios del banco vienen de America latina y Gran Bretaña, el 35% de los créditos que han concedido permanecen vulnerables en una España sacudida por el desempleo y un Portugal que necesito de un rescate financiero.

Los principales periódicos españoles han dejado mayoritariamente de lado los problemas tributarios del señor Botín, tras una oleada de noticias en junio a raíz del anuncio de la investigación.

Esto pudiera haber sido causado en gran medida por la ampliamente compartida presunción de que nada mas saldrá de este caso. Pero algunos periodistas españoles también concuerdan de que no se ha investigado en profundidad.

“El Santander gasta enormes cantidades en anuncios y eso influencia el tratamiento que recibe por parte de los medios” indica Salvador Arancibia, reportero de negocios de Madrid que se ha ocupado del Santander desde 1980 y que también ha trabajado para el banco. “Especialmente en un momento en que los medios de comunicación atraviesan una delicada situación económica”.

Uno de los pocos sitios en España en donde se critica abiertamente al señor Botín es la Puerta del Sol, la plaza publica que, desde mayo, se ha convertido en hogar de las protestas en contra del sistema, los “indignados” de España. Mas allá de los eslóganes y los juegos de palabras que se hacen con su apellido, se demuestra un amplio descontento.

“Botín es el símbolo del banquero poderoso”, dice Luis De Miguel Sanz, profesor de secundaria. “Por ello no esperara que lo admiremos cuando su dinero esta bajo investigación”.

ULTIMAS NOTICIAS

Denuncia Colectiva #CasoBotin – Promovida Por Democracia Real Ya! Tenerife y secundada por el Movimiento 15M

 

WE – Arundhati Roy (Eng)

The following clip collects most of the speech given by the writer Arundhati Roy in Santa Fe, New Mwxico, on September 18th 2002: “Come September; Citizens of America: welcome to the World”

It surprises by the clarity of ideas, use of the English language and, specially today, for her vision of the coming times. Even if it is already 10 years old, it is absolutely applicable today.

The full transcript , plus the following debate can be found here. This is just the adapted version for the mentioned videoclip.

Fiction and nonfiction are only different techniques of story telling. For reasons that I don’t fully understand, fiction dances out of me, and nonfiction is wrenched out by the aching, broken world I wake up to every morning.

The theme of much of what I write, fiction as well as nonfiction, is the relationship between power and powerlessness and the endless, circular conflict they’re engaged in. (John Berger, that most wonderful writer, once wrote:) “Never again will a single story be told as though it’s the only one.” There can never be a single story. There are only ways of seeing. So when I tell a story, I tell it not as an ideologue who wants to pit one absolutist ideology against another, but as a story-teller who wants to share her way of seeing. Though it might appear otherwise, my writing is not really about nations and histories; it’s about power. About the paranoia and ruthlessness of power. About the physics of power. I believe that the accumulation of vast unfettered power by a State or a country, a corporation or an institution – or even an individual, a spouse, a friend, a sibling -regardless of ideology, results in excesses such as the ones I will recount here.

Living as I do, as millions of us do, in the shadow of the nuclear holocaust that the governments of India and Pakistan keep promising their brain-washed citizenry, and in the global neighborhood of the War Against Terror (what President Bush rather biblically calls “The Task That Never Ends”), I find myself thinking a great deal about the relationship between Citizens and the State.

In India, those of us who have expressed views on Nuclear Bombs, Big Dams, Corporate Globalization and the rising threat of communal Hindu fascism – views that are at variance with the Indian Government’s – are branded ‘anti- national.’ While this accusation doesn’t fill me with indignation, it’s not an accurate description of what I do or how I think. Because an ‘anti-national’ is a person who is against his or her own nation and, by inference, is pro some other one. But it isn’t necessary to be ‘anti-national’ to be deeply suspicious of all nationalism, to be anti-nationalism. Nationalism of one kind or another was the cause of most of the genocide of the twentieth century. Flags are bits of colored cloth that governments use first to shrink-wrap people’s brains and then as ceremonial shrouds to bury the dead. [Applause] When independent- thinking people (and here I do not include the corporate media) begin to rally under flags, when writers, painters, musicians, film makers suspend their judgment and blindly yoke their art to the service of the “Nation,” it’s time for all of us to sit up and worry. In India we saw it happen soon after the Nuclear tests in 1998 and during the Cargill War against Pakistan in 1999. In the U.S. we saw it during the Gulf War and we see it now during the “War Against Terror.” That blizzard of Made-in-China American flags. [Laughter]

Recently, those who have criticized the actions of the U.S. government (myself included) have been called “anti-American.” Anti-Americanism is in the process of being consecrated into an ideology.

The term “anti-American” is usually used by the American establishment to discredit and, not falsely – but shall we say inaccurately – define its critics. Once someone is branded anti-American, the chances are that he or she will be judged before they are heard, and the argument will be lost in the welter of bruised national pride.

But what does the term “anti-American” mean? Does it mean you are anti-jazz? Or that you’re opposed to freedom of speech? That you don’t delight in Toni Morrison or John Updike? That you have a quarrel with giant sequoias? Does it mean that you don’t admire the hundreds of thousands of American citizens who marched against nuclear weapons, or the thousands of war resisters who forced their government to withdraw from Vietnam?

It would be absurd to think that those who criticize the Indian government are “anti-Indian” – although the government itself never hesitates to take that line. It is dangerous to cede to the Indian government or the American government or anyone for that matter, the right to define what “India” or “America” are or ought to be.

To call someone “anti-American”, indeed to be anti-American, (or for that matter, anti-Indian or anti-Timbuktuan) is not just racist, it’s a failure of the imagination. An inability to see the world in terms other than those the establishment has set out for you. If you’re not a Bushie you’re a Taliban. If you don’t love us, you hate us. If you’re not Good, you’re Evil. If you’re not with us, you’re with the terrorists.

Everyday I’m taken aback at how many people believe that opposing the war in Afghanistan amounts to supporting terrorism, of voting for the Taliban.

Last year, like many others, I too made the mistake of scoffing at this post- September 11th rhetoric, dismissing it as foolish and arrogant. But I’ve realized it’s not foolish at all. It’s actually a canny recruitment drive for a misconceived, dangerous war.

Now that the initial aim of the war – capturing Osama bin Laden (dead or alive) – seems to have run into bad weather, the goalposts have been moved.

Nearly three thousand civilians lost their lives in that lethal terrorist strike. The grief is still deep. The rage still sharp. The tears have not dried. And a strange, deadly war is raging around the world. Yet, each person who has lost a loved one surely knows secretly, deeply, that no war, no act of revenge, no daisy-cutters dropped on someone else’s loved ones or someone else’s children, will blunt the edges of their pain or bring their own loved ones back. War cannot avenge those who have died. War is only a brutal desecration of their memory.

To fuel yet another war – this time against Iraq – by cynically manipulating people’s grief, by packaging it for TV specials sponsored by corporations selling detergent and running shoes, is to cheapen and devalue grief, to drain it of meaning. What we are seeing now is a vulgar display of the business of grief, the commerce of grief, the pillaging of even the most private human feelings for political purpose. It is a terrible, violent thing for a State to do to its people.

It’s not a clever-enough subject to speak of from a public platform, but what I would really love to talk to you about is Loss. Loss and losing. Grief, failure, brokenness, numbness, uncertainty, fear, the death of feeling, the death of dreaming. The absolute relentless, endless, habitual, unfairness of the world. What does loss mean to individuals? What does it mean to whole cultures, whole people who have learned to live with it as a constant companion?

Since it is September 11th we’re talking about, perhaps it’s in the fitness of things that we remember what that date means, not only to those who lost their loved ones in America last year, but to those in other parts of the world to whom that date has long held significance. This historical dredging is not offered as an accusation or a provocation. But just to share the grief of history. To thin the mists a little. To say to the citizens of America, in the gentlest, most human way: “Welcome to the World.”

Twenty-nine years ago, in Chile, on the 11th of September 1973, General Pinochet overthrew the democratically elected government of Salvador Allende in a CIA-backed coup.

In the regime of terror that ensured, thousands of people were killed. Many more simply “disappeared”. Firing squads conducted public executions. Concentration camps and torture chambers were opened across the country. The dead were buried in mine shafts and unmarked graves. For seventeen years the people of Chile lived in dread of the midnight knock, of routine “disappearances”, of sudden arrest and torture.

In 1999, following the arrest of General Pinochet in Britain, thousands of secret documents were declassified by the U.S. government. They contain unequivocal evidence of the CIA’s involvement in the coup as well as the fact that the U.S. government had detailed information about the situation in Chile during General Pinochet’s reign. Yet, Kissinger assured the general of his support: “In the United States as you know, we are sympathetic to what you’re trying to do,” he said. “We wish your government well.”

Those of us who have only ever known life in a democracy, however flawed, would find it hard to imagine what living in a dictatorship and enduring the absolute loss of freedom means. It isn’t just those who Pinochet murdered, but the lives he stole from the living that must be accounted for too.

Sadly, Chile was not the only country in South America to be singled out for the U.S. government’s attentions. Guatemala, Costa Rica, Ecuador, Brazil, Peru, the Dominican Republic, Bolivia, Nicaragua, Honduras, Panama, El Salvador, Peru, Mexico and Colombia – they’ve all been the playground for covert – and overt – operations by the CIA. Hundreds of thousands of Latin Americans have been killed, tortured or have simply disappeared under the despotic regimes that were propped up in their countries. If this were not humiliation enough, the people of South America have had to bear the cross of being branded as people who are incapable of democracy – as if coups and massacres are somehow encrypted in their genes.

This list does not, of course, include countries in Africa or Asia that suffered U.S. military interventions – Vietnam, Korea, Indonesia, Laos, and Cambodia. For how many Septembers for decades together have millions of Asian people been bombed, and burned, and slaughtered?

September 11th has a tragic resonance in the Middle East, too. On the 11th of September 1922, ignoring Arab outrage, the British government proclaimed a mandate in Palestine, a follow-up to the 1917 Balfour Declaration which imperial Britain issued, with its army massed outside the gates of Gaza. The Balfour Declaration promised European Zionists a national home for Jewish people. (At the time, the Empire on which the Sun Never Set was free to snatch and bequeath national homes like a school bully distributes marbles.)

How carelessly imperial power vivisected ancient civilizations. Palestine and Kashmir are imperial Britain’s festering, blood-drenched gifts to the modem world. Both are fault lines in the raging international conflicts of today.

In 1937, Winston Churchill said of the Palestinians, I quote, “I do not agree that the dog in a manger has the final right to the manger even though he may have lain there for a very long time. I do not admit that right. I do not admit for instance, that a great wrong has been done to the Red Indians of America or the black people of Australia. I do not admit that a wrong has been done to these people by the fact that a stronger race, a higher-grade race, a more worldly wise race to put it that way, has come in and taken their place.” That set the trend for the Israeli State’s attitude towards the Palestinians.

In 1947, the U.N. formally partitioned Palestine and allotted 55 per cent of Palestine’s land to the Zionists. Within a year, they had captured 76 per cent. On the 14th of May 1948 the State of Israel was declared. Minutes after the declaration, the United States recognized Israel. The West Bank was annexed by Jordan. The Gaza strip came under Egyptian military control, and formally Palestine ceased to exist except in the minds and hearts of the hundreds of thousands of Palestinian people who became refugees. In 1967, Israel occupied the West Bank and the Gaza strip.

Over the decades there have been uprisings, wars, intifadas. Tens of thousands have lost their lives. Accords and treaties have been signed. Cease-fires declared and violated. But the bloodshed doesn’t end. Palestine still remains illegally occupied. Its people live in inhuman conditions, in virtual Bantustans, where they are subjected to collective punishments, twenty-four hour curfews, where they are humiliated and brutalized on a daily basis. They never know when their homes will be demolished, when their children will be shot, when their precious trees will be cut, when their roads will be closed, when they will be allowed to walk down to the market to buy food and medicine. And when they will not. They live with no semblance of dignity. With not much hope in sight. They have no control over their lands, their security, their movement, their communication, their water supply. So when accords are signed, and words like “autonomy” and even “statehood” bandied about, it’s always worth asking: What sort of autonomy? What sort of State? What sort of rights will its citizens have?

Young Palestinians who cannot control their anger turn themselves into human bombs and haunt Israel’s streets and public places, blowing themselves up, killing ordinary people, injecting terror into daily life, and eventually hardening both societies’ suspicion and mutual hatred of each other. Each bombing invites merciless reprisal and even more hardship on Palestinian people. But then suicide bombing is an act of individual despair, not a revolutionary tactic. Although Palestinian attacks strike terror into Israeli citizens, they provide the perfect cover for the Israeli government’s daily incursions into Palestinian territory, the perfect excuse for old-fashioned, nineteenth-century colonialism, dressed up as a new fashioned, twenty-first century “war”.

Israel’s staunchest political and military ally is and always has been the U.S. The U.S. government has blocked, along with Israel, almost every U.N. resolution that sought a peaceful, equitable solution to the conflict. It has supported almost every war that Israel has fought. When Israel attacks Palestine, it is American missiles that smash through Palestinian homes. And every year Israel receives several billion dollars from the United States – taxpayers money.

What lessons should we draw from this tragic conflict? Is it really impossible for Jewish people who suffered so cruelly themselves – more cruelly perhaps than any other people in history – to understand the vulnerability and the yearning of those whom they have displaced? Does extreme suffering always kindle cruelty? What hope does this leave the human race with? What will happen to the Palestinian people in the event of a victory? When a nation without a state eventually proclaims a state, what kind of state will it be? What horrors will be perpetrated under its flag? Is it a separate state that we should be fighting for or, the rights to a life of liberty and dignity for everyone regardless of their ethnicity or religion?

The world is called upon to condemn suicide bombers. But can we ignore the long road they have journeyed on before they have arrived at this destination? September 11, 1922 to September 11, 2002 – eighty years is a long time to have been waging war. Is there some advice the world can give the people of Palestine?

In another part of the Middle East, September 11th strikes a more recent cord. It was on the 11th of September 1990 that George W. Bush, Sr., then President of the U.S., made a speech to a joint session of Congress announcing his government’s decision to go to war against Iraq.

The U.S. government says that Saddam Hussein is a war criminal, a cruel military despot who has committed genocide against his own people. That’s a fairly accurate description of the man. In 1988, Saddam Hussein razed hundreds of villages in northern Iraq, used chemical weapons and machine guns to kill thousands of Kurdish people. Today we know that that same year the U.S. government provided him with $500 million in subsidies to buy American farm products. The next year, after he had successfully completed his genocidal campaign, the U.S. government doubled its subsidy to $1 billion. It also provided him with high quality germ seed for anthrax, and helicopters and dual-use material that could be used to manufacture chemical and biological weapons. So it turns out that while Saddam Hussein was carrying out his worst atrocities, the U.S. and the U.K. governments were his close allies.

So what changed? In 1990, Saddam Hussein invaded Kuwait. His sin was not so much that he had committed an act of war, but that he had acted independently, without orders from his master. This display of independence was enough to upset the power equation in the Gulf. So it was decided that Saddam Hussein be exterminated, like a pet that has outlived its owner’s affection.

The first Allied attack on Iraq took place on January ’91. The world watched the prime-time war as it was played out on T.V. (In India in those days you had to go to a five-star hotel lobby to watch CNN.) Tens of thousands of people were killed in a month of devastating bombing. What many do not know is that the war never ended then. The initial fury simmered down into the longest sustained air attack on a country since the Vietam War. Over the last decade American and British forces have fired thousands of missiles and bombs on Iraq.

Tthere is no confusion over the extent and range of America’s arsenal of nuclear and chemical weapons. Would the U.S. government welcome weapons inspectors? Would the U.K.? Or Israel?

The U.S. has the largest arsenal of nuclear weapons in the world and it’s the only country in the world to have actually used them on civilian populations. If the U.S. is justified in launching a pre-emptive strike on Iraq, why, then any nuclear power is justified in carrying out a pre- emptive strike on any other. India could attack Pakistan, or the other way around. If the U.S. government develops a distaste for, say, the Indian Prime Minister, can it just “take him out” with a pre-emptive strike?

Recently the United States played an important part in forcing India and Pakistan back from the brink of war. Is it so hard for it to take its own advice? Who is guilty of feckless moralizing? Of preaching peace while it wages war? The U.S., which George Bush has called “the most peaceful nation on earth”, has been at war with one country or another every year for the last fifty.

Wars are never fought for altruistic reasons. They’re usually fought for hegemony, for business. And then of course there’s the business of war.

Protecting its control of the world’s oil is fundamental to U.S. foreign policy. The U.S. government’s recent military interventions in the Balkans and Central Asia have to do with oil. Hamid Karzai, the puppet President of Afghanistan installed by the U.S., is said to be a former employee of Unocal, the American-based oil company. The U.S. government’s paranoid patrolling of the Middle East is because it has two-thirds of the world’s oil reserves. Oil keeps America’s engines purring sweetly. Oil keeps the Free Market rolling. Whoever controls the world’s oil, controls the world’s market. And how do you control the oil?

Nobody puts it more elegantly than The New York Times columnist, Thomas Friedman. In an article called, “Craziness Pays”, he said, “The U.S. has to make it clear to Iraq and U.S. allies that…American will use force without negotiation, hesitation or U.N. approval.” His advice was well taken. In the wars against Iraq and Afghanistan as well as in the almost daily humiliation the U.S. government heaps on the U.N. In his book on globalization, The Lexus and the Olive Tree, Friedman says, and I quote, “The hidden hand of the market will never work without the hidden fist. McDonalds cannot flourish without McDonnell Douglas…and the hidden fist that keeps the world safe for Silicon Valley’s technologies to flourish is called the U.S. Army, Air Force, Navy, and Marine Corps.” Perhaps this was written in a moment of vulnerability, but it’s certainly the most succinct, accurate description of the project of corporate globalization that I have read.

After the 11th of September 2001 and the War Against Terror, the hidden hand and fist have had their cover blown – and we have a clear view now of America’s other weapon – the Free Market – bearing down on the Developing World, with a clenched, unsmiling smile. The Task That Never Ends is America’s perfect war, the perfect vehicle for the endless expansion of American imperialism.

In the last ten years of unbridled Corporate Globalization, the world’s total income has increased by an average of 2.5 percent a year. And yet the numbers of poor in the world has increased by 100 million. Of the top hundred biggest economies, 51 are corporations, not countries. The top 1 percent of the world has the same combined income as the bottom 57 percent and that disparity is growing. And now, under the spreading canopy of the War Against Terror, this process is being hustled along. The men in suits are in an unseemly hurry. While bombs rain down on us, and cruise missiles skid across the skies, while nuclear weapons are stockpiled to make the world a safer place, contracts are being signed, patents are being registered, oil pipe lines are being laid, natural resources are being plundered, water is being privatized, and democracies are being undermined.

In a country like India, the “structural adjustment” end of the Corporate Globalization project is ripping through people’s lives. “Development” projects, massive privatization, and labor “reforms” are pushing people off their lands and out of their jobs, resulting in a kind of barbaric dispossession that has few parallels in history. Across the world, as the “Free Market” brazenly protects Western markets and forces developing countries to lift their trade barriers, the poor are getting poorer and the rich richer. Civil unrest has begun to erupt in the global village. In countries like Argentina, Brazil, Mexico, Bolivia and India, the resistance movements against Corporate Globalization are growing. To contain them, governments are tightening their control. Protesters are being labeled “terrorists” and then being dealt with as such. But civil unrest does not only mean marches and demonstrations and protests against globalization. Unfortunately, it also means a desperate downward spiral into crime and chaos and all kinds of despair and disillusionment which as we know from history (and from what we see unspooling before our eyes), gradually becomes a fertile breeding ground for terrible things – cultural nationalism, religious bigotry, fascism and of course, terrorism.

All these march arm-in-arm with corporate globalization.

There is a notion gaining credence that the Free Market breaks down national barriers, and that Corporate Globalization’s ultimate destination is a hippie paradise where the heart is the only passport and we all live happily together inside a John Lennon song. (“Imagine there’s no country…”) But this is a canard.

What the Free Market undermines is not national sovereignty, but democracy. As the disparity between the rich and poor grows, the hidden fist has its work cut out for it. Multinational corporations on the prowl for “sweetheart deals” that yield enormous profits cannot push through those deals and administer those projects in developing countries without the active connivance of State machinery – the police, the courts, sometimes even the army. Today Corporate Globalization needs an international confederation of loyal, corrupt, preferably authoritarian governments in poorer countries to push through unpopular reforms and quell the mutinies. It needs a press that pretends to be free. It needs courts that pretend to dispense justice. It needs nuclear bombs, standing armies, sterner immigration laws, and watchful coastal patrols to make sure that it’s only money, goods, patents, and services that are being globalized – not the free movement of people, not a respect for human rights, not international treaties on racial discrimination or chemical and nuclear weapons, or greenhouse gas emissions, climate change, or god forbid, justice. It’s as though even a gesture towards international accountability would wreck the whole enterprise.

Close to one year after the War against Terror was officially flagged off in the ruins of Afghanistan, in country after country freedoms are being curtailed in the name of protecting freedom, civil liberties are being suspended in the name of protecting democracy. All kinds of dissent are being defined as “terrorism”. All kinds of laws are being passed to deal with it. Osama bin Laden seems to have vanished into thin air. Mullah Omar is supposed to have made his escape on a motorbike. (They could have sent TinTin after him.) [Laughter] The Taliban may have disappeared but their spirit, and their system of summary justice is surfacing in the unlikeliest of places. In India, in Pakistan, in Nigeria, in America, in all the Central Asian republics run by all manner of despots, and of course in Afghanistan under the U.S.-backed, Northern Alliance.

Meanwhile down at the mall there’s a mid-season sale. Everything’s discounted – oceans, rivers, oil, gene pools, fig wasps, flowers, childhoods, aluminum factories, phone companies, wisdom, wilderness, civil rights, eco-systems, air – all 4,600 million years of evolution. It’s packed, sealed, tagged, valued and available off the rack. (No returns). As for justice – I’m told it’s on offer too. You can get the best that money can buy.

Donald Rumsfeld said that his mission in the War Against Terror was to persuade the world that Americans must be allowed to continue their way of life. When the maddened king stamps his foot, slaves tremble in their quarters. So, standing here today, it’s hard for me to say this, but “The American Way of Life” is simply not sustainable. Because it doesn’t acknowledge that there is a world beyond America.

But fortunately, power has a shelf life. When the time comes, maybe this mighty empire will, like others before it, overreach itself and implode from within. It looks as though structural cracks have already appeared. As the War Against Terror casts its net wider and wider, America’s corporate heart is hemorrhaging. For all the endless, empty chatter about democracy, today the world is run by three of the most secretive institutions in the world: The International Monetary Fund, the World Bank, and the World Trade Organization, all three of which, in turn, are dominated by the U.S. Their decisions are made in secret. The people who head them are appointed behind closed doors. Nobody really knows anything about them, their politics, their beliefs, their intentions. Nobody elected them. Nobody said they could make decisions on our behalf. A world run by a handful of greedy bankers and C.E.O.’s whom nobody elected can’t possibly last.

Soviet-style communism failed, not because it was intrinsically evil but because it was flawed. It allowed too few people to usurp too much power. Twenty-first century market-capitalism, American style, will fail for the same reasons. Both are edifices constructed by the human intelligence, undone by human nature.

The time has come, the Walrus said. Perhaps things will become worse and then better.

NB. The transcription of the videoclip finishes here. Nevertheless, the speech still contains a couple of more phrases that I consider interesting to include:

Perhaps there’s a small god up in heaven readying herself for us. Another world is not only possible, she’s on her way. Maybe many of us won’t be here to greet her, but on a quiet day, if I listen very carefully, I can hear her breathing.

WE – Arundhati Roy (Esp)

El siguiente clip recoge la mayor parte del discurso que la escritora Arundhati Roy dio en Santa Fe, Nuevo Méjico, el 18 de septiembre del 2002: “Ven Septiembre; ciudadanos de Estados Unidos: bienvenidos al mundo”.

Sorprende la claridad de ideas, el uso del lenguaje y, especialmente hoy, la visión de futuro de la escritora. A pesar de tener ya 10 años esta de absoluta actualidad.

El texto en castellano esta en parte basado en la traducción de Tania Molina Ramírez  revisada y adaptada al texto actual del reportaje. El clip esta en ingles original.

La ficción y la no–ficción son tan sólo diferentes técnicas para contar historias. Debido a razones que no comprendo totalmente, la ficción sale de mi bailando. La no–ficción sale a fuerza, a causa del mundo roto, dolorido, al cual despierto cada mañana.

El tema de gran parte de lo que escribo, tanto ficción como no–ficción, es la relación entre el poder y los que no tienen poder y el eterno conflicto circular en el cual están involucrados. (John Berger, ese maravilloso escritor, una vez escribió): “Nunca más será contada una historia como si fuese la única”. Nunca podrá haber una sola historia. Sólo hay maneras de ver. Así que cuando cuento una historia, no la cuento como una ideóloga que quiera enfrentar una ideología absolutista contra otra, sino como una narradora de historias que quiere compartir su manera de ver. Aunque parezca ser de otra manera, mi escritura no trata sobre naciones e historia, trata sobre el poder. Sobre la paranoia y la crueldad del poder. Sobre la física del poder. Yo creo que la acumulación de un poder inmenso, sin límites, por parte de un Estado o un país, una corporación o una institución –o hasta un individuo, un cónyuge, un amigo o un hermano– sin importar la ideología, lleva a excesos como los que aquí recuento.

Viviendo como yo lo hago, como millones de nosotros lo hacemos, a la sombra del holocausto nuclear constantemente prometido por los gobiernos de la India y Pakistán a su ciudadanía “lavada del cerebro”; viviendo en el barrio global de la Guerra contra el Terror (lo que el presidente Bush, un tanto bíblicamente, llama “La Tarea Que Nunca Termina”), me descubro a mí misma pensando mucho en la relación entre los Ciudadanos y el Estado.

En la India, aquellos de nosotros que hemos expresado puntos de vista sobre las Bombas Nucleares, las Grandes Presas, la Globalización Corporativa y la creciente amenaza del fascismo comunal indio –puntos de vista que difieren con el del gobierno de la India– somos etiquetados como “anti–nacionales”. Si bien esta acusación no me llena de indignación, no es una descripción precisa de lo que hago o de cómo pienso. Un “anti–nacional” es una persona que está en contra de su nación y, por deducción, está a favor de alguna otra. Pero no se necesita ser “anti–nacional” para sospechar profundamente de todo nacionalismo, para ser anti–nacionalismo. El nacionalismo, de uno u otro estilo, fue la causa de la mayor parte del genocidio del siglo veintiuno. Las banderas son pedazos de tela de colores que los gobiernos usan, primero para encoger– las mentes de las personas y después como mortaja para enterrar a los muertos. Cuando personas independientes, pensantes (y aquí no incluyo a los grandes medios de comunicación) comienzan a reunirse bajo banderas, cuando escritores, pintores, músicos, cineastas dejan de tener juicio propio y ciegamente ponen su arte bajo el yugo de la “Nación”, es hora de que todos nosotros nos pongamos en alerta y nos preocupemos. En la India vimos que esto sucedió poco después de las pruebas nucleares de 1998 y durante la Guerra de Kargil contra Pakistán en 1999. En Estados Unidos lo vimos durante la Guerra del Golfo y lo vemos ahora, durante la “Guerra contra el Terror”. Esa ventisca de banderas estadounidenses Hechas-en-China.

Recientemente, aquellos que han criticado las acciones del gobierno estadounidense (incluyéndome a mí) han sido nombrados “anti–estadounidenses”. El Anti–estadounidensismo está en el proceso de ser consagrado como una ideología.

Ser anti–estadunidense

Normalmente, el término “anti–estadounidense” es usado por el establishment estadounidense para desacreditar y, sin falsedad –pero, digamos que sin precisión– definir a sus críticos. Una vez que alguien es etiquetado como anti–estadounidense, lo más probable es que sea juzgado antes de ser escuchado y el argumento se perderá en la confusión del mellado orgullo nacional.

¿Qué significa el término “anti–estadounidense”? ¿Significa que estás en contra del jazz? ¿O que te opones a la libertad de expresión? ¿Que no te deleitas con Toni Morrison o John Updike? ¿Que tienes algo en contra del gigante sequoia? ¿Significa que no admiras a los cientos de miles de ciudadanos estadounidenses que marcharon contra las armas nucleares, o a los miles que se opusieron a la guerra y que orillaron a su gobierno a retirarse de Vietnam?

Sería absurdo pensar que aquellos que critican al gobierno de la India son “anti–indios” –aunque el gobierno nunca duda en seguir esa línea–. Es peligroso cederle al gobierno indio o al gobierno estadounidense o, en ese caso, a cualquiera, el derecho a definir qué es, o debe ser, “India” o “Estados Unidos”.

Llamar a alguien “anti–estadounidense”, de hecho, ser anti–estadounidense (o en ese caso, anti–indio, o anti–timbuktú), no sólo es racista, es una falla de la imaginación. Una inhabilidad de ver el mundo en términos distintos a los que el establishment ha expuesto: Si no eres un Bushie, eres talibán. Si no nos amas, nos odias. Si no eres Bueno, eres Malvado. Si no estás con nosotros, estás con los terroristas.

Todos los días me sorprendo de la cantidad de gente que cree que oponerse a la guerra en Afganistán equivale a apoyar al terrorismo, o votar a favor del Talibán.

El año pasado, cometí el error, como lo hicieron muchos otros, de burlarme de esta retórica post-11 de Septiembre, desdeñándola como tonta y arrogante. Me he dado cuenta de que de ninguna manera es tonta. De hecho, es un astuto plan de reclutamiento para una guerra peligrosa y mal comprendida.

Ahora que la meta inicial de la guerra, –capturar a Osama Bin Laden (muerto o vivo)–, parece haberse topado con mal clima, los postes de la portería se han movido.

La pérdida

Casi tres mil civiles perdieron su vida en aquel letal ataque terrorista. El dolor aún es profundo. La ira aún aguda. Las lágrimas no se han secado. Y una extraña, mortífera guerra se ha desatado alrededor del mundo. Sin embargo, cada persona que ha perdido a un ser amado seguramente sabe, secretamente, en lo más hondo, que ninguna guerra, ningún acto de venganza, ninguna bomba daisy-cutter [corta-margaritas] lanzada sobre los seres amados o de los niños de algún otro, limará el filo de su dolor o les traerá a sus seres queridos de regreso. La guerra no puede vengarse por aquellos que murieron. La guerra es sólo una brutal profanación de su memoria.

Alimentar todavía otra guerra –esta vez contra Irak– a través de manipular cínicamente el dolor de las personas, a través de empaquetarlo en especiales televisivos patrocinados por corporaciones que venden detergente o zapatillas deportivas, es abaratar y devaluar el dolor, vaciarlo de su sentido. Lo que ahora vemos es una vulgar manifestación del negocio del dolor, el comercio del dolor, el saqueo de hasta los más privados sentimientos humanos para un propósito político. Es una cosa violenta, terrible, de un Estado hacia su pueblo.

No es un tema muy inteligente del cual hablar desde una plataforma pública, pero de lo que realmente me gustaría hablar con ustedes es de la Pérdida. La Pérdida y perder. El dolor, el fracaso, lo roto, lo entumecido, la incertidumbre, el miedo, la muerte del sentimiento, la muerte del sueño. La absoluta, despiadada, interminable, habitual injusticia del mundo. ¿Qué significa la pérdida para los individuos? ¿Qué significa para culturas completas, pueblos completos que han aprendido a vivir con ella como una constante compañera?

Ya que estamos hablando del 11 de septiembre, quizá venga al caso que recordemos lo que significa esa fecha, no sólo para aquellos que el año pasado perdieron a seres amados en Estados Unidos, sino también para todos aquellos que, desde hace mucho, esta fecha ha tenido un significado. Este “dragado” histórico no se ofrece como una acusación o como una provocación. Sino tan sólo para compartir el dolor de la historia. Para desvanecer un poco la niebla. Para decirles a los ciudadanos de Estados Unidos, de la manera más suave, más humana: Bienvenidos al mundo.

Los septiembres

Hace 29 años, en Chile, el 11 de septiembre de 1973, el general Pinochet derrocó al gobierno elegido democráticamente de Salvador Allende a través de un golpe de Estado apoyado por la CIA. “

En el régimen de terror que siguió, miles de personas fueron asesinadas. Muchas más simplemente fueron “desaparecidas”. Pelotones de soldados condujeron ejecuciones públicas. En todo el país se abrieron campos de concentración y cámaras de tortura. Se enterraron a los muertos en pozos mineros y tumbas sin nombres. Durante 17 años, el pueblo de Chile vivió atemorizado de que tocaran a la puerta de su casa a medianoche, de las “desapariciones” rutinarias, de las aprehensiones repentinas y la tortura.

En 1999, tras el arresto del general Pinochet en Gran Bretaña, miles de documentos secretos fueron desclasificados por el gobierno estadounidense. Contienen evidencia inequívoca de la involucracion de la CIA en el golpe de Estado, así como del hecho de que el gobierno estadounidense tenía información detallada sobre la situación en Chile durante el reino del general Pinochet. Aún así, Kissinger le aseguró al general que contaba con su apoyo: “En Estados Unidos, como usted sabe, simpatizamos con lo que está tratando de hacer”, dijo; “le deseamos lo mejor a su gobierno”.

Aquellos de nosotros que sólo hemos conocido la vida en una democracia, por más defectuosa que sea, difícilmente podríamos imaginar lo que realmente significa vivir en una dictadura y soportar la pérdida absoluta de la libertad. No sólo se trata de aquellos a los cuales Pinochet asesinó, también se debe tomar en cuenta las vidas que les robó a los que estaban vivos.

Tristemente, Chile no fue el único país en Sudamérica en ser seleccionado para recibir las atenciones del gobierno estadounidense. Guatemala, Costa Rica, Ecuador, Brasil, Perú, República Dominicana, Bolivia, Nicaragua, Honduras, Panamá, El Salvador, México y Colombia: todos han sido el patio de recreo para las operaciones cubiertas –y descubiertas– de la CIA. Cientos de miles de latinoamericanos han sido asesinados, torturados o simplemente han desaparecido bajo los regímenes despóticos. Si esto no era suficiente humillación, los pueblos de Sudamérica han tenido que cargar con la cruz de ser etiquetados como pueblos incapaces de ejercer una democracia –como si los golpes y las masacres fuesen parte de sus genes–.

Las “fallas geológicas”

Esta lista, claro, no incluye a los países en Africa o Asia que sufrieron intervenciones militares –Vietnam, Corea, Indonesia, Laos y Cambodia–. ¿Durante cuántos septiembres, por décadas, han sido bombardeados, quemados, asesinados millones de asiáticos?

El 11 de septiembre también tiene una resonancia trágica en Medio Oriente. El 11 de septiembre de 1922, ignorando la indignación árabe, el gobierno británico proclamó un mandato en Palestina, como consecuencia de la Declaración Balfour de 1917, promulgada por la Gran Bretaña Imperial, con su ejército desplegado a las puerta de la ciudad de Gaza. La Declaración Balfour le prometía a los sionistas europeos un hogar nacional para el pueblo judío. En aquel momento, el Imperio sobre el cual el Sol Nunca Se Ponía era libre de arrebatar y legar los hogares nacionales de la misma manera en que el niño bravucón de la escuela distribuye las canicas.

Qué descuidadamente hizo el poder Imperial la vivisección de las antiguas civilizaciones. Palestina y Cachemira son los regalos, que manan sangre y supuran, de la Gran Bretaña Imperial al mundo moderno. Ambos son las “fallas geológicas” de los imperantes conflictos internacionales de hoy.

En 1937 Winston Churchill dijo de los palestinos: ““No estoy de acuerdo en que un perro en un pesebre tiene el derecho supremo al pesebre, aunque haya estado ahí echado durante mucho tiempo. No admito ese derecho. No admito, por ejemplo, que se le haya hecho un gran mal a los pieles rojas o a los negros en Australia. No admito que se haya hecho algún mal a estas personas por el hecho de que una raza más fuerte, una raza de más alto rango, una raza de más mundo, por ponerlo de alguna manera, haya entrado y haya tomado su lugar””. Eso marcó la pauta de la actitud del Estado israelí hacia los palestinos.

En 1947 la ONU oficialmente partió Palestina y asignó el 55% de la tierra palestina a los sionistas. En el lapso de un año habían capturado 78%. El 14 de mayo de 1948 se declaró el Estado de Israel. Minutos después de la declaración, Estados Unidos reconoció a Israel. Cisjordania fue anexado a Jordania. La franja de Gaza quedó bajo control militar egipcio. Oficialmente, Palestina dejaba de existir, excepto dentro de las mentes y corazones de cientos de miles de palestinos que se convirtieron en refugiados. En 1967, Israel ocupó Cisjordania y la Franja de Gaza.

A lo largo de décadas ha habido sublevaciones, guerras, entifadas. Se han perdido decenas de miles de vidas. Se han firmado acuerdos y tratados. Se han declarado y violado todo alto el fuego. Pero el derrame de sangre no termina. Palestina aún permanece ilegalmente ocupada. Su gente vive en condiciones infrahumanas, en virtuales bantustanes, donde son sometidos a castigos colectivos, toques de queda de 24 horas, donde son humillados y brutalizados a diario. No saben cuándo va a ser demolida su casa, cuándo van a disparar contra sus niños, cuándo cortarán sus preciosos árboles, cuándo cerrarán sus calles, cuándo les permitirán ir al mercado a comprar comida y medicamentos. Y cuándo no. Viven sin el menor rastro de dignidad. Con poca esperanza a la vista. No tienen control sobre sus tierras, su seguridad, su movimiento, su comunicación, su abastecimiento de agua. Así que cuando se firman acuerdos y se difunden palabras como “autonomía” e incluso “Estado”, siempre vale la pena preguntar: ¿Qué tipo de autonomía? ¿Qué tipo de Estado? ¿Qué tipo de derechos tendrán sus ciudadanos?

Los jóvenes palestinos que no pueden contener su enojo se transforman a sí mismos en bombas humanas y atormentan las calles y lugares públicos de Israel, haciendes explosionar, matando a gente común y corriente, inyectándole terror a la vida cotidiana, y eventualmente endureciendo el odio mutuo y la sospecha entre ambas sociedades. Cada bombardeo invita a despiadadas revanchas y a más sufrimiento para los palestinos. Pero una bomba suicida es un acto de desesperación individual, no una táctica revolucionaria. A pesar de que los ataques palestinos atemorizan a los civiles israelíes, proveen de la cubierta perfecta para las incursiones diarias del gobierno israelí en territorio palestino, la excusa perfecta para un colonialismo del siglo diecinueve, fuera de moda, arreglado para aparecer como una “guerra” a la moda, del siglo veintiuno.

El sufrimiento, ¿mecha de la crueldad?

El aliado político y militar más fiel de Israel es, y siempre ha sido, el gobierno estadounidense. El gobierno estadounidense ha bloqueado, junto con Israel, casi todas las resoluciones de la ONU que buscaban una solución pacífica, equitativa, al conflicto. Ha apoyado casi todas las guerras que Israel ha luchado. Cuando Israel ataca a los palestinos, misiles estadounidenses son los que perforan sus hogares. Y cada año Israel recibe varios miles de millones de dólares de Estados Unidos. Dinero de los contribuyentes.

¿Qué lecciones debemos extraer de este trágico conflicto? ¿Es realmente imposible que el pueblo judío que sufrió tan cruelmente, –más cruelmente, quizá, que ningún otro pueblo en la historia,– comprenda la vulnerabilidad y la añoranza de aquellos a los que ellos desplazaron? ¿El extremo sufrimiento también enciende la crueldad? ¿Qué esperanza le deja a la humanidad? ¿Qué sucederá con el pueblo palestino si obtiene la victoria? Cuando una nación sin Estado eventualmente proclama un Estado, ¿qué tipo de Estado será? ¿Qué horrores se perpetrarán bajo su bandera? ¿Deberíamos estar luchando por un Estado separado o por el derecho a una vida con libertad y dignidad para todos, sin importar origen étnico o religión?

El mundo está llamado a condenar los atques suicidas. Pero, ¿podemos ignorar el largo camino que anduvieron antes de llegar a este destino? Del 11 de septiembre de 1922 al 11 de septiembre de 2002 –80 años es un largo, largo tiempo para estar librando una guerra–. ¿Hay algún consejo que el mundo le pueda dar al pueblo de Palestina?

El pecado de Saddam

En otro lugar del Medio Oriente, el 11 de septiembre trae a la memoria algo más reciente. Fue el 11 de septiembre de 1990 cuando George Bush Padre, entonces presidente de Estados Unidos, dio un discurso en una sesión conjunta del Congreso anunciando la decisión de su gobierno de emprender la guerra contra Irak.

El gobierno estadounidense dice que Saddam Hussein es un criminal de guerra, un cruel militar déspota que ha cometido genocidio contra su propio pueblo. Esa es una descripción bastante acertada del hombre. En 1988 arrasó con cientos de pueblos al norte de Irak y usó armas químicas y ametralladoras para matar a miles de kurdos. Hoy sabemos que ese mismo año el gobierno estadounidense le otorgó 500 millones de dólares en subsidios para comprar productos agrícolas estadounidenses. El siguiente año, tras haber completado con éxito su campaña genocida, el gobierno estadounidense duplicó el subsidio a mil millones de dólares. También le dio una semilla madre de alta calidad para ántrax, así como helicópteros y material de uso dual que podría ser usado para manufacturar armas químicas y biológicas.

Así que resulta que mientras Saddam Hussein llevaba a cabo sus peores atrocidades, los gobiernos estadounidense y británico eran sus aliados más cercanos.

¿Qué cambió? En agosto de 1990, Saddam Hussein invadió Kuwait. Su pecado no fue tanto que cometiera un acto de guerra, sino que actuó con independencia, sin recibir órdenes de sus amos. Esta demostración de independencia fue suficiente para desequilibrar la ecuación de poder en el Golfo. Así que se llegó a la decisión de que Saddam Hussein debía ser exterminado, como a un perro que ha durado más que el afecto de su dueño.

El primer ataque aliado sobre Irak tuvo lugar en enero de 1991. El mundo miró la guerra en horario estelar mientras era jugada por televisión. (En la India, en aquellos días, tenías que ir al lobby de un hotel de cinco estrellas para ver CNN.) Decenas de miles de personas fueron asesinadas en un mes de bombardeo devastador. Lo que muchos no saben es que la guerra no terminó ahí. La furia inicial se fue diluyendo hasta convertirse en el más largo ataque aéreo perpetrado contra un país desde la Guerra de Vietnam. Durante la pasada década, las fuerzas estadounidenses y británicas dispararon miles de misiles y bombas sobre Irak.

No hay confusión respecto a la extensión y alcance del arsenal de armas nucleares y químicas de Estados Unidos. ¿Estados Unidos daría la bienvenida a inspectores de armas? ¿Lo haría el Reino Unido? ¿O Israel?

Estados Unidos tiene el arsenal más grande de armas nucleares del mundo. Es el único país en el mundo que las ha utilizado contra la población civil. Si se justifica que Estados Unidos lance un ataque preventivo contra Irak, entonces, se justifica que cualquier poder nuclear lleve a cabo un ataque preventivo contra cualquier otro. La India podría atacar Pakistán, o viceversa. Si al gobierno estadounidense le provoca una aversión el primer ministro de la India, ¿puede simplemente “quitarlo” a través de un ataque preventivo?

Hace poco Estados Unidos jugó un papel importante el forzar paz entre India y Pakistán que estaban al borde de la guerra. ¿Es tan difícil que siga sus propios consejos? ¿Quién es culpable de la irresponsable moralización? ¿De sermonear por la paz mientras hace la guerra? Estados Unidos, que George Bush ha llamado “la nación más pacífica sobre la Tierra”, ha estado en guerra contra uno u otro país en cada uno de los 50 años pasados.

El puño oculto

Las guerras nunca se han luchado por razones altruistas. Normalmente se luchan por hegemonía, por negocios. Y, claro, también está el negocio de la guerra. Para la política exterior estadounidense es fundamental proteger su control sobre el petróleo del mundo. Las recientes intervenciones militares del gobierno estadounidense en los Balcanes y Asia Central tienen que ver con el petróleo. Se dice que Hamid Karzai, el presidente marioneta de Afganistán, impuesto por Estados Unidos, es ex empleado de Unocal, una compañía petrolera con base en Estados Unidos. La paranoide vigilancia del gobierno estadounidense en el Medio Oriente se debe a que esta región tiene dos tercios de las reservas petroleras del mundo. El petróleo mantiene los motores de Estados Unidos ronroneando dulcemente. El petróleo mantiene el Libre Mercado andando. Quien controle el petróleo del mundo controla el mercado mundial. Y, ¿cómo controlas el petróleo?

Nadie lo explica de manera más elegante que el columnista de The New York Times Thomas Friedman. En un artículo llamado “”La locura paga”” dice que “Estados Unidos le tiene que dejar claro a Irak y a los aliados de Estados Unidos que … Estados Unidos usará la fuerza sin negociación, titubeo o la aprobación de la ONU”. Su consejo fue escuchado. En las guerras contra Irak y Afganistán, así como en la prácticamente diaria humillación del gobierno estadounidense a la ONU. En su libro sobre globalización, “The lexus and the olive tree”, Friedman dice: ““La mano oculta del mercado nunca funcionará sin un puño oculto. McDonald’s no puede florecer sin McDonnell Douglas… Y el puño oculto que mantiene al mundo seguro para que las tecnologías de Silicon Valley florezcan se llama el ejército estadunidense, la Fuerza Aérea, la Marina, y los Marines””. Quizá esto fue escrito en un momento de vulnerabilidad, pero ciertamente es la más sucinta, precisa descripción del proyecto de Globalización Corporativa que jamás he leído.

Tras el 11 de septiembre de 2001 y la Guerra contra el Terror, la mano y el puño ocultos han quedado al descubierto –y ahora tenemos una clara visión del otro arma de Estados Unidos, –el Libre Mercado,– acechando sobre el Mundo en Desarrollo, con una apretada sonrisa que no sonríe. La Tarea que Nunca Termina es la guerra perfecta de Estados Unidos, el vehículo perfecto para la expansión sin fin del Imperialismo estadounidense.

Imagina que no hay países…

En los pasados 10 años de desbocada Globalización Empresarial, el ingreso total del mundo se ha incrementado en un 2,5% anual. Y sin embargo el número de pobres en el mundo se ha incrementado en 100 millones. De las 100 economías más grandes, 51 son empresas, no países. El 1% del mundo tiene el mismo ingreso combinado que el 57% más bajo y la disparidad va en aumento. Ahora, bajo la bóveda en expansión de la Guerra Contra el Terror, este proceso es empujado hacia adelante. Los hombres de traje tienen una prisa desmedida. Mientras nos llueven bombas, y los misiles navegan por los cielos, mientras las armas nucleares se apilan para hacer del mundo un lugar más seguro, se firman contratos, se registran patentes, se construyen oleoductos, se saquean los recursos naturales, se privatiza el agua y se socavan las democracias.

En un país como la India, el “ajuste estructural” del proyecto de la Globalización Corporativa está destrozando las vidas de las personas. Los proyectos de “desarrollo”, la privatización masiva, y las “reformas” laborales están empujando a la gente fuera de sus tierras y de sus trabajos, resultando en una especie de bárbaro despojo que tiene pocos paralelos en la historia. En todo el mundo, mientras el “Mercado Libre” descaradamente protege los mercados occidentales y fuerza a los países en desarrollo a eliminar sus barreras comerciales, los pobres se vuelven más pobres y los ricos más ricos. El descontento civil ha comenzado a hacer erupción en la aldea global. En países como Argentina, Brasil, México, Bolivia, la India, los movimientos de resistencia contra la Globalización Corporativa crecen. Para contenerlos, los gobiernos aprietan su control. Los manifestantes son etiquetados como “terroristas” y luego son tratados como tales. Pero el descontento civil no sólo significa marchas y manifestaciones y protestas contra la globalización. Desafortunadamente también significa una desesperada espiral descendiente, hacia el crimen y el caos y todo tipo de desesperación y desilusión que, como sabemos por la historia (y por lo que vemos desatándose ante nuestros ojos), gradualmente se torna en un campo fértil para cosas terribles: –nacionalismo cultural, fanatismo religioso, fascismo, y claro, terrorismo–.

Todos estos van de la mano con la Globalización Corporativa.

Hay una idea que está ganando crédito: el Libre Mercado rompe las barreras nacionales, y el destino final de la Globalización Corporativa es un paraíso hippie donde el corazón es el único pasaporte y todos vivimos felices juntos, dentro de la canción de John Lennon (Imagina que no hay países…) Esto es una patraña.

Lo que el Libre Mercado socava no es la soberanía nacional, sino la democracia. Conforme crece la disparidad entre los ricos y los pobres, el puño oculto tiene su trabajo trazado. Las multinacionales, –al acecho de “buenos negocios ” que les den enormes ganancias–, no pueden llevar a buen término los negocios y administrar esos proyectos en países en desarrollo sin la activa connivencia de la maquinaria estatal: –la policía, los tribunales de justicia, a veces incluso el ejército–. Hoy, la globalización Corporativa requiere una confederación internacional de gobiernos leales, corruptos, preferentemente autoritarios en países más pobres, para que empujen las reformas impopulares y sofoquen los motines. Necesita de una prensa que finja ser libre. Necesita tribunales de justicia que finjan repartir justicia. Necesita bombas nucleares, ejércitos, leyes más estrictas de inmigración, y vigilantes patrullas costeras para asegurarse de que sólo el dinero, los bienes, las patentes y los servicios se globalicen –no el libre movimiento de las personas, no el respeto a los derechos humanos, no los tratados internacionales sobre discriminación racial o armas químicas y nucleares, o emisiones de gases de efecto invernadero, o cambio climático, o ni lo mande dios, la justicia–. Es como si un solo gesto hacia una rendición de cuentas internacional pudiera echar a perder todo el negocio.

Cerca de un año después de que oficialmente se diera el banderazo de salida a la Guerra Contra el Terror en las ruinas de Afganistán, en un país tras otro, las libertades son reducidas en nombre de la protección a la libertad; las libertades civiles son suspendidas en nombre de la protección a la democracia. Todo tipo de disensión es definido como “terrorismo”. Se están aprobando toda clase de leyes para lidiar con ella. Parece que Osama Bin Laden desapareció. Se dice que el muhla Omar escapó en una motocicleta. (Podrían haber mandado a Tin–Tin tras él). Puede ser que el Talibán haya desaparecido, pero su espíritu y su sistema de justicia sumaria está emergiendo en los lugares menos esperados. En la India, en Pakistán, en Nigeria, en Estados Unidos, en todas las Repúblicas Centroasiáticas encabezadas por todo tipo de déspotas, y claro, en Afganistán bajo la Alianza del Norte apoyada por Estados Unidos.

El momento ha llegado

Mientras tanto, en el centro comercial hay una oferta de mitad de temporada. Todo está en saldo: –océanos, ríos, petróleo, bancos genéticos, avispas polinizadoras de higos, flores, infancia, fábricas de aluminio, compañías telefónicas, sabiduría, lo silvestre, derechos civiles, ecosistemas, aire–… toda la evolución de 4.600 millones de años. Está empaquetado, sellado, etiquetado, con precio y listo en el estante. No se aceptan devoluciones. En cuanto a la justicia, me dicen que también está de oferta. Puedes obtener la mejor que el dinero puede comprar.

Donald Rumsfeld dijo que su misión en la Guerra Contra el Terror era convencer al mundo de que se debe permitir a los estadounidenses continuar con su estilo de vida. Cuando el enloquecido rey golpea el suelo, los esclavos tiemblan en sus barracones. Así que hoy, aquí delante de todos, me es difícil decir esto, pero el “Estilo de Vida Estadounidense” (The American Way of Life) simplemente no se puede sostener. Porque no reconoce que haya un mundo más allá de Estados Unidos.

Afortunadamente, el poder tiene fecha de caducidad. Cuando llegue el momento, quizá este poderoso imperio, como muchos otros antes de él, se rebasará a sí mismo y hará implosión desde sus entrañas. Parece que ya comenzaron a aparecer grietas estructurales. Conforme la Guerra Contra el Terror expande su red más y más lejos, el corazón corporativo de Estados Unidos sangra más y más. A pesar de toda la vacía habladuría sin fin sobre la democracia, hoy el mundo esta gobernado por tres de las instituciones más sigilosas del mundo: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio; estas tres, a su vez, están dominadas por Estados Unidos. Sus decisiones se toman en secreto. Las personas que las encabezan son designadas a puerta cerrada. Nadie sabe realmente nada sobre ellos, sus políticas, sus creencias, sus intenciones. Nadie los eligió. Nadie dijo que podían tomar decisiones por nosotros. Un mundo gobernado por un puñado de banqueros y directores ejecutivos empresariales egoístas que nadie eligió seguramente no puede durar.

El comunismo estilo soviético fracasó, no porque fuese intrínsecamente malvado, sino porque tenía errores. Permitía que demasiados pocos usurparan demasiado poder. El capitalismo de mercado del siglo veintiuno, estilo estadounidense, fallará debido a las mismas razones. Ambos son construcciones de la inteligencia humana, deshechos por la naturaleza humana.

El momento ha llegado, dijo la Morsa. Quizá las cosas empeoren y luego mejoren.

NB. El texto del clip acaba aqui. El discurso en realidad sigue con un par mas de frases que considero interesante recoger a continuación:

Quizá haya una pequeña diosa allá arriba, en el cielo, alistándose para nosotros. Otro mundo no sólo es posible, ya está en camino. Quizá muchos de nosotros no estemos aquí para darle la bienvenida, pero en un día tranquilo, si escucho con atención, la oigo respirar.