El gran discurso antisistema

Julio Anguita, en 1999. Pero, atención, podría haberlo hecho hoy mismo…

 

Buenas noches,

Hubo un hombre llamado Galileo Galilei dedicado al estudio, a horas encerrado, viendo astros, sacando las conclusiones de su observación, que descubrió que la tierra no estaba en el centro del universo, que se movía, y por tanto era el Sol el que ocupaba el centro y en torno al cual los planetas, y entre ellos la Tierra, giraban.

Aquel descubrimiento se enfretó a la verdad institucionalizada. El Vaticano, la Iglesia, las creencias populares del momento, y la insistencia en el mantenimiento de lo que había descubierto le costó ir a juicio. Y, frente al acusado, ¿cómo podía él pensar que se había equivocado Aristoteles? ¿Cómo podía pensar él que las sagradas escrituras mentían? ¿Cómo podía atreverse él, un ingenuo sabio, a pensar que había descubierto algo que fuese en contra de lo que el magisterio de la Santa Madre Iglesia venía diciendo hacía siglos?

Y, sobre todo, ¿es que acaso el pueblo no aclamaba contra aquel que se atrevía a poner en duda la centralidad del planeta tierra? Las presiones son tremendas. Tiene casi que abjurar. Pero en un momento, en la rebeldía última, y musitando casi con una sonrisa, a lo Saramago, suave pero firme, dice en el italiano natal “Eppur si muove”, y sin embargo se mueve. Porque los cálculos matemáticos, porque las observaciones porque el ejercicio de la razón, porque lo que sus ojos estaban viendo noche tras noche, le estaban demostrando que era la Tierra la que se movía.

Pues bien, estamos hoy en la España de 1999, en la Europa de 1999, y en el mundo, en un momento en el que, en otras ocasiones de la historia, las sociedades han tenido que escoger un camino u otro: o seguir en la resignación, o plantar cara, la rebeldía que acaba de decir Manolo Cañada. La resignación es un producto que, como cualquier droga, duerme a la gente. Duerme su conciencia. La resignación es como la morfina, la cocaína o la heroína. La resignación es producto de muchas causas: yo voy a enumerar unas cuantas.

La resignación es hija de ese discurso totalizador, cual si fuese una nueva religión: no hay más verdad que la competitividad. No hay más santos ni más poderes que los mercados. La economía tiene que crecer constantemente: no importa que se contaminen las aguas, que se contaminen los rios, los mares, o los aires. Competitividad, crecimiento sostenido, y los mercados: eso es lo único que importa. Su poder no puede ser contestado, y además, nos demuestra la existencia de las propias sociedades que esto es lo que produce bienestar.

Y no importa que las personas de la calle vean que ese bienestar no le ha llegado al hijo o a la hija que tiene que ir a la empresa de trabajo temporal, que le cobra el 40% de la nómina por colocarlo en una empresa. No importa que la persona que todavía tiene una pensión que no llega al salario mínimo interprofesional, y está casi a la mitad, 69000 y pico de pesetas, la mitad de eso, a veces no llega. No importa el paro de aquel que entró en los 45 años. No importa que la mujer, madre y esposa, pero que además tiene que trabajar, no cobra lo mismo, igual que el hombre, haciendo la misma tarea, violando artículos enteros de la carta fundacional de las Naciones Unidas, y la declaración universal de derechos humanos, y texto de la constitución española. No importa, porque le están diciendo que no hay más bien que la competitividad, lo bien que vivimos, lo bien que vamos, los datos, las cifras…

No importa que la gente vea, o quiera ver, en su entorno y en su alrededor hechos que están contradiciendo ese mensaje. Porque para que no se vea, o para que sea menos hiriente, hay sucedáneos. Ahí tenéis la televisión: fútbol, mucho fútbol. Más fútbol que en épocas anteriores de la historia de España.

Ahí tenéis concursos degradantes, que no alimentan la razón, el estudio, el análisis. Ahí tenéis la vida de los personajes populares, que se diseccionan y se abren para que atisbemos como si fuéramos aves carroñeras, y olvidando el entorno que tenemos, entremos en lo que ocurre en sus alcobas. Ahí está toda una literatura de evasión, para que la gente no vea. No vea, y por tanto confunda su existencia real con la existencia que le ponen en las pantallas, o en los informativos. Para que ocurra como aquello que tantas veces digo de la viejecita que a finales del siglo XIX estaba vendiendo cerillas en la puerta de la ópera de Madrid, en un mes de Enero, a las dos de la madrugada, atenida de frio, y envuelta en una toquilla, vendiendo cerillas para poder subsistir, y cuando entraban hombres y mujeres envueltos en armiños, en capas con lujo y con joya, decía “Que bien vivimos en Madrid”. Un caso de alienación, un caso de suplantación, un caso de drogadicción.

La imagen, lo bien que vivimos, las historias de alcoba, las revistas del corazón, las frivolidades que hacen olvidar lo que ocurre diariamente, o si se ve, se eleva a otra categoría, como si no fuese lo real.

Resignación además, porque el discurso oficial, que baja desde muchos sitios: baja desde los poderes públicos, baja desde las sentencias de los tribunales, desde las cátedras, desde las clases de EGB donde los maestros de escuela va inyectando ya unas determinadas ideas. Baja desde la televisión y de los medios de comunicación, el discurso de que no hay otra salida: esto es lo único posible, y si no, fijaros: estamos mal, pero peor estaban en el Muro de Berlín. Y cuando ya se acude a hablar del Muro de Berlín es porque ya no se tienen razones, y hay que decir “mira que mal fueron aquellos”, porque es la única justificación.

Resignación porque los pueblos, cuando tienen problemas, no son rebeldes. El que tiene que comer todos los días, no puede permitirse el lujo de perder, por un acto de rebeldia, un puesto de trabajo. La rebeldía siempre ha surgido de aquellos que comían todos los días. De aquí la gran culpabilidad de muchos intelectuales españoles, que comiendo todos los días, bien del pesebre, bien de su trabajo, no han sido capaces de decir “Basta” a esta situación de degradación.

De ahí una resignación que nace de la evidencia diaria. Del paro, que es cierto. De ese paro que dicen que se reduce porque la estadística dice que cuando una persona trabaja dos horas a la semana, ya no está parado. Una disminución estadística, de los empleos a tiempo parcial, de las horas extraordinarias que se imponen, pero no se cobran, de la angustia si mañana poder trabajar: eso es resignación.

Resignación que cae sobre un pueblo que se da cuenta, además, o no se da cuenta porque no le gusta o no quiere verlo, o no dejan verlo, que estamos yendo hacia atrás, que estamos llegando a cotas propias del siglo XIX, que aquella seguridad social para todos, que el tema del subsidio de desempleo va bajando continuamente, en contra de la declaración universal de los derechos humanos o de la propia constitución.

Resignación que surge de la culpabilidad del propio parado. Uno de los éxitos entre comillas del sistema americano es conseguir que el pobre, el miserable, se sienta culpable de su situación. Es la filosofía calvinista, hija del protestantismo. Tú eres culpable de tu situación. No has sido capaz de triunfar, esa es la filosofía de las sociedad americana. Y si no has triunfado es porque tú eres el responsable: esta sociedad
da oportunidades a todo el mundo, si tu no has podido hacerlo así, tú eres el culpable, y entonces el oprimido, el pobrecito, el esclavo, se echa él la responsabilidad de su situación. Es perfecto el dominio del poder. Un dominio del poder que ya no se basa en la fuerza, en la coacción, en la utilización de la guardia civil o del ejercito: se basa en un dominio mucho más terrible, más duro: el dominio de la mente. Ese opio que cae desde los aparatos de televisión, ese opio que cae desde las sentencias de los tribunales, desde los discursos políticos que va empapando la mentalidad de la gente, y va diciendo “calla, calla, calla, porque si no callas puede ser peor”.

Esa es la resignación que se produce como consecuencia de sentirse ese parado que él es el autor de su situación, y por tanto aquel compañero que ha sido acusado de que cobró una vez, indebidamente, el seguro de desempleo, ah, miserable, tú eres el culpable. No importa que los ladrones de alto copete sean exhibidos como figuras brillantes a enseñarle a los hijos como ejemplo a seguir, pero el miserable que ha estafado solamente un mes del seguro de desempleo es el culpable de todo lo que está ocurriendo.

Eso es resignación. Resignación que surge de los medios de comunicación, y no se me enfaden las cámaras, no va con vosotros, pero va contra los que tienen el poder en vuestras empresas. Va con aquellos que optan por decirle al pueblo una parte de la verdad. Resignación que consiste en dar un credo único, decir todos amen a la competitividad, a la moneda única, estamos mejor que nunca, amén, amén, amén. Es el coro como una letanía que va uniformando el pensamiento, que va haciendo seres totalmente iguales, como describía lo que podía ser el futuro Orwell en 1984.

Esa resignación por tanto es hija de una economía, de un sistema político, que confunde muchas cosas. Una información que está haciendo surgir en nuestros universitarios, en nuestros institutos, en nuestras academias, en las escuelas básicas la cultura del si o no, propia del ordenador. La vida está llena de colores, de tonos, y por lo tanto el lenguaje es lenguaje más vivo cuanto más cosas hay que ser descritas. Si o no, blanco o negro, derechas o izquierdas. Conteste usted como el ordenador: afirmativo, negativo, afirmativo, negativo.

Se busca ya, no al ser humano pensante, capaz de la reflexión, de la duda, de la inquietud: se buscan esclavos sin pensamiento. Y por eso no se quiere la historia. Y por eso se desdeña la memoria. Porque los seres humanos somos hijos de la memoria. Yo soy lo que soy porque viví con mis padres, mi recuerdos, mi historia, mis vivencias. Yo soy la actualización de todo un pasado que está vivo. Si me quitan la memoria soy un zombi, un muerto viviente. Y queremos pueblos de muertos vivientes,
que se estimulen por el último partido del Barça-Madrid, que se estimulen por la última historia de tal o cual conde, o de tal o cual señora, que digan en los corrillos, incluso en los parlamentos, y en los lugares donde habría de debatirse de los problemas, se cuenten chistes de la vida privada, para olvidar la tremenda realidad. Escapismo, droga: igual que la heroína, igual que la cocaína. Droga, escapismo. Sedar el pensamiento, aniquilar el espíritu crítico. Y por tanto fomentar la resignación.

Y frivolidad, mucha frivolidad. Y por tanto la política entendida como compraventa de votos, no importa. ¿Qué es lo que quiere el pueblo? Al pueblo al cual convenientemente se le va a decir lo que quiere, a través de determinados medios. ¿Más fútbol? Pues más fútbol. Pero es que yo pienso que no: es que tú tienes que decir lo que le gusta al pueblo. Al cual yo mediante medios de comunicación, finísimo, le voy diciendo que es lo que le convierte, pero yo represento un proyecto, yo quiero explicar un proyecto, yo quiero dirigirme a mi pueblo, del cual formo parte, para decirle el punto de vista de nuestra organización: no, no, no, lo que conviene es que ganes votos. Eso no está bien dicho. Tienes que ser respetable, tienes que hablar y decir lo políticamente correcto, el buen tono. Como el chico de la burguesía del siglo XIX: niño, eso no se hace, eso no se dice, tú lo haces bajo cuerda, porque todo debe permanecer como si aquí no ocurriera nada.

Es decir, la cultura de la hipocresía, ¡crear una sociedad hipócrita! Que miente a sabiendas Que sabe que está diciendo algo que nadie cree, pero lo importante no es decirlo: lo importante es que hay que hacerlo pero que no se diga.

Y ese cáncer va avanzando degradando, corrompiendo y aniquilando las fuerzas para combatir.

Y ese es un camino, sin duda, dulce. Es la muerte lenta, como se consume un brasero. Como van muriendo aquellos que beben la cicuta, muerte que le dieron al gran Sócrates: se va durmiendo lentamente todo el organismo, y muere uno con una sonrisa en los labios, ¡pero muere!

Y el otro camino es lo que ha dicho Manolo: rebeldía. Pero la rebeldía no es un gesto altisonante. No es un grito, no es un insulto. No es una pedrada, no es una mala contestación: es mucho más profundo. La rebeldía es un grito de la inteligencia y la voluntad que dice, y lo voy a decir en román paladino: ¡No me da la gana de decirle que si a esta actual situación! ¿Por qué? ¡¡Porque no quiero!! Y me niego a decirle que si, porque entiendo que pueda haber otra situación, y por tanto no asumo esta podredumbre, y no participo de ella, y lucho contra ella.

Y esta actitud es una actitud intelectual. Y cuando digo intelectual no quiero hablar de universitarios: de la mente de cualquier ser humano. Es un posicionamiento que nace de la mente y del corazón, del fuego de querer cambiar. Esta es la rebeldía fundamental: lo otro son voces, son chillidos, son insultos, son graznidos: dale caña al circo romano. No, no, la rebeldía no es ni más ni menos que el posicionamiento con otros valores y la decisión de hacerles frente.

Rebeldía para decir que no aceptamos que la competitividad y el mercado sean los que rijan los destinos de las sociedades, que entendemos que hay una declaración universal de derechos humanos que tiene que cumplirse. Y que eso significa sociedad de pleno empleo, donde el hombre y la mujer sean exactamente iguales, donde no haya marginados, y que costará mucho tiempo y mucho sacrificio, pero es hermoso luchar, incluso morir por eso. Porque morir tenemos que morir: muramos por lo menos luchando por un ideal noble, y no consumiéndonos como un brasero.

Y significa, esa rebeldía fundacional en cuanto a entidad humana, significa defender con esa suave ironía, con esa tranquilidad que el maestro Saramago hace, porque es una gloria verlo contestar a los periodistas con esa suave ironía, con esa tremenda dureza de fondo pero flexibilidad en el lenguaje, significa defender que hay valores que deben ser mantenidos: el hermoso valor de la igualdad. Como decía uno: la sangre es roja, y todos la tenemos roja; no hay sangre azul. Y además, como decía otro, todos los corazones, salvo alguna excepción, están en la izquierda.

Por lo tanto esa igualdad, igualdad que hace que los seres humanos nazcan de la misma manera. Una igualdad esencial, no igualitarismo, y por tanto dignidad de la persona por ser lo que es: Persona.

Y junto a la igualdad, la libertad. Pero hablar de libertad es algo muy grande. Porque libertad es asumir que se tiene la conciencia libre, que no es lo mismo que libertad de conciencia. La conciencia libre significa que yo puedo decidir si yo tengo todos los elementos para formular mi decisión. Estoy bien informado, estoy bien formado, me alimento todos los días, tengo un techo donde guarecerme, tengo una ropa que ponerme, y una vez que tengo todas mis necesidades más elementales satisfechas, yo puedo empezar a pensar para ser un hombre libre. Porque si yo tengo que trampear el trabajo, trampeando como sea, poniéndome en la cola del paro, vendiéndome por cuatro perras porque tengo que comer, los mios y yo, yo no soy un hombre libre, aunque mañana me permitan votar en las urnas: yo voy movido por mi hambre, por mi necesidad de tener que venderme en cada momento para el trabajo.

Y junto a la libertad, en sentido esplendido de la palabra, la justicia. Y no hablo de tribunales de justicia: hablo de eso tan sencillo de dar a cada uno lo suyo. Que impere el derecho, que no haya distinciones, que todo el mundo sea medido por igual rasero, por el rasero de la Ley. La justicia que consista además en que se conforma una sociedad: la ley es la que puede hacer posible que conviva la gente en sociedad, mientras que la ley sea justa y se aplique con justicia a todos igual.

Solidaridad: es un mensaje que nos puede hermanar a todos. A todos aquellos que hablaban del internacionalismo proletario, que sigue estando vigente. A aquellos que hablan de la hermandad de los seres humanos y porque hacen referencia a sus creencias basadas en la teología de liberación. A otros que hablan desde otros supuestos de liberación humana, a otras propuestas de liberación, de acuerdo: solidaridad, que consiste en afirmar, tranquila y serenamente, que no merece la pena luchar por banderas, que la única bandera es la bandera del planeta Tierra, y la humanidad es una sola raza, una sola y única raza, y que merece la pena luchar por ella.

(…)

Y esto es importante: informado, no porque se le den muchas noticias. Hay diferencia entre la noticia y la información. La noticia es una mercancía que se da para que se consuma; la información es un dato que se da para que la gente piense y a partir de ahí extraiga sus consecuencias. Y desde la izquierda hablar de austeridad. A mi particularmente me gusta esta palabra.

Hablar de austeridad fue la palabra que vertebró un discurso de Enrico Berlinguer, aquel secretario general del partido comunista italiano que murió en la tribuna, hablando precisamente de austeridad. La austeridad en el sentido romano, mediterráneo. Austeridad no es miseria: austeridad significa vivir dignamente, normalmente. No malgastar los recursos naturales. Poseer uno cosas y no que las cosas lo posean a uno. No ir constantemente atentando contra la naturaleza en un consumismo feroz. Austeridad significa tiempo libre para discutir y dialogar con los demás, para jugar, para hacer posible el amor entre seres que se conocen, para convivir en la calle, en la plaza, en el ágora griega. Austeridad que significa que la mejor manera de vivir es tener relaciones con otro en el plano de igualdad sintiéndose hombres y mujeres libres en una sociedad democrática. Austeridad que hace que nos miren a todos como seres humanos y no por nuestra capacidad de consumo: yo me niego como ser humano a que digan que soy un español que consume tantas salchichas o tantos coches al año: eso no es austeridad, eso es medir al ser humano por otro talante.

Austeridad, que significa, con otra palabra, sobriedad: hablar de cosas concretas, hablar de cosas que son importantes, incluso cuando se utiliza el lenguaje para crear belleza, para hacer pensar como nuestro premio Nobel. Se utiliza el lenguaje desde la sobriedad, porque las palabras, cayendo en cascada, uniéndose, recreándose constantemente, hacen pensar, hacen conseguir nuevas ideas: humanizan. Esa es la austeridad y esa es la sobriedad. Y a partir de ahí es cuando comienza el discurso y la propuesta: la sociedad de pleno empleo, el desarrollo sostenible, el reparto del trabajo, es decir, el recurso rojo, verde, violeta, el recurso de la paz. Paz.

Y la paz no es la ausencia de guerra, la paz es por ejemplo que el día nueve estemos llenando Rota, porque quieren transformar la base militar en una superbase, violando el punto tercero de lo que acordó el pueblo español en referéndum en 1986. La paz significa que mañana 1200 hombres y aviones españoles, que cuestan un dinero, no puedan entrar en la antigua Yugoslavia, porque no han sido consultadas las cortes generales, y porque se ha violado nuevamente el artículo 62 de la constitución.

Significa, por tanto, hablar de paz, paz como justicia, como entendimiento entre seres iguales, que son capaces de razonar. Y bien: los mecanismos son los de siempre, la movilización. ¿Qué es movilizar?

Desde la izquierda, siempre, movilizar no ha sido solo llenar las calles de gente, que también: movilizar ha sido concienciar. Nosotros existimos, los que queremos pensar por nuestra cuenta, para perturbar a los demás. Si hay aquí algún creyente, me dirijo a él o a ella para recordarle la frase que hoy explicaba yo en la universidad cuando una persona, un compañero que era representante, al parecer, de la teología de la liberación, me preguntaba, y le recordaba yo un pasaje del evangelio: de mi época pasada soy conocedor. Y decía: mirad, una de las cosas que figura en el evangelio es cuando le preguntan a Jesús de Galilea: “¿Tú que has venido aquí, a traer la paz?” y decía: “Yo no, he venido aquí a traer la guerra”. ¿Y qué quería decir? He venido a concienciar, a perturbar.

Nosotros no queremos gente dormida, drogada. Queremos gente que inquieta. Venimos a perturbar, a agitar cerebros, a mover conciencias, existimos en la medida en que movilicemos el pensamiento. Como decía en aquella iglesia, en aquel bar, en Naranjo de Córdoba: Levántate y Piensa, es lo más revolucionario que he visto en mi vida, porque la rebeldía empieza aquí, en la cabeza que dice “No sirvo, no me da la gana, no quiero asumir estos valores”. Movilización que significa, por tanto, ese esfuerzo por pensar y por hacer pensar.

En los grandes revolucionarios de la historia, la característica fundamental es que hicieron pensar. La revolución la hicieron la gente, las masas, los colectivos, pero el valor de ellos es el pensamiento que pusieron en marcha: es el concepto de la movilización, en torno a lo concreto. Y con las alianzas de todo el pueblo.

Por eso hacemos llamamientos: queremos unidad. Pero no para repartirse sillones: para hacer programas de transformación. ¿Qué hacemos en el pueblo? ¿Qué hacemos en la comunidad autónoma? ¿qué hacemos en España? ¿qué hacemos en Europa? Alianzas. Alianzas entre gentes que coinciden, básicamente, parece ser por lo menos teóricamente, en que quieren cambiar el mundo. Pongámonos de acuerdo en qué podemos cambiar ahora, pero cambiar un sillón por otro… eso ya no es correcto, eso lo hacen los otros, desde tiempo inmemorial.

Y por último la cultura. La palabra cultura viene de cultivo: cultivarse. Hacerse ser humano cada día más. La cultura no es saber muchas cosas: la cultura es captar todo aquello que la humanidad ha ido produciendo y que nos mueve, desde el arte hasta el estremecimiento por degustar la belleza, a entender cómo la humanidad ha ido superando determinados problemas. Un hombre culto no es un hombre que esté rodeado de libros, que también puede ser; un hombre culto es un hombre que mira al mundo con mirada independiente y libre. Un hombre culto puede ser un campesino de nuestras tierras. Cuando rebina, palabra que utilizan en mi tierra, está pensando, pero sabe calcular las cosas, piensa como quiere, es un hombre que tiene un tipo de cultura. Y ese hombre que a lo mejor no sabe leer, le puede dar la mano a otro culto de la universidad, que sabe más cosas, pero está en la onda de la cultura, porque ambos confluyen desde su sentido de hombres libres con capacidad para pensar.

Y en fin, en el acto de hoy, donde ahora va a tomar la palabra el maestro Saramago, y dicho con todo cariño, en el sentido de ejercicio de sencillez y de hondura, la voz de Izquierda Unida esta noche no ha hablado de programas, ni Manolo ni yo. Hemos hablado, y os lo confieso, de lo que nos mueve a nosotros. A él, a mi, a José, y a los demás compañeros y compañeras. No sé lo que ocurrirá en los próximos meses o en los próximos años, pero la decisión de mantener este discurso es firme por nuestra parte: lo vamos a seguir manteniendo, no lo pensamos cambiar.

Martin Luther King: Carta desde la prisión de Birmingham (esp)

CARTA DESDE LA CÁRCEL DE BIRMINGHAM.
16 de abril de 1963 

Mis queridos sacerdotes y compañeros: 

Mientras me hallo recluido aquí, en la cárcel de la ciudad de Birmingham, me llegó vuestra reciente declaración calificando mis actividades presentes de “poco hábiles e inoportunas”. Son pocas las veces en que me detengo a contestar a las críticas formuladas contra mi trabajo e ideas. Si tratase de contestar a todas las críticas que pasan por mi mesa de trabajo, mis secretarios tendrían poco tiempo disponible para cualquier otra cosa en el curso del día, y a mí no me quedaría ni un instante para realizar una tarea constructiva. 
Pero, como creo que sois hombres de intenciones fundamentalmente buenas, y que vuestras críticas han sido formuladas sinceramente, quiero intentar responder a vuestra declaración con unas pocas palabras que espero sean pacientes y razonables.
Creo que debiera indicaros por qué estoy aquí, en Birmingham, puesto que parecéis influidos por la opinión que anatematiza a los “forasteros que se inmiscuyen en los asuntos ajenos”. Tengo el honor de ser presidente de la Southern Christian Leadership Conference, una organización que actúa en todos los estados del Sur, con su cuartel general en Atlanta (Georgia). Tenemos en todo el Sur unas 85 organizaciones afiliadas, y una de ellas es el Alabama Christian Movement for Human Rights. Compartimos a menudo nuestra dirección y nuestros recursos tanto educativos como financieros con nuestras filiales. Hace varios meses, la filial de aquí, de Birmingham, nos pidió que estuviésemos dispuestos a emprender un programa de acción directa no violenta si ello resultaba necesario. Consentimos enseguida y, cuando llegó la hora, cumplimos nuestra promesa. Por eso, yo, y conmigo varios de mis colaboradores de la dirección, estamos aquí, por habérsenos invitado a que viniésemos. Estoy aquí porque aquí tengo vínculos de organización. 

Pero, lo que es más importante: estoy en Birmingham porque también está aquí la injusticia. Así como los profetas del siglo VIII antes de Cristo abandonaban sus pueblos y difundían su mensaje divino muy lejos de los límites de las ciudades originarias; así como el apóstol Pablo dejó su pueblo de Tarso y difundió el Evangelio de Cristo hasta los lugares más remotos del mundo grecorromano, así me veo yo también obligado a difundir el Evangelio de la Libertad allende los muros de mi ciudad de origen. Lo mismo que Pablo, tengo que responder sin dilación a la petición de ayuda de los macedonios. Y, lo que es más, soy consciente de la interrelación existente entre todas las comunidades y los estados. No puedo permanecer con los brazos cruzados en Atlanta sin sentirme afectado por lo que en Birmingham acontece. La injusticia, en cualquier parte que se cometa, constituye una amenaza para la justicia en todas partes. Nos encontramos cogidos dentro de las ineludibles redes de la reciprocidad, uncidos al mismo carro del destino. Cualquier cosa que afecte a uno de nosotros directamente, nos afecta a todos indirectamente. Nunca más podremos permitirnos el lujo de aferramos a la idea estrecha, provinciana de “agitador forastero”. Quienquiera que vive dentro de las fronteras de los Estados Unidos tiene derecho a que no se le vuelva a considerar nunca más forastero en el territorio de la nación. 
Deploráis las manifestaciones que ahora tienen lugar en Birmingham. Pero vuestra declaración, siento decirlo, hace caso omiso de las condiciones que dieron lugar a estas manifestaciones. Estoy seguro de que ninguno de vosotros quiere limitarse a esa clase de análisis social superficial que no se ocupa más que de los efectos, sin detenerse a aprehender las causas subyacentes. Es una pena que las manifestaciones tengan lugar en Birmingham, pero es todavía más lamentable que la estructura del poder blanco de la ciudad no dejase a la comunidad negra otra salida que ésta. 
Toda campaña no violenta tiene cuatro fases básicas: primero la reunión de los datos necesarios para determinar si existen las injusticias; luego la negociación; después la autopurificación; y, por último, la acción directa. Hemos pasado en Birmingham por todas estas fases. No cabe discutir el hecho de que la injusticia racial embarga a esta comunidad. Birmingham es probablemente la ciudad más drásticamente segregada de toda Norteamérica. Su horrenda lista de violaciones es conocida de todos. Los negros han sufrido de modo flagrante un trato injusto por parte de los tribunales; ha habido más destrucciones de domicilios e iglesias negros a consecuencia de bombas y que han quedado sin resolver en Birmingham que en cualquier otra ciudad de la nación. Éstos son los hechos, duros, palmarios, determinantes de la situación. Con estas condiciones por base, los líderes negros trataron de negociar con los prohombres de la ciudad. Pero éstos se negaron una y otra vez a entablar negociaciones de buena fe. 
Entonces, en septiembre último se presentó la oportunidad de hablar con los representantes de la comunidad económica de Birmingham. Durante las negociaciones, los comerciantes formularon ciertas promesas, entre ellas la de suprimir los humillantes símbolos raciales de los almacenes. 
Apoyándose en estas promesas, el reverendo Fred Shuttlesworth y los líderes del Alabama Christian Movement for Human Rights concedieron una tregua en todas las manifestaciones. Pasaron las semanas y los meses, y comprobamos que éramos víctimas de un perjurio. Unos cuantos emblemas, tras haber sido suprimidos por un tiempo, volvieron a surgir; el resto permanecieron donde estaban. 
Como en tantos otros casos, se habían defraudado nuestras esperanzas y se apoderó de nosotros la sensación de un profundo desaliento. No teníamos más salida que la de apercibirnos para la acción directa, en la que presentaríamos nuestros propios cuerpos como instrumentos de exposición de nuestro caso ante la conciencia de la comunidad local y nacional. A sabiendas de las dificultades existentes, decidimos emprender un proceso de autopurificación. Dimos comienzo a la creación de toda una serie de seminarios para aleccionar sobre la no violencia, y nos preguntamos reiteradas veces: ¿sabrás aceptar los golpes sin devolverlos? ¿Sabrás prevalecer en la prueba del encarcelamiento? Decidimos lanzar nuestro programa de acción directa en la temporada de Semana Santa, porque sabíamos que, excepto la Navidad, éste era el periodo principal de compras durante el año. Conscientes de que un programa enérgico de boicot económico sería la consecuencia de la acción directa, pensamos que éste sería el mejor momento para poner en marcha la presión que pensábamos ejercer sobre los comerciantes para provocar el cambio necesario. 
Entonces caímos en la cuenta de que los comicios para la elección de alcalde en Birmingham estaban señalados para el mes de marzo, y decidimos rápidamente posponer la acción hasta el día siguiente al de las elecciones. Cuando descubrimos que el responsable del orden público, Eugene “Bull” Connor, había reunido votos bastantes para presentarse al desempate, nuevamente decidimos posponer la acción hasta el día siguiente al de los comicios finales para que no se utilizaran las manifestaciones con el fin de velar los problemas reales que se debatían. Como muchos otros, esperábamos asistir a la derrota del señor Connor, y para ello nos avinimos a retrasar una y otra vez la fecha de nuestra acción. Después de haber prestado nuestro auxilio a la comunidad en esta necesidad, creímos que ya no se podía demorar más nuestro programa de la acción directa. 
Preguntaréis: “¿Por qué acción directa?” “¿Por qué sit-ins, marchas y demás?” “¿Acaso no es el de la negociación el camino mejor?” Tenéis razón para abogar por la negociación. De hecho, esto es lo que realmente se propone la acción directa. La acción directa no violenta trata de crear una crisis tal, y de originar tal tensión, que una comunidad que se ha negado constantemente a negociar se ve obligada a hacer frente a este problema. Trata de dramatizar tanto la cuestión, que ya no puede ser desconocida bajo ningún concepto. Podrá parecer raro que yo cite la creación de un estado de tensión como parte del trabajo que incumbe al resistente no violento. Pero tengo que confesar que no me asusta la palabra “tensión”. No he dejado nunca de oponerme a la tensión violenta, pero existe una clase de tensión no violenta constructiva, necesaria para el crecimiento. Así como Sócrates creía que era necesario crear una tensión en la mente para que los individuos superasen su dependencia respecto de los mitos y de las semiverdades hasta ingresar en el recinto libre del análisis creador y de la evaluación objetiva, así también, hemos de comprender la necesidad de “tábanos” no violentos creadores de una tensión social que sirva de acicate para que los hombres superen las oscuras profundidades del prejuicio y del racismo, elevándose hasta las alturas mayestáticas de la comprensión y de la fraternidad. 
La meta de nuestro programa de acción directa radica en crear una situación tan pletórica de crisis que desemboque inevitablemente en la salida negociadora. Me uno, pues, a ustedes en su apología de la negociación. Nuestro querido Sur ha permanecido demasiado tiempo encerrado en un trágico esfuerzo de vivir monologando en vez de dialogar.
Uno de los puntos básicos de su declaración es que la acción que yo y mis colaboradores hemos emprendido en Birmingham es inoportuna. Han preguntado algunos: “¿Por qué no habéis dado a la nueva administración urbana tiempo para obrar?” La única contestación que se me ocurre para esta pregunta es que la nueva administración de Birmingham tiene que ser tan zarandeada como la anterior, si se quiere que obre. Estamos profundamente equivocados si creemos que la elección de Albert Boutwell para el cargo de alcalde convertirá los sueños en realidad en Birmingham. Pese a ser el señor Boutwell persona mucho más pacífica que el señor Connor, ambos son segregacionistas, empeñados en el mantenimiento del status quo. Espero que el señor Boutwell será lo bastante razonable como para percatarse de la insignificancia de una resistencia denodada a la integración. Pero no lo verá sin la presión de los partidarios incondicionales de los defensores de los derechos civiles. Amigos míos, tengo que decirles que no nos hemos apuntado ni un solo tanto en materia de derechos civiles sin una empecinada presión legal y no violenta. Desgraciadamente, es un hecho histórico incontrovertible que los grupos privilegiados prescinden muy rara vez espontáneamente de sus privilegios. Los individuos podrán ver la luz de la moral y abandonar voluntariamente una postura injusta; pero, como nos recordara Reinhold Niebuhr, los grupos tienden a comportarse más inmoralmente que los individuos. 

Sabemos por una dolorosa experiencia que la libertad nunca la concede voluntariamente el opresor. Tiene que ser exigida por el oprimido. A decir verdad, todavía estoy por empezar una campaña de acción directa que sea “oportuna” ante los ojos de los que no han padecido considerablemente la enfermedad de la segregación. Hace años que estoy oyendo esa palabra “¡Espera!”. Suena en el oído de cada negro con penetrante familiaridad. Este “espera” ha significado casi siempre “nunca”. Tenemos que convenir con uno de nuestros juristas más eminentes en que “una justicia demorada durante demasiado tiempo equivale a una justicia denegada”. 

Hemos aguardado más de trescientos cuarenta años para usar nuestros derechos constitucionales y otorgados por Dios. Las naciones de Asia y de África se dirigen a velocidad supersónica a la conquista de su independencia política; pero nosotros estamos todavía arrastrándonos por un camino de herradura que nos llevará a la conquista de un tazón de café en el mostrador de los almacenes. Es posible que resulte fácil decir “espera” para quienes nunca sintieron en sus carnes los acerados dardos de la segregación. Pero cuando se ha visto cómo muchedumbres enfurecidas linchaban a su antojo a madres y padres, y ahogaban a hermanas y hermanos por puro capricho; cuando se ha visto cómo policías rebosantes de odio insultaban a los nuestros, cómo maltrataban e incluso mataban a nuestros hermanos y hermanas negros; cuando se ve a la gran mayoría de nuestros veinte millones de hermanos negros asfixiarse en la mazmorra sin aire de la pobreza, en medio de una sociedad opulenta; cuando, de pronto, se queda uno con la lengua torcida, cuando balbucea al tratar de explicar a su hija de seis años por qué no puede ir al parque público de atracciones recién anunciado en la televisión, y ver cómo se le saltan las lágrimas cuando se le dice que el “País de las Maravillas” está vedado a los niños de color, y cuando observa cómo los ominosos nubarrones de la inferioridad empiezan a enturbiar su pequeño cielo mental, y cómo empieza a deformar su personalidad dando cauce a un inconsciente resentimiento hacia los blancos; cuando se tiene que amañar una contestación para el hijo de cinco años que pregunta: “Papá ¿por qué tratan los blancos a la gente de color tan mal?”; cuando se sale a dar una vuelta por el campo en coche y se ve uno obligado a dormir noche tras noche en algún rincón incómodo del propio automóvil porque no están abiertas las puertas de ningún hotel para uno; cuando se le humilla a diario con los símbolos punzantes de “blanco” y “colored”; cuando el nombre de uno pasa a ser “negrazo” y el segundo nombre se torna “muchacho” (cualquiera que sea la edad que se tenga), volviéndose su apellido “John” en tanto que a su mujer y a su madre se les niega el trato de “señora”; cuando se viene estando hostigado de día y obsesionado por la noche por el hecho de ser un negro, viviendo en perpetua tensión sin saber nunca a qué atenerse, y rebosando temores internos y resentimientos exteriores; cuando se está luchando continuamente contra una sensación degeneradora de despersonalización, entonces, y sólo entonces se comprende por qué nos parece tan difícil aguardar. Llega un momento en que se colma la copa de la resignación. Espero, señores, que comprenderán nuestra legítima e ineludible impaciencia.
Expresan una profunda ansiedad en torno a nuestra decisión de quebrantar las leyes si es preciso. No cabe duda de que su preocupación es legítima. Como pedimos con tanta diligencia a nuestro pueblo que obedeciese a la decisión del Tribunal Supremo que declaraba ilegal la segregación en las escuelas oficiales, podrá parecer paradójico, de buenas a primeras, nuestra desobediencia consciente de las leyes. Podrán preguntar: “¿Cómo pueden ustedes defender la desobediencia de unas leyes y el acatamiento de otras?”. La contestación debe buscarse en el hecho de que existen dos clases de leyes: las leyes justas y las injustas. Yo sería el primero en defender la necesidad de obedecer los mandamientos justos. Se tiene una responsabilidad moral además de legal en lo que hace al acatamiento de las normas justas. Y, a la vez, se tiene la responsabilidad moral de desobedecer normas injustas. Estoy de acuerdo con San Agustín en que “una ley injusta no es tal ley”.

Pero ¿cuál es la diferencia entre ambas clases de leyes? ¿Cómo se sabe si una ley es justa o no lo es? Una ley justa es un mandato formulado por el hombre que cuadra con la ley moral o la ley de Dios. Una ley injusta es una norma en conflicto con la ley moral. Para decirlo con palabras de Santo Tomás de Aquino: “Una ley injusta es una ley humana que no tiene su origen en la ley eterna y en el derecho natural. Toda norma que enaltece la personalidad humana es justa; toda norma que degrada la personalidad humana es injusta.” Todos los mandatos legales segregacionistas son injustos, porque la segregación deforma el alma y perjudica la personalidad; da al que segrega una falsa sensación de superioridad y al segregado una sensación de inferioridad asimismo falsa. La segregación, para valernos de la terminología del filósofo judío Martin Buber, sustituye la relación “yo-tú” por una relación “yo-ello”, y acaba relegando a las personas a la condición de cosas. Por eso, la segregación es, además de inadecuada política, económica y sociológicamente, moralmente equivocada y pecaminosa. Dijo Paul Tilich que “pecado es separación”. ¿Acaso no es la segregación una manifestación existencial de la trágica separación del hombre, su aislamiento horrible, su tremenda condición de pecador? Por eso precisamente puedo pedir a los hombres que cumplan la decisión de 1954 del Tribunal Supremo, por ser moralmente recta; y por eso puedo instarles a que desobedezcan las ordenanzas segregacionistas, por ser éstas moralmente equivocadas.

Consideremos un ejemplo más concreto de normas justas e injustas. Una ley injusta es una norma por la que un grupo numéricamente superior o más fuerte obliga a obedecer a una minoría pero sin que rija para él. Esto equivale a la legalización de la diferencia. Por el mismo procedimiento, resulta que una ley justa es una norma por la que una mayoría obliga a una minoría a obedecer a lo que ésta mande, quedando a la vez vinculada al texto normativo dicha mayoría. Esto equivale a la legalización de la semejanza.
Permítaseme dar otra explicación. Una ley es injusta si es impuesta a una minoría que, al denegársele el derecho a votar, no participó en la elaboración ni en la aprobación de la ley. ¿Quién podrá decir que la legislación de Alabama de la que emanaron las leyes del estado sobre la segregación fue elegida democráticamente? Por todo Alabama se utilizan toda suerte de métodos sutiles encaminados a evitar que los negros pasen a figurar en los censos electorales; y condados hay en que, por más que los negros constituyan una mayoría de la población, no consta ni un solo negro en las listas. ¿Puede decirse que una ley promulgada en tales circunstancias está estructurada democráticamente?
Algunas veces una ley es justa por su texto e injusta en su aplicación. Por ejemplo, se me arrestó por manifestarme sin permiso. Ahora bien; nada hay de malo en que exista una ordenanza que exige un permiso para manifestarse. Pero esta norma se vuelve injusta cuando es puesta al servicio de la segregación, denegando a los ciudadanos el derecho de reunión y protesta pacíficas concedido por la primera enmienda.

Espero que sabrán percatarse de la diferencia que trato de mostrarles. Bajo ningún concepto preconizo la desobediencia ni el desafío a la ley, como haría el segregacionista rabioso. Esto nos llevaría a la anarquía. El que quebranta una ley injusta tiene que hacerlo abiertamente, con amor y dispuesto a aceptar la consiguiente sanción. Opino que un individuo que quebranta una ley injusta para su conciencia, y que acepta de buen grado la pena de prisión con tal de despertar la conciencia de la injusticia en la comunidad que la padece, está de hecho manifestando el más eminente respeto por el derecho.
Naturalmente, no hay ninguna novedad en esta clase de desobediencia civil. La encontramos, en una de sus manifestaciones sublimes, en la negativa de Shadrach, Meshach y Abednego a obedecer las órdenes de Nabucodonosor, en aras a la ley moral superior. La practicaron de modo soberbio los cristianos primitivos, que estaban dispuestos a enfrentarse con leones hambrientos, con el dolor insoportable de la tortura antes que someterse a ciertas leyes injustas del imperio romano. Hasta cierto punto, la libertad académica es actualmente una realidad porque Sócrates practicó la desobediencia civil. En nuestra nación, el Boston Tea Party (1) fue un acto colectivo de desobediencia civil.

No hemos de olvidar jamás que todo cuanto hicieron los húngaros que luchaban por la libertad se reputaba “ilegal” en Hungría. “Ilegal” era ayudar y consolar a un judío en la Alemania de Hitler. Aún así, estoy seguro de que, si hubiera vivido entonces en Alemania, hubiese ayudado y consolado a mis hermanos judíos. Si actualmente viviese en un país comunista donde han sido suprimidos ciertos principios inherentes a la fe cristiana, abogaría abiertamente por la desobediencia a las leyes antirreligiosas del país.
Tengo que confesarles honradamente dos cosas, hermanos míos cristianos y judíos; tengo que confesar, primero, que en los últimos años he quedado profundamente desencantado del blanco moderado. Casi he llegado a la triste conclusión de que la rueda de molino que lleva amarrada el negro y que traba su tránsito hacia la libertad, no proviene del miembro del Consejo de Ciudadanos Blancos, o del Ku-Klux-Klan, sino del blanco moderado que antepone el “orden” a la justicia; que prefiere una paz negativa que supone ausencia de tensión, a una paz positiva que entraña presencia de la justicia; quien dice continuamente: “Estoy de acuerdo con el objetivo que usted se propone, pero no puedo aprobar sus métodos de acción directa”; que cree muy paternalmente que puede fijar un plazo a la libertad del prójimo; quien vive de un concepto mítico del tiempo y aconseja al negro que aguarde a que llegue “un momento más oportuno”. La comprensión superficial de los hombres de buena voluntad es más demoledora que la absoluta incomprensión de los hombres de mala voluntad. Resulta mucho más desconcertante la aceptación tibia que el rechazo sin matices.

Esperé que el blanco moderado comprendería que la ley y el orden existen para la elaboración de la justicia, y que, cuando fracasan en este empeño, se convierten en unas trabas peligrosamente estructuradas que impiden el fluir del progreso social. Esperé que el blanco moderado comprendería que la actual tensión en el Sur es una fase necesaria para la transición desde una odiosa paz negativa en la que el negro aceptaba pasivamente su carga injusta, a una paz muy otra, real y positiva, en la que todos los hombres respetarán la dignidad y el valor de la personalidad humana. De hecho, los que seguíamos la senda de la acción directa no violenta no somos quienes creamos la tensión. Nos limitamos a traer a la superficie la tensión oculta que se hallaba en estado latente desde mucho antes. La sacamos a la luz, porque así se la puede ver y actuar en consecuencia. Lo mismo que un tumor que no se puede curar mientras siga oculto, y que debe abrirse en todo su horror a los remedios naturales del aire y de la luz, la injusticia tiene que exponerse, con toda la tensión que esta exposición crea, a la luz de la conciencia humana y al aire de la opinión nacional si es que existe el deseo de subsanarla.

Afirman ustedes en su declaración que nuestras acciones, aunque pacíficas, tienen que ser condenadas porque conducen a la violencia. ¿Pero es éste un aserto lógico? ¿No es ello lo mismo que condenar a un hombre víctima del hurto porque el hecho de haber poseído dinero determinó la pecaminosa acción de robarle? ¿Acaso no es como si se condenara a Sócrates porque su absoluta entrega a la verdad y sus investigaciones filosóficas causaron la actitud del populacho mal aconsejado que le condenó a beber la cicuta? ¿No les parece que esto equivale a condenar a Jesucristo porque su incomparable ciencia divina y su incesante acatamiento de la voluntad de Dios precipitó aquella pecaminosa crucifixión? Hay que reconocer que, como han venido afirmando una y otra vez los tribunales federales, no está bien pedir a un individuo que abandone sus esfuerzos por conquistar sus derechos constitucionales básicos sencillamente porque esta petición pueda determinar la violencia. La sociedad tiene que proteger al robado y castigar al ladrón.
También esperé que el blanco moderado abandonaría ese mito acerca del momento oportuno para librar la batalla por la libertad. Acabo de recibir una carta de un hermano blanco de Texas. Escribe:

Cualquier cosa que afecte a uno de nosotros directamente, nos afecta a todos indirectamente.

Una ley injusta es una ley humana que no tiene su origen en la ley eterna y en el derecho natural. Toda norma que enaltece la personalidad humana es justa; toda norma que degrada la personalidad humana es injusta.

Una ley es injusta si es impuesta a una minoría que, al denegársele el derecho a votar, no participó en la elaboración ni en la aprobación de la ley.

Todos los cristianos saben que, a la postre, el pueblo negro gozará de iguales derechos que los blancos; pero es posible que tengáis excesivas prisas religiosas. La cristiandad ha necesitado casi dos mil años para lograr lo que ahora tiene. Las enseñanzas de Cristo tardan en imponerse al mundo.

Esta actitud procede de un trágico error en cuanto a lo que es el tiempo, de una noción curiosamente irracional a cuyo tenor hay, en el devenir del tiempo mismo, algo que inevitablemente cura todos los males. De hecho, el tiempo en sí es neutro; puede ser utilizado para la destrucción lo mismo que para construir. Se me ocurre cada vez más que los hombres de mala voluntad se han valido del tiempo con una eficacia muy superior a la demostrada al respecto por los hombres de buena voluntad. Tendremos que arrepentirnos en esta generación no sólo por las acciones y palabras hijas del odio de los hombres malos, sino también por el inconcebible silencio atribuible a los hombres buenos. El progreso humano nunca discurre por la vía de lo inevitable. Es fruto de los esfuerzos incansables de hombres dispuestos a trabajar con Dios; y si suprimimos este esfuerzo denodado, el tiempo se convierte de por sí en aliado de las fuerzas del estancamiento social. Tenemos que utilizar el tiempo de modo creador, conscientes de que siempre es oportuno obrar rectamente. En este momento es hora de convertir en realidad palpable la promesa de democracia y de transformar nuestra indecisa elegía nacional en un salmo de hermandad creador. En este momento es hora de sacar nuestra política nacional de las arenas movedizas de la injusticia racial para plantarla sobre la firme roca de la dignidad humana.

Tildan ustedes nuestra actividad en Birmingham de extremada. Al principio quedé algo desconcertado por pensar que unos sacerdotes colegas míos pudiesen ver en mis esfuerzos no violentos la actuación de un extremista. Me puse a pensar acerca del hecho de que me encuentro situado en el centro de dos fuerzas opuestas de la comunidad negra. A un lado está la fuerza de la complacencia, compuesta, en parte, de negros que, tras largos años de opresión, han quedado tan faltos de todo sentido de la propia dignidad, tan despersonalizados, que se han adaptado a la segregación; y, en parte, de un puñado de negros de clase media que, debido a cierto grado de seguridad académica o económica, y porque, hasta cierto punto, sacan provecho de la segregación, se han desentendido de los problemas de las masas. La otra fuerza viene animada por el rencor y el odio, y se acerca peligrosamente a la defensa de la violencia. Trasunto suyo son los varios grupos nacionalistas negros que brotan por toda la nación, el más conocido y más numeroso de los cuales es el movimiento musulmán de Elijah Mohamed. Nutrido por la frustración del negro, hijo de la permanencia de la discriminación racial, este movimiento se compone de gentes que han perdido su fe en los Estados Unidos, que han repudiado definitivamente el cristianismo y que han llegado a la conclusión de que el blanco es un “demonio” incorregible.

He tratado de mantenerme entre estas dos fuerzas, afirmando que no tenemos necesidad de imitar el inmovilismo de los complacientes ni el odio y la desesperación de los nacionalistas negros. Y es que ésta es la mejor forma de protesta amorosa y no violenta. Agradezco a Dios que haya hecho, por el conducto de la Iglesia negra, que la senda de la no violencia pasase a formar parte integrante de nuestro plan de lucha.

Si esta filosofía no hubiese surgido, estoy convencido de que actualmente muchas de las calles del Sur norteamericano estarían inundadas de sangre. Y estoy, además, convencido de que si nuestros hermanos blancos califican de “demagogos” y de “agitadores forasteros” a aquellos de entre nosotros que se valen de la acción directa no violenta, y si se niegan a apoyar nuestros esfuerzos no violentos, millones de negros, presa de la desesperación y de la frustración, buscarán refugio y albergue en las ideologías nacionalistas negras, lo cual, de acontecer, conduciría inevitablemente a una aterradora pesadilla racial.

Los hombres oprimidos no pueden seguir estándolo de por vida. El anhelo de libertad acaba por manifestarse abiertamente, y esto es lo que ha ocurrido con el negro estadounidense. Hay algo dentro de él que le ha recordado que nacía con el derecho a la libertad; y algo, otra cosa fuera de él, le ha recordado que esta libertad podía ser conquistada. Consciente o inconscientemente, se ha dejado embargar por el Zeitgeist (2), y el negro norteamericano, unido a sus hermanos negros de África y a sus hermanos amarillos y cobrizos de Asia, América del Sur y el Caribe, marcha impregnado por un ansia que no puede esperar, hacia la Tierra prometida de la justicia racial. Si se reconoce esta necesidad vital que se ha apoderado de la comunidad negra, se tiene que comprender inmediatamente el porqué de las manifestaciones públicas actuales. El negro lleva dentro de sí muchos resentimientos concentrados y muchas frustraciones latentes, y tiene que liberarlos. Así que déjesele marchar; déjesele participar en procesiones pías en dirección al ayuntamiento; déjesele participar en los “viajes de la Libertad”, e inténtese comprender por qué siente la necesidad de hacerlo. Si sus emociones reprimidas no encuentran escape en actuaciones no violentas, buscarán una manifestación violenta. Con ello no formulo una amenaza; me limito a recordar enseñanzas de la historia. Por eso no he dicho a mi pueblo: “Abandonad vuestro descontento.” Antes bien, he tratado de decir que este descontento normal cuanto sano, puede encauzarse por la vía creadora de la acción directa no violenta. Y ahora, he aquí que se califica de extremista este punto de vista.
Pero, a pesar de que me desconcertó inicialmente el sambenito de extremista, conforme seguía pensando acerca del asunto, fue entrándome cierta satisfacción por la etiqueta que se me colgaba. ¿Acaso no fue Jesús un extremista del amor?: “Amad a vuestros enemigos; perdonad a los que os vejan; haced el bien a los que os odian y rezad por los que abusan maliciosamente de vosotros y os persiguen.” Y Amós, un extremista de la justicia: “Dejad que la justicia discurra como el agua y que la equidad corra como un inagotable manantial.” Y Pablo, un extremista del Evangelio cristiano: “Llevo en mi cuerpo las señales de nuestro Señor Jesucristo.” Y Martín Lutero, un extremista: “A lo dicho me atengo; no puedo obrar de otra manera: que Dios venga en mi ayuda.” Y John Bunyan: “Permanecería en la cárcel hasta el final de mis días antes que asesinar mi conciencia.” Y Abraham Lincoln: “Esta nación no puede sobrevivir esclava a medias y libre a medias.” Y Thomas Jefferson: “Para nosotros hay verdades evidentes de suyo, y una de ellas es que todos los hombres fueron creados iguales [...].” Así que el problema no estriba en saber si hemos de ser extremistas, sino en la clase de extremistas que seremos. ¿Llevaremos nuestro extremismo hacia el odio o hacia el amor? ¿Pondremos el extremismo al servicio de la conservación de la injusticia o de la difusión de la justicia? En la dramática escena del Gólgota fueron crucificados tres hombres. Nunca hemos de olvidar que los tres fueron crucificados por el mismo delito: el delito del extremismo. Dos de ellos eran extremistas de la inmoralidad, y por eso cayeron más bajo que el mundo que les rodeaba. El otro, Jesucristo, era un extremista del amor, de la verdad y de la bondad, y por eso se elevó por encima del mundo que le rodeaba. Bien podría ser que el Sur, la nación y el mundo necesiten muchísimo de extremistas creadores.

Esperé que el blanco moderado se percataría de esta necesidad. Quizás pequé de excesivo optimismo; quizás fueran excesivas mis esperanzas. Supongo que debía haberme dado cuenta de que pocos son los miembros de la raza opresora capaces de comprender la profundidad de los gemidos y la pasión de los deseos de la raza oprimida, y aún son menos los capaces de ver que la injusticia necesita ser extirpada mediante una acción poderosa, persistente y decidida. Estoy, sin embargo, agradecido a algunos de nuestros hermanos blancos del Sur por haber captado el sentido de esta revolución social y haberse puesto a su servicio. Todavía son demasiado pocos en cuanto al número, pero grande es su calidad. Algunos, como, por ejemplo, Ralph McGill, Lillian Smith, Harry Golden, James McBride Dabbs, Ann Braden y Sarah Patton Boyle, han escrito acerca de nuestra lucha con palabras elocuentes y proféticas. Otros han marchado con nosotros por las calles anónimas del Sur; se han consumido en cárceles sucias e infestadas de parásitos, sufriendo los insultos y los malos tratos de policías para quienes ellos eran “despreciables negrazófilos”. Frente a lo que solían hacer sus hermanos y hermanas moderados, ellos reconocieron la urgencia de actuar y sintieron la necesidad de poderosos antídotos “activos” para combatir la enfermedad segregacionista.

Déjenme apuntarles otra razón fundamental de mi desencanto. ¡Cuán grande ha sido éste en lo que hace a la Iglesia blanca y a sus ministros! Cierto es que existen algunas excepciones notables. No desconozco el hecho de que cada uno de ustedes ha adoptado algunas actitudes significativas acerca del particular. Le aplaudo a usted, reverendo Stallings, por su actitud cristiana el domingo pasado, al dar la bienvenida a los negros en el oficio dominical, aceptando el principio de la integración. Aplaudo a los líderes católicos de este estado por haber integrado hace ya varios años el Spring Hill College.
Pero, aparte de estas importantes excepciones, tengo que reiterar honradamente que la Iglesia me ha defraudado. No lo digo como lo diría uno de esos críticos negativos que siempre saben encontrar algo equivocado en la Iglesia. Lo digo en mi calidad de ministro del Evangelio, que ama a la Iglesia; en mi calidad de eclesiástico amamantado en su pecho; que se ha sostenido gracias a sus bendiciones espirituales y que seguirá siendo leal mientras le quede un hálito de vida.

Cuando de pronto me vi lanzado al liderato de la protesta de los autobuses en Montgomery (Alabama), hace de esto unos años, pensé que gozaría del apoyo de la Iglesia blanca. Pensé que los ministros, sacerdotes y rabinos blancos del Sur se contarían entre nuestros más firmes aliados. Mas, he aquí que algunos de ellos han sido incluso enemigos, negándose a comprender el movimiento de la libertad y formándose una idea equivocada de sus líderes. En cuanto a los demás, han sido demasiados los que se han mostrado más precavidos que valientes y que han permanecido silenciosos detrás de la cloroformizante seguridad de las piadosas vidrieras.

A pesar de ver quebrantados mis sueños, acudí a Birmingham con la esperanza puesta en que la dirección religiosa blanca de esta comunidad se percataría de la justicia de nuestra causa y haría, cumpliendo un profundo deber moral, de canal por el que podríamos encauzar nuestras justas quejas hacia las esferas del poder. Esperé que cada uno de ustedes comprendería. Y de nuevo vino el desencanto.

He oído a muchos dirigentes religiosos del Sur aconsejar a sus feligreses que acatasen una sentencia integracionista porque así lo quería la ley. Pero hubiese querido oír a los eclesiásticos blancos declarar: “Acatad este decreto porque la integración es moralmente justa y porque el negro es vuestro hermano.” En medio de las injusticias palmarias infligidas al negro, he visto a los ministros de la religión blancos permanecer al margen mientras formulaban frases piadosas que no hacían al caso y trivialidades mojigatas. En medio de la grandiosa contienda sostenida por librar a nuestra nación de la injusticia racial y económica, he oído a muchos ministros decir: “Son estos problemas sociales con los que el Evangelio no está realmente relacionado.” Y he observado cómo varias iglesias se consagran a una religión perteneciente desde todo punto de vista a un mundo distinto al nuestro; una religión que discrimina curiosamente, de modo antibíblico, entre el cuerpo y el alma, lo sagrado y lo laico.

He viajado por todas partes en Alabama, Mississippi y todos los demás estados del Sur. En bochornosos días de verano y en diáfanas mañanas otoñales, me he quedado mirando las bellas iglesias del Sur con sus elevados campanarios apuntando al cielo. He visto las impresionantes siluetas de sus enormes instituciones dedicadas a la enseñanza confesional. Siempre acababa preguntándome: “¿Qué clase de personas viene aquí? ¿Quién es su Dios? ¿Dónde estaban sus voces cuando salieron de los labios del gobernador Barnett palabras de obstaculización y de anulación? ¿Dónde estaban cuando el gobernador Wallace tocó a rebato dando la señal para desencadenar el odio y la provocación? ¿Dónde estaban sus palabras de apoyo cuando hombres y mujeres negros, magullados y cansados, decidieron abandonar las oscuras mazmorras de la complacencia y pasar a las luminosas colinas de la protesta creadora?”

Sí, sigo preguntándome todo esto. Profundamente desalentado, he llorado sobre la laxitud de la Iglesia. Pero sepan que mis lágrimas fueron lágrimas de amor. No cabe un profundo desaliento sino donde falta un amor profundo. Sí, amo a la Iglesia. ¿Cómo iba a no ser así? Me encuentro en la situación harto frecuente de ser hijo, nieto y bisnieto de predicadores. Sí, la Iglesia es para mí el cuerpo de Cristo. Mas, ¡ay!, cómo hemos envilecido y herido este cuerpo con la negligencia social y con el temor de convertirnos en posibles miembros disconformes.

Hubo una época en que la Iglesia fue muy poderosa: cuando los cristianos primitivos se regocijaban de que se les considerase dignos de sufrir por sus convicciones. En aquella época, la Iglesia no era mero termómetro que medía las ideas y los principios de la opinión pública. Era más bien, un termostato que transformaba las costumbres de la sociedad. Dondequiera que un cristiano penetrase en una ciudad, las personas que entonces detentan las riendas del poder, se perturbaban e inmediatamente trataban de procesar a los cristianos por ser “perturbadores de la paz” y “agitadores forasteros”. Pero los cristianos no cejaron en su empeño, convencidos de que eran “una colonia celestial”, destinados a obedecer a Dios antes que al hombre. Su número era limitado, pero grande su entrega. Estaban demasiado ebrios de Dios para sentirse “astronómicamente intimidados”. Con su esfuerzo y su ejemplo pusieron fin a prejuicios tan remotos como el abominable infanticidio y los funestos combates de gladiadores.

En la actualidad todo ocurre de modo muy distinto. Y es que la Iglesia contemporánea es a menudo una voz débil y sin timbre, de sonido incierto. Es que a menudo es defensora a todo trance del status quo. En vez de sentirse perturbada por la presencia de la Iglesia, la estructura del poder de la comunidad se beneficia del espaldarazo tácito y aún, a veces, verbal, de la Iglesia a la situación imperante.

Pero el juicio de Dios rige para la Iglesia más que nunca. Si la iglesia de hoy no recobra el espíritu de sacrificio de la Iglesia primitiva, perderá su autenticidad, echará a perder la lealtad de millones de personas y acabará desacreditada como si se tratara de algún club social irrelevante, desprovisto de sentido para el siglo XX. Todos los días me encuentro con jóvenes cuyo desengaño por la actitud de la Iglesia se ha convertido en auténtico asco.

Puede que también esta vez me haya pasado de optimista. ¿Acaso está la religión demasiado vinculada al status quo como para salvar a nuestra nación y al mundo? Es posible que tenga que polarizar mi fe en la Iglesia espiritual interior, en la Iglesia dentro de la Iglesia, como verdadera ekklesia y esperanza del orbe. Pero agradezco nuevamente a Dios que algunas almas nobles de las filas de la religión organizada hayan roto las cadenas paralizantes del conformismo y se hayan unido a nosotros en calidad de asociados activos en la lucha por la libertad. Abandonaron sus tranquilas congregaciones y marcharon con nosotros por las calles de Albany. Han descendido por las autopistas del Sur participando en unos “viajes de la Libertad”, por cierto sembrados de obstáculos. Sí, fueron a la cárcel con nosotros; algunos de ellos perdieron sus parroquias, quedaron sin el apoyo de sus obispos y de sus colegas eclesiásticos. Pero obraron creyendo que la razón derrotada puede más que la sinrazón triunfante. Su testimonio ha sido la sal espiritual que ha conservado el verdadero significado del Evangelio en estos tiempos de turbación. Han cavado un túnel de esperanza en la negra montaña del desconcierto.

Espero que la Iglesia en conjunto saldrá a la palestra en esta hora decisiva. Pero, aunque la Iglesia no acuda en ayuda de la justicia, no pierdo mis esperanzas acerca del futuro. No abrigo ningún temor acerca del resultado de nuestra lucha en Birmingham, aunque haya sido dada una interpretación equivocada de nuestros motivos. Alcanzaremos la meta de la libertad en Birmingham y en toda la nación, porque la meta de Norteamérica es libertad. Por más que se nos insulte y se haga burla de nosotros, nuestro destino va unido al de Estados Unidos. Antes de que los peregrinos arribasen a Plymouth, estábamos aquí. Antes de que la pluma de Jefferson escribiera las majestuosas palabras de la Declaración de Independencia en las páginas de la historia, estábamos aquí. Durante más de dos siglos, nuestros antecesores trabajaron en este país sin cobrar salario alguno; hicieron rey al algodón; edificaron las mansiones de sus amos mientras sufrían una injusticia flagrante y padecían una humillación abyecta y, sin embargo, gracias a una vitalidad sin límites, siguieron progresando y multiplicándose. Si las inenarrables crueldades de la esclavitud no pudieron detenernos, menos podrá hacerlo la oposición que tenemos ahora frente a nosotros. Conquistaremos nuestra libertad porque el sagrado legado de nuestra nación y la eterna voluntad de Dios están plenamente integrados en nuestras exigencias.
Antes de terminar, me siento obligado a citar otro punto de la declaración hecha por ustedes que me ha turbado profundamente. Aplaudieron ustedes con calor a la policía de Birmingham por mantener “el orden” y “prevenir la violencia”. Dudo que aplaudiesen tan fervorosamente a la fuerza policiaca de haber visto a sus perros hincar sus colmillos en negros inermes, no violentos. Dudo que aplaudiesen con tanto fervor a los policías de haber observado el horrible e inhumano trato que deparan a los negros aquí, en la cárcel de la ciudad; si les viesen empujar e insultar a las ancianas negras y a las muchachas negras; si les viesen abofetear y golpear a los viejos y a los muchachos negros; si observasen cómo —según hicieron en dos ocasiones— se negaban a darnos de comer porque queríamos cantar para bendecir la mesa juntos. No puedo unirme a ustedes en su alabanza a la policía de Birmingham.

Es cierto que la policía ha demostrado cierta capacidad de disciplina en su trato a los manifestantes. En este sentido, se han comportado más bien de modo “no violento” en público. Pero, ¿por qué? Para preservar el perjudicial sistema de la segregación. Durante los últimos años he predicado sin cesar que la no violencia requiere que los medios de que nos valemos sean tan puros como las metas que nos proponemos alcanzar. He tratado de dejar claramente establecido que está mal valerse de medios inmorales para lograr fines morales. Pero ahora he de afirmar que tan mal está, y quizás aún sea peor, valerse de medios morales para la consecución de fines inmorales. Es posible que el señor Connor y sus policías se hayan mostrado más bien no violentos en público como hiciera el jefe de policía Pritchett en Albany (Georgia), pero han utilizado los medios morales que les brinda la no violencia para mantener la meta inmoral de la injusticia racial. Como dijera el gran escritor T. S. Eliot: “La última tentación es la mayor de las traiciones: obrar bien por malos motivos.”

Hubiese preferido que aplaudiesen a los negros que participaban en los sit-ins y en las manifestaciones de Birmingham, rindiendo así homenaje a su valor sublime, a su aceptación del martirio y su increíble disciplina ante tamaña provocación. Algún día reconocerá el Sur cuáles son sus verdaderos héroes. Se citarán a los James Meredith, con el noble sentido de la misión propia que les arma para enfrentarse a muchedumbres vociferantes y hostiles, y con esa oprimente sensación de soledad que caracteriza la vida del pionero. Se citarán las mujeres negras oprimidas, de edad provecta, desgastadas, simbolizadas por aquella anciana de setenta y dos años que en Montgomery (Alabama) se alzó, movida por su sentido de la dignidad, y decidió con los suyos no viajar más en autobuses segregados, y que respondió con espontánea profundidad a alguien que le preguntaba acerca de su cansancio: “Tengo los pies cansados, pero mi alma descansa.” Se hablará de los jóvenes alumnos de los institutos y de los estudiantes universitarios; de los jóvenes ministros del Evangelio y de toda una pléyade de sacerdotes mayores que ellos, que se sientan en las secciones alimenticias de los almacenes, valientemente y adhiriéndose a la no violencia, a la vez que dispuestos a ingresar en la cárcel porque así se lo pide su conciencia. Día llegara en que el Sur se entere de que, cuando aquellos hijos desheredados de Dios se sentaban en los snack-bar de las galerías, de hecho estaban defendiendo lo mejor del sueño norteamericano y los valores más sagrados de nuestro legado judeocristiano, reconduciendo así nuestra nación a los grandes pozos de la democracia, profundamente cavados por los padres de la nación norteamericana en su formulación de la Constitución y de la Declaración de la Independencia.

Nunca antes de ahora escribí una carta tan larga. Me temo que sea demasiado larga, habida cuenta de lo cargado que están sus horarios. Les aseguro que hubiese sido mucho más corta de haber sido escrita detrás de un cómodo despacho, pero, ¿qué puede hacer uno cuando está solo en una estrecha celda de la prisión, como no sea escribir largas cartas, desentrañar profundos pensamientos y rezar interminables oraciones?
Si hay en esta carta algo que exagera la verdad e indica una impaciencia poco razonable, les pido que me perdonen por ello. Si hay en ella algo que minimiza la verdad e indica que es tanta mi paciencia que me conformo con algo menor que la fraternidad, pido a Dios, bien sinceramente, que me perdone.

Espero que esta carta les halle firmes en su fe. Espero también que las circunstancias me permitirán no tardar mucho en reunirme con cada uno de ustedes no como integracionista ni como líder del movimiento de los derechos civiles, sino en calidad de eclesiástico y de hermano cristiano. Esperemos todos que los oscuros nubarrones del prejuicio racial se alejen pronto y que la densa niebla de la interpretación torcida se apartará de nuestras comunidades presas de miedo, y que algún día no lejano las refulgentes estrellas del amor y de la fraternidad iluminarán nuestra nación con toda su deslumbrante belleza.
Me despido de ustedes, quedando suyo en la causa de la paz y la fraternidad.

Martin Luther King 

Martin Luther King: Carta desde la prisión de Birmingham

LETTER FROM BIRMINGHAM JAIL
April 16, 1963

MY DEAR FELLOW CLERGYMEN:

While confined here in the Birmingham city jail, I came across your recent statement calling my present activities “unwise and untimely.” Seldom do I pause to answer criticism of my work and ideas. If I sought to answer all the criticisms that cross my desk, my secretaries would have little time for anything other than such correspondence in the course of the day, and I would have no time for constructive work. But since I feel that you are men of genuine good will and that your criticisms are sincerely set forth, I want to try to answer your statements in what I hope will be patient and reasonable terms.

I think I should indicate why I am here In Birmingham, since you have been influenced by the view which argues against “outsiders coming in.” I have the honor of serving as president of the Southern Christian Leadership Conference, an organization operating in every southern state, with headquarters in Atlanta, Georgia. We have some eighty-five affiliated organizations across the South, and one of them is the Alabama Christian Movement for Human Rights. Frequently we share staff, educational and financial resources with our affiliates. Several months ago the affiliate here in Birmingham asked us to be on call to engage in a nonviolent direct-action program if such were deemed necessary. We readily consented, and when the hour came we lived up to our promise. So I, along with several members of my staff, am here because I was invited here I am here because I have organizational ties here.

But more basically, I am in Birmingham because injustice is here. Just as the prophets of the eighth century B.C. left their villages and carried their “thus saith the Lord” far beyond the boundaries of their home towns, and just as the Apostle Paul left his village of Tarsus and carried the gospel of Jesus Christ to the far corners of the Greco-Roman world, so am I compelled to carry the gospel of freedom beyond my own home town. Like Paul, I must constantly respond to the Macedonian call for aid.

Moreover, I am cognizant of the interrelatedness of all communities and states. I cannot sit idly by in Atlanta and not be concerned about what happens in Birmingham. Injustice anywhere is a threat to justice everywhere. We are caught in an inescapable network of mutuality, tied in a single garment of destiny. Whatever affects one directly, affects all indirectly. Never again can we afford to live with the narrow, provincial “outside agitator” idea. Anyone who lives inside the United States can never be considered an outsider anywhere within its bounds.

You deplore the demonstrations taking place in Birmingham. But your statement, I am sorry to say, fails to express a similar concern for the conditions that brought about the demonstrations. I am sure that none of you would want to rest content with the superficial kind of social analysis that deals merely with effects and does not grapple with underlying causes. It is unfortunate that demonstrations are taking place in Birmingham, but it is even more unfortunate that the city’s white power structure left the Negro community with no alternative.

In any nonviolent campaign there are four basic steps: collection of the facts to determine whether injustices exist; negotiation; self-purification; and direct action. We have gone through all of these steps in Birmingham. There can be no gainsaying the fact that racial injustice engulfs this community. Birmingham is probably the most thoroughly segregated city in the United States. Its ugly record of brutality is widely known. Negroes have experienced grossly unjust treatment in the courts. There have been more unsolved bombings of Negro homes and churches in Birmingham than in any other city in the nation. These are the hard, brutal facts of the case. On the basis of these conditions, Negro leaders sought to negotiate with the city fathers. But the latter consistently refused to engage in good-faith negotiation.

Then, last September, came the opportunity to talk with leaders of Birmingham’s economic community. In the course of the negotiations, certain promises were made by the merchants — for example, to remove the stores humiliating racial signs. On the basis of these promises, the Reverend Fred Shuttlesworth and the leaders of the Alabama Christian Movement for Human Rights agreed to a moratorium on all demonstrations. As the weeks and months went by, we realized that we were the victims of a broken promise. A few signs, briefly removed, returned; the others remained.

As in so many past experiences, our hopes had been blasted, and the shadow of deep disappointment settled upon us. We had no alternative except to prepare for direct action, whereby we would present our very bodies as a means of laying our case before the conscience of the local and the national community. Mindful of the difficulties involved, we decided to undertake a process of self-purification. We began a series of workshops on nonviolence, and we repeatedly asked ourselves : “Are you able to accept blows without retaliating?” “Are you able to endure the ordeal of jail?” We decided to schedule our direct-action program for the Easter season, realizing that except for Christmas, this is the main shopping period of the year. Knowing that a strong economic withdrawal program would be the by-product of direct action, we felt that this would be the best time to bring pressure to bear on the merchants for the needed change.

Then it occurred to us that Birmingham’s mayoralty election was coming up in March, and we speedily decided to postpone action until after election day. When we discovered that the Commissioner of Public Safety, Eugene “Bull” Connor, had piled up enough votes to be in the run-off we decided again to postpone action until the day after the run-off so that the demonstrations could not be used to cloud the issues. Like many others, we waited to see Mr. Connor defeated, and to this end we endured postponement after postponement. Having aided in this community need, we felt that our direct-action program could be delayed no longer.

You may well ask: “Why direct action? Why sit-ins, marches and so forth? Isn’t negotiation a better path?” You are quite right in calling, for negotiation. Indeed, this is the very purpose of direct action. Nonviolent direct action seeks to create such a crisis and foster such a tension that a community which has constantly refused to negotiate is forced to confront the issue. It seeks to so dramatize the issue that it can no longer be ignored. My citing the creation of tension as part of the work of the nonviolent-resister may sound rather shocking. But I must confess that I am not afraid of the word “tension.” I have earnestly opposed violent tension, but there is a type of constructive, nonviolent tension which is necessary for growth. Just as Socrates felt that it was necessary to create a tension in the mind so that individuals could rise from the bondage of myths and half-truths to the unfettered realm of creative analysis and objective appraisal, we must we see the need for nonviolent gadflies to create the kind of tension in society that will help men rise from the dark depths of prejudice and racism to the majestic heights of understanding and brotherhood.

The purpose of our direct-action program is to create a situation so crisis-packed that it will inevitably open the door to negotiation. I therefore concur with you in your call for negotiation. Too long has our beloved Southland been bogged down in a tragic effort to live in monologue rather than dialogue.

One of the basic points in your statement is that the action that I and my associates have taken .in Birmingham is untimely. Some have asked: “Why didn’t you give the new city administration time to act?” The only answer that I can give to this query is that the new Birmingham administration must be prodded about as much as the outgoing one, before it will act. We are sadly mistaken if we feel that the election of Albert Boutwell as mayor. will bring the millennium to Birmingham. While Mr. Boutwell is a much more gentle person than Mr. Connor, they are both segregationists, dedicated to maintenance of the status quo. I have hope that Mr. Boutwell will be reasonable enough to see the futility of massive resistance to desegregation. But he will not see this without pressure from devotees of civil rights. My friends, I must say to you that we have not made a single gain civil rights without determined legal and nonviolent pressure. Lamentably, it is an historical fact that privileged groups seldom give up their privileges voluntarily. Individuals may see the moral light and voluntarily give up their unjust posture; but, as Reinhold Niebuhr has reminded us, groups tend to be more immoral than individuals.

We know through painful experience that freedom is never voluntarily given by the oppressor; it must be demanded by the oppressed. Frankly, I have yet to engage in a direct-action campaign that was “well timed” in the view of those who have not suffered unduly from the disease of segregation. For years now I have heard the word “Wait!” It rings in the ear of every Negro with piercing familiarity. This “Wait” has almost always meant “Never.” We must come to see, with one of our distinguished jurists, that “justice too long delayed is justice denied.”

We have waited for more than 340 years for our constitutional and God-given rights. The nations of Asia and Africa are moving with jetlike speed toward gaining political independence, but we stiff creep at horse-and-buggy pace toward gaining a cup of coffee at a lunch counter. Perhaps it is easy for those who have never felt the stinging dark of segregation to say, “Wait.” But when you have seen vicious mobs lynch your mothers and fathers at will and drown your sisters and brothers at whim; when you have seen hate-filled policemen curse, kick and even kill your black brothers and sisters; when you see the vast majority of your twenty million Negro brothers smothering in an airtight cage of poverty in the midst of an affluent society; when you suddenly find your tongue twisted and your speech stammering as you seek to explain to your six-year-old daughter why she can’t go to the public amusement park that has just been advertised on television, and see tears welling up in her eyes when she is told that Funtown is closed to colored children, and see ominous clouds of inferiority beginning to form in her little mental sky, and see her beginning to distort her personality by developing an unconscious bitterness toward white people; when you have to concoct an answer for a five-year-old son who is asking: “Daddy, why do white people treat colored people so mean?”; when you take a cross-country drive and find it necessary to sleep night after night in the uncomfortable corners of your automobile because no motel will accept you; when you are humiliated day in and day out by nagging signs reading “white” and “colored”; when your first name becomes “nigger,” your middle name becomes “boy” (however old you are) and your last name becomes “John,” and your wife and mother are never given the respected title “Mrs.”; when you are harried by day and haunted by night by the fact that you are a Negro, living constantly at tiptoe stance, never quite knowing what to expect next, and are plagued with inner fears and outer resentments; when you go forever fighting a degenerating sense of “nobodiness” then you will understand why we find it difficult to wait. There comes a time when the cup of endurance runs over, and men are no longer willing to be plunged into the abyss of despair. I hope, sirs, you can understand our legitimate and unavoidable impatience.

You express a great deal of anxiety over our willingness to break laws. This is certainly a legitimate concern. Since we so diligently urge people to obey the Supreme Court’s decision of 1954 outlawing segregation in the public schools, at first glance it may seem rather paradoxical for us consciously to break laws. One may want to ask: “How can you advocate breaking some laws and obeying others?” The answer lies in the fact that there are two types of laws: just and unjust. I would be the first to advocate obeying just laws. One has not only a legal but a moral responsibility to obey just laws. Conversely, one has a moral responsibility to disobey unjust laws. I would agree with St. Augustine that “an unjust law is no law at all”

Now, what is the difference between the two? How does one determine whether a law is just or unjust? A just law is a man-made code that squares with the moral law or the law of God. An unjust law is a code that is out of harmony with the moral law. To put it in the terms of St. Thomas Aquinas: An unjust law is a human law that is not rooted in eternal law and natural law. Any law that uplifts human personality is just. Any law that degrades human personality is unjust. All segregation statutes are unjust because segregation distorts the soul and damages the personality. It gives the segregator a false sense of superiority and the segregated a false sense of inferiority. Segregation, to use the terminology of the Jewish philosopher Martin Buber, substitutes an “I-it” relationship for an “I-thou” relationship and ends up relegating persons to the status of things. Hence segregation is not only politically, economically and sociologically unsound, it is morally wrong and awful. Paul Tillich said that sin is separation. Is not segregation an existential expression ‘of man’s tragic separation, his awful estrangement, his terrible sinfulness? Thus it is that I can urge men to obey the 1954 decision of the Supreme Court, for it is morally right; and I can urge them to disobey segregation ordinances, for they are morally wrong.

Let us consider a more concrete example of just and unjust laws. An unjust law is a code that a numerical or power majority group compels a minority group to obey but does not make binding on itself. This is difference made legal. By the same token, a just law is a code that a majority compels a minority to follow and that it is willing to follow itself. This is sameness made legal.

Let me give another explanation. A law is unjust if it is inflicted on a minority that, as a result of being denied the right to vote, had no part in enacting or devising the law. Who can say that the legislature of Alabama which set up that state’s segregation laws was democratically elected? Throughout Alabama all sorts of devious methods are used to prevent Negroes from becoming registered voters, and there are some counties in which, even though Negroes constitute a majority of the population, not a single Negro is registered. Can any law enacted under such circumstances be considered democratically structured?

Sometimes a law is just on its face and unjust in its application. For instance, I have been arrested on a charge of parading without a permit. Now, there is nothing wrong in having an ordinance which requires a permit for a parade. But such an ordinance becomes unjust when it is used to maintain segregation and to deny citizens the First Amendment privilege of peaceful assembly and protest.

I hope you are able to ace the distinction I am trying to point out. In no sense do I advocate evading or defying the law, as would the rabid segregationist. That would lead to anarchy. One who breaks an unjust law must do so openly, lovingly, and with a willingness to accept the penalty. I submit that an individual who breaks a law that conscience tells him is unjust and who willingly accepts the penalty of imprisonment in order to arouse the conscience of the community over its injustice, is in reality expressing the highest respect for law.

Of course, there is nothing new about this kind of civil disobedience. It was evidenced sublimely in the refusal of Shadrach, Meshach and Abednego to obey the laws of Nebuchadnezzar, on the ground that a higher moral law was at stake. It was practiced superbly by the early Christians, who were willing to face hungry lions and the excruciating pain of chopping blocks rather than submit to certain unjust laws of the Roman Empire. To a degree, academic freedom is a reality today because Socrates practiced civil disobedience. In our own nation, the Boston Tea Party represented a massive act of civil disobedience.

We should never forget that everything Adolf Hitler did in Germany was “legal” and everything the Hungarian freedom fighters did in Hungary was “illegal.” It was “illegal” to aid and comfort a Jew in Hitler’s Germany. Even so, I am sure that, had I lived in Germany at the time, I would have aided and comforted my Jewish brothers. If today I lived in a Communist country where certain principles dear to the Christian faith are suppressed, I would openly advocate disobeying that country’s antireligious laws.

I must make two honest confessions to you, my Christian and Jewish brothers. First, I must confess that over the past few years I have been gravely disappointed with the white moderate. I have almost reached the regrettable conclusion that the Negro’s great stumbling block in his stride toward freedom is not the White Citizen’s Counciler or the Ku Klux Klanner, but the white moderate, who is more devoted to “order” than to justice; who prefers a negative peace which is the absence of tension to a positive peace which is the presence of justice; who constantly says: “I agree with you in the goal you seek, but I cannot agree with your methods of direct action”; who paternalistically believes he can set the timetable for another man’s freedom; who lives by a mythical concept of time and who constantly advises the Negro to wait for a “more convenient season.” Shallow understanding from people of good will is more frustrating than absolute misunderstanding from people of ill will. Lukewarm acceptance is much more bewildering than outright rejection.

I had hoped that the white moderate would understand that law and order exist for the purpose of establishing justice and that when they fan in this purpose they become the dangerously structured dams that block the flow of social progress. I had hoped that the white moderate would understand that the present tension in the South is a necessary phase of the transition from an obnoxious negative peace, in which the Negro passively accepted his unjust plight, to a substantive and positive peace, in which all men will respect the dignity and worth of human personality. Actually, we who engage in nonviolent direct action are not the creators of tension. We merely bring to the surface the hidden tension that is already alive. We bring it out in the open, where it can be seen and dealt with. Like a boil that can never be cured so long as it is covered up but must be opened with an its ugliness to the natural medicines of air and light, injustice must be exposed, with all the tension its exposure creates, to the light of human conscience and the air of national opinion before it can be cured.

In your statement you assert that our actions, even though peaceful, must be condemned because they precipitate violence. But is this a logical assertion? Isn’t this like condemning a robbed man because his possession of money precipitated the evil act of robbery? Isn’t this like condemning Socrates because his unswerving commitment to truth and his philosophical inquiries precipitated the act by the misguided populace in which they made him drink hemlock? Isn’t this like condemning Jesus because his unique God-consciousness and never-ceasing devotion to God’s will precipitated the evil act of crucifixion? We must come to see that, as the federal courts have consistently affirmed, it is wrong to urge an individual to cease his efforts to gain his basic constitutional rights because the quest may precipitate violence. Society must protect the robbed and punish the robber.

I had also hoped that the white moderate would reject the myth concerning time in relation to the struggle for freedom. I have just received a letter from a white brother in Texas. He writes: “All Christians know that the colored people will receive equal rights eventually, but it is possible that you are in too great a religious hurry. It has taken Christianity almost two thousand years to accomplish what it has. The teachings of Christ take time to come to earth.” Such an attitude stems from a tragic misconception of time, from the strangely rational notion that there is something in the very flow of time that will inevitably cure all ills. Actually, time itself is neutral; it can be used either destructively or constructively. More and more I feel that the people of ill will have used time much more effectively than have the people of good will. We will have to repent in this generation not merely for the hateful words and actions of the bad people but for the appalling silence of the good people. Human progress never rolls in on wheels of inevitability; it comes through the tireless efforts of men willing to be co-workers with God, and without this ‘hard work, time itself becomes an ally of the forces of social stagnation. We must use time creatively, in the knowledge that the time is always ripe to do right. Now is the time to make real the promise of democracy and transform our pending national elegy into a creative psalm of brotherhood. Now is the time to lift our national policy from the quicksand of racial injustice to the solid rock of human dignity.

You speak of our activity in Birmingham as extreme. At fist I was rather disappointed that fellow clergymen would see my nonviolent efforts as those of an extremist. I began thinking about the fact that stand in the middle of two opposing forces in the Negro community. One is a force of complacency, made up in part of Negroes who, as a result of long years of oppression, are so drained of self-respect and a sense of “somebodiness” that they have adjusted to segregation; and in part of a few middle class Negroes who, because of a degree of academic and economic security and because in some ways they profit by segregation, have become insensitive to the problems of the masses. The other force is one of bitterness and hatred, and it comes perilously close to advocating violence. It is expressed in the various black nationalist groups that are springing up across the nation, the largest and best-known being Elijah Muhammad’s Muslim movement. Nourished by the Negro’s frustration over the continued existence of racial discrimination, this movement is made up of people who have lost faith in America, who have absolutely repudiated Christianity, and who have concluded that the white man is an incorrigible “devil.”

I have tried to stand between these two forces, saying that we need emulate neither the “do-nothingism” of the complacent nor the hatred and despair of the black nationalist. For there is the more excellent way of love and nonviolent protest. I am grateful to God that, through the influence of the Negro church, the way of nonviolence became an integral part of our struggle.

If this philosophy had not emerged, by now many streets of the South would, I am convinced, be flowing with blood. And I am further convinced that if our white brothers dismiss as “rabble-rousers” and “outside agitators” those of us who employ nonviolent direct action, and if they refuse to support our nonviolent efforts, millions of Negroes will, out of frustration and despair, seek solace and security in black-nationalist ideologies a development that would inevitably lead to a frightening racial nightmare.

Oppressed people cannot remain oppressed forever. The yearning for freedom eventually manifests itself, and that is what has happened to the American Negro. Something within has reminded him of his birthright of freedom, and something without has reminded him that it can be gained. Consciously or unconsciously, he has been caught up by the Zeitgeist, and with his black brothers of Africa and his brown and yellow brothers of Asia, South America and the Caribbean, the United States Negro is moving with a sense of great urgency toward the promised land of racial justice. If one recognizes this vital urge that has engulfed the Negro community, one should readily understand why public demonstrations are taking place. The Negro has many pent-up resentments and latent frustrations, and he must release them. So let him march; let him make prayer pilgrimages to the city hall; let him go on freedom rides–and try to understand why he must do so. If his repressed emotions are not released in nonviolent ways, they will seek expression through violence; this is not a threat but a fact of history. So I have not said to my people: “Get rid of your discontent.” Rather, I have tried to say that this normal and healthy discontent can be channeled into the creative outlet of nonviolent direct action. And now this approach is being termed extremist.

But though I was initially disappointed at being categorized as an extremist, as I continued to think about the matter I gradually gained a measure of satisfaction from the label. Was not Jesus an extremist for love: “Love your enemies, bless them that curse you, do good to them that hate you, and pray for them which despitefully use you, and persecute you.” Was not Amos an extremist for justice: “Let justice roll down like waters and righteousness like an ever-flowing stream.” Was not Paul an extremist for the Christian gospel: “I bear in my body the marks of the Lord Jesus.” Was not Martin Luther an extremist: “Here I stand; I cannot do otherwise, so help me God.” And John Bunyan: “I will stay in jail to the end of my days before I make a butchery of my conscience.” And Abraham Lincoln: “This nation cannot survive half slave and half free.” And Thomas Jefferson: “We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal …” So the question is not whether we will be extremists, but what kind of extremists we will be. Will we be extremists for hate or for love? Will we be extremists for the preservation of injustice or for the extension of justice? In that dramatic scene on Calvary’s hill three men were crucified. We must never forget that all three were crucified for the same crime—the crime of extremism. Two were extremists for immorality, and thus fell below their environment. The other, Jesus Christ, was an extremist for love, truth and goodness, and thereby rose above his environment. Perhaps the South, the nation and the world are in dire need of creative extremists.

I had hoped that the white moderate would see this need. Perhaps I was too optimistic; perhaps I expected too much. I suppose I should have realized that few members of the oppressor race can understand the deep groans and passionate yearnings of the oppressed race, and still fewer have the vision to see that injustice must be rooted out by strong, persistent and determined action. I am thankful, however, that some of our white brothers in the South have grasped the meaning of this social revolution and committed themselves to it. They are still too few in quantity, but they are big in quality. Some—such as Ralph McGill, Lillian Smith, Harry Golden, James McBride Dabbs, Ann Braden and Sarah Patton Boyle—have written about our struggle in eloquent and prophetic terms. Others have marched with us down nameless streets of the South. They have languished in filthy, roach-infested jails, suffering the abuse and brutality of policemen who view them as “dirty nigger lovers.” Unlike so many of their moderate brothers and sisters, they have recognized the urgency of the moment and sensed the need for powerful “action” antidotes to combat the disease of segregation.

Let me take note of my other major disappointment. I have been so greatly disappointed with the white church and its leadership. Of course, there are some notable exceptions. I am not unmindful of the fact that each of you has taken some significant stands on this issue. I commend you, Reverend Stallings, for your Christian stand on this past Sunday, in welcoming Negroes to your worship service on a non segregated basis. I commend the Catholic leaders of this state for integrating Spring Hill College several years ago.

But despite these notable exceptions, I must honestly reiterate that I have been disappointed with the church. I do not say this as one of those negative .critics who can always find. something wrong with the church. I say this as a minister of the gospel, who loves the church; who was nurtured in its bosom; who has been sustained by its spiritual blessings and who will remain true to it as long as the cord of Rio shall lengthen.

When I was suddenly catapulted into the leadership of the bus protest in Montgomery, Alabama, a few years ago, I felt we would be supported by the white church felt that the white ministers, priests and rabbis of the South would be among our strongest allies. Instead, some have been outright opponents, refusing to understand the freedom movement and misrepresenting its leader era; an too many others have been more cautious than courageous and have remained silent behind the anesthetizing security of stained-glass windows.

In spite of my shattered dreams, I came to Birmingham with the hope that the white religious leadership of this community would see the justice of our cause and, with deep moral concern, would serve as the channel through which our just grievances could reach the power structure. I had hoped that each of you would understand. But again I have been disappointed.

I have heard numerous southern religious leaders admonish their worshipers to comply with a desegregation decision because it is the law, but I have longed to hear white ministers declare: “Follow this decree because integration is morally right and because the Negro is your brother.” In the midst of blatant injustices inflicted upon the Negro, I have watched white churchmen stand on the sideline and mouth pious. irrelevancies and sanctimonious trivialities. In the midst of a mighty struggle to rid our nation of racial and economic injustice, I have heard many ministers say: “Those are social issues, with which the gospel has no real concern.” And I have watched many churches commit themselves to a completely other worldly religion which makes a strange, on Biblical distinction between body and soul, between the sacred and the secular.

I have traveled the length and breadth of Alabama, Mississippi and all the other southern states. On sweltering summer days and crisp autumn mornings I have looked at the South’s beautiful churches with their lofty spires pointing heavenward. I have beheld the impressive outlines of her massive religious-education buildings. Over and over I have found myself asking: “What kind of people worship here? Who is their God? Where were their voices when the lips of Governor Barnett dripped with words of interposition and nullification? Where were they when Governor Wallace gave a clarion call for defiance and hatred? Where were their voices of support when bruised and weary Negro men and women decided to rise from the dark dungeons of complacency to the bright hills of creative protest?”

Yes, these questions are still in my mind. In deep disappointment I have wept over the laxity of the church. But be assured that my tears have been tears of love. There can be no deep disappointment where there is not deep love. Yes, I love the church. How could I do otherwise? l am in the rather unique position of being the son, the grandson and the great-grandson of preachers. Yes, I see the church as the body of Christ. But, oh! How we have blemished and scarred that body through social neglect and through fear of being nonconformists.

There was a time when the church was very powerful in the time when the early Christians rejoiced at being deemed worthy to suffer for what they believed. In those days the church was not merely a thermometer that recorded the ideas and principles of popular opinion; it was a thermostat that transformed the mores of society. Whenever the early Christians entered a town, the people in power became disturbed and immediately sought to convict the Christians for being “disturbers of the peace” and “outside agitators”‘ But the Christians pressed on, in the conviction that they were “a colony of heaven,” called to obey God rather than man. Small in number, they were big in commitment. They were too God intoxicated to be “astronomically intimidated.” By their effort and example they brought an end to such ancient evils as infanticide. and gladiatorial contests.

Things are different now. So often the contemporary church is a weak, ineffectual voice with an uncertain sound. So often it is an archdefender of the status quo. Par from being disturbed by the presence of the church, the power structure of the average community is consoled by the church’s silent and often even vocal sanction of things as they are.

But the judgment of God is upon the church as never before. If today’s church does not recapture the sacrificial spirit of the early church, it vi lose its authenticity, forfeit the loyalty of millions, and be dismissed as an irrelevant social club with no meaning for the twentieth century. Every day I meet young people whose disappointment with the church has turned into outright disgust.

Perhaps I have once again been too optimistic. Is organized religion too inextricably bound to the status quo to save our nation and the world? Perhaps I must turn my faith to the inner spiritual church, the church within the church, as the true ecclesia and the hope of the world. But again I am thankful to God that some noble souls from the ranks of organized religion have broken loose from the paralyzing chains of conformity and joined us as active partners in the struggle for freedom, They have left their secure congregations and walked the streets of Albany, Georgia, with us. They have gone down the highways of the South on tortuous rides for freedom. Yes, they have gone to jai with us. Some have been dismissed from their churches, have lost the support of their bishops and fellow ministers. But they have acted in the faith that right defeated is stronger than evil triumphant. Their witness has been the spiritual salt that has preserved the true meaning of the gospel in these troubled times. They have carved a tunnel of hope through the dark mountain of disappointment.

I hope the church as a whole will meet the challenge of this decisive hour. But even if the church does not come to the aid of justice, I have no despair about the future. I have no fear about the outcome of our struggle in Birmingham, even if our motives are at present misunderstood. We will reach the goal of freedom in Birmingham, ham and all over the nation, because the goal of America k freedom. Abused and scorned though we may be, our destiny is tied up with America’s destiny. Before the pilgrims landed at Plymouth, we were here. Before the pen of Jefferson etched the majestic words of the Declaration of Independence across the pages of history, we were here. For more than two centuries our forebears labored in this country without wages; they made cotton king; they built the homes of their masters while suffering gross injustice and shameful humiliation-and yet out of a bottomless vitality they continued to thrive and develop. If the inexpressible cruelties of slavery could not stop us, the opposition we now face will surely fail. We will win our freedom because the sacred heritage of our nation and the eternal will of God are embodied in our echoing demands.

Before closing I feel impelled to mention one other point in your statement that has troubled me profoundly. You warmly commended the Birmingham police force for keeping “order” and “preventing violence.” I doubt that you would have so warmly commended the police force if you had seen its dogs sinking their teeth into unarmed, nonviolent Negroes. I doubt that you would so quickly commend the policemen if you were to observe their ugly and inhumane treatment of Negroes here in the city jail; if you were to watch them push and curse old Negro women and young Negro girls; if you were to see them slap and kick old Negro men and young boys; if you were to observe them, as they did on two occasions, refuse to give us food because we wanted to sing our grace together. I cannot join you in your praise of the Birmingham police department.

It is true that the police have exercised a degree of discipline in handing the demonstrators. In this sense they have conducted themselves rather “nonviolently” in public. But for what purpose? To preserve the evil system of segregation. Over the past few years I have consistently preached that nonviolence demands that the means we use must be as pure as the ends we seek. I have tried to make clear that it is wrong to use immoral means to attain moral ends. But now I must affirm that it is just as wrong, or perhaps even more so, to use moral means to preserve immoral ends. Perhaps Mr. Connor and his policemen have been rather nonviolent in public, as was Chief Pritchett in Albany, Georgia but they have used the moral means of nonviolence to maintain the immoral end of racial injustice. As T. S. Eliot has said: “The last temptation is the greatest treason: To do the right deed for the wrong reason.”

I wish you had commended the Negro sit-inners and demonstrators of Birmingham for their sublime courage, their willingness to suffer and their amazing discipline in the midst of great provocation. One day the South will recognize its real heroes. There will be the James Merediths, with the noble sense of purpose that enables them to face jeering and hostile mobs, and with the agonizing loneliness that characterizes the life of the pioneer. There will be the old, oppressed, battered Negro women, symbolized in a seventy-two-year-old woman in Montgomery, Alabama, who rose up with a sense of dignity and with her people decided not to ride segregated buses, and who responded with ungrammatical profundity to one who inquired about her weariness: “My feets is tired, but my soul is at rest.” There will be the young high school and college students, the young ministers of the gospel and a host of their elders, courageously and nonviolently sitting in at lunch counters and willingly going to jail for conscience’ sake. One day the South will know that when these disinherited children of God sat down at lunch counters, they were in reality standing up for what is best in the American dream and for the most sacred values in our Judaeo-Christian heritage, thereby bringing our nation back to those great wells of democracy which were dug deep by the founding fathers in their formulation of the Constitution and the Declaration of Independence.

Never before have I written so long a letter. I’m afraid it is much too long to take your precious time. I can assure you that it would have been much shorter if I had been writing from a comfortable desk, but what else can one do when he is alone in a narrow jail cell, other than write long letters, think long thoughts and pray long prayers?

If I have said anything in this letter that overstates the truth and indicates an unreasonable impatience, I beg you to forgive me. If I have said anything that understates the truth and indicates my having a patience that allows me to settle for anything less than brotherhood, I beg God to forgive me.

I hope this letter finds you strong in the faith. I also hope that circumstances will soon make it possible for me to meet each of you, not as an integrationist or a civil rights leader but as a fellow clergyman and a Christian brother. Let us all hope that the dark clouds of racial prejudice will soon pass away and the deep fog of misunderstanding will be lifted from our fear-drenched communities, and in some not too distant tomorrow the radiant stars of love and brotherhood will shine over our great nation with all their scintillating beauty.

Yours for the cause of Peace and Brotherhood,

Martin Luther King, Jr.

To Michael Moore: About Georgia

I know this is not the way… but what the heck

Corporations in Georgia… let me think.
You have CNN in Atlanta
and TSYS! in Columbus.. Major credit card player.

Hoping you receive this,in Columbus! Nice credit cards business! Check their clients: most of them (and projected ones) have been bailed out! (from Wachovia to Bank of Greece).

Kind Regards,
Aristonico… helipolitan.

Broker entrevistado por la BBC; Reacciones de los medios

Logicamente, ese video de la BBC no iba a quedar impune en los medios de prensa. La mayoría de los medios de comunicación se apresuraron a matar al mensajero. Forbes le llamo psicópata; CNBC sugirió que era un montaje; New York Magazine se preguntaba si era montaje o nuestra peor pesadilla?

Los grados de respuesta os pueden dar una idea de las tendencias de laos medios de comunicación… Eso os lo dejo a vosotros.

Aqui esta el video completo con la historia de RT

El articulo referido del Rolling Stones se puede encontrar en un post anterior aquí.

Aparentemente, según otras personas relacionadas con Goldman Sachs… pude que haya sido “cándido” pero no carente de realidad.

Desde aqui seguimos pensando que, por una vez, alguien se a atrevido a hablar.
Y le deseamos (de todo corazón) buena salud…

A los siguientes presidentes de EE.UU. les paso poco después de hablar  contra el sistema económico que Goldman Sachs representa (es historia y no una teoría conspiratoria):

-Jackson sufrió el primer intento de asesinato de la historia presidencial de Estados Unidos.
-Lincoln fue asesinado
-Gadfield fue asesinado
-Kennedy fue asesinado (famoso discurso contra sociedades secretas)
-Reagan sobrevivio.

Puedes responder a una sencilla pregunta?

Cuantos de nosotros conoce TODOS los miembros del Congreso que representan nuestra circunscripción?

Y del Senado?

Buen, ya no pregunto los representantes de la Union Europea, porque me parece que no podríamos prácticamente nombrar a un solo miembro…

Democracia, no?
Los hemos oído alguna vez acercarse a nuestra circunscripción a explicarnos que hacen y por que? Y por que votan así y no asa? 

10 pasos para cerrar una sociedad abierta

Tras una charla con una amiga, Naomi Wolf quedo impresionada por los paralelismos entre el establecimiento de dictaduras y lo que estaba pasando en su propio país, Estados Unidos, que lo plasmo en un libro “El fin de America: carta de advertencia a un joven patriota“.

En su libro describe los 10 pasos que las dictaduras han dado para cerrar una sociedad democrática.

Este es el documental (en ingles) y  los 10 pasos y algunas anotaciones clarificativas (en castellano). Ahora puedes entender mejor el verdadero valor que tiene la manifestación en Wall Street.

El video original de esta post era de YouTube. Ha sido recientemente eliminado.
Alternativamente podeis verlo dividido en dos partes en DiscloseTV 

Projecto para cerrar una sociedad abierta

1. Declarar un enemigo interno y externo
-Ensalzar las teorias conspiratorias.
-Aumentar el miedo de la gente y manejarlo.
-Usa la legalidad existente para justificar los medios.

2. Prisiones secretas donde se tortura
-Secreto significando sin control ni responsabilidades.
-La gente simplemente desaparece.
Se redefine el termino “tortura”. Se reinventa el diccionario y juega con la semántica.

3.  Desarrollo de una fuerza paramilitar
-Sin control por el pueblo ni sus directos representantes.
-Sus bases son conocidos torturadores y asesinos.
-Reemplaza al ejercito y no comparte sus responsabilidades.
-La legislación vigente adapta su interpretación para darles cobertura.

4. Vigilancia de los ciudadanos
-Control de los vecindarios.
-Aumento de la situación de miedo y del silencio popular.
-Creación de listas negras para mejorar el control y neutralización de “disidentes”.
Aumento de la paranoia de la gente, haciendoles sentirse acosados y previniendo que puedan alzar su voz.

5. Infiltración en asociaciones populares
-Incluso si no se descubre nada ilegal, se sigue la vigilancia
-De esta forma el Estado crea caos en la conciencia y hace que sea mas difícil que uno se exprese.
-Hace dudar de la realidad a tu alrededor y elimina confianza.

6.  Detención y liberación de ciudadanos normales
-Arbitrariamente. Tácticas de intimidación ciudadana.
-Cualquier acusación inicial es valida. Normalmente se les libera sin ninguna acusación presentada tras un tiempo arbitrario.
-Arruina la vida del individuo cuando es por largos periodos. Traumatiza su actividad normal.

7.  Eliminar individuos clave
-Se les individualiza, acusa y se les da un castigo ejemplar.
-Dirigido a gente con cierta relevancia social o publica: desde artistas a periodistas.
-Se les desacredita mediante cualquier medio disponible, normalmente mediante exageración, tergiversación y falsas acusaciones para destruir la imagen.

 8. Restricción de la Prensa
-Cualquier declaración se puede convertir en causa de traición y de espionaje.
-Normalmente se basa en “dar al publico conocimiento” de información “clasificada”.
-Criticar al Estado se convierte en prueba;  desde bibliotecarios a oradores públicos.
-Se intenta utilizar a los mismos periodistas como agentes para desvelar sus fuentes de información.

9. Se traduce critica como espionaje y disidencia como traición
-Se criminaliza la libertad de expresion.
-Se utiliza la normativa legal para silenciar a los disidentes.
-Las manifestaciones son entendidas como actos de terrorismo y sus participantes (o simplemente cualquiera que ocurra estar allí) son detenidos y acusados.

10.  Se subvierte el Estado de Derecho
-Se ignora al Legislativo.
-Se elimina o transforma el Judicial.
-El Ejecutivo se reserva el derecho a interpretar o despreciar la normativa legal.
-Se instaura la Ley Marcial y se usa al Ejercito para controlar la población e intimidar a la oposición.

Lo siento chico@s

Pero necesito desahogarme. Y darme un poco de aire. Una declaración de principios que no puedo evitar. Espero que sirva para emocionar a alguno, incitar a otros y ver claro a todos a donde debemos ir.
Jamas, nunca, nos hemos rendido. Y “tenemos los cojones de un tamaño que va acorde a nuestro corazón… Mientras nos queden piedras, lo que nos sobra es valor”.
Puxa Asturies!

We will never surrender!

Un caballo paso por su cuenca minera, borracha y dinamitera 
Tiñiendo de marron la roja sangre, de su puro corazon 
Y hoy te dedico este canto, casi entre dolor y llanto, a la gente que cayo 

A mis veinticuatro primaveras, mucho viaje por el mundo 
Y si el comparar no es justo, diré que no hay comparación 
Pues no hay mejor sensación, que respirar bien profundo 
Cuando pasas el Negron. 

Contemplar sus verdes prados, resguardarme en sus tejados 
de su Orbayu agotador 
Y hacer caso a Don Pelayo, luchando con pundonor 
Pues mientras nos queden piedras, lo que nos sobra es valor 

Porque Asturias es mi patria y sincera es su bandera 
Covadonga, la Santina mas bonita de la tierra. 

He bajado en piragua el descenso del Sella, 
Donde encontré una botella 
Y al abrir el tapón salio mensaje, escrito en negro carbón 
Era el mapa de un tesoro, justo encima habia un mar 
Justo abajo habia un León 

Y no es por tirarnos flores, señoritas ni señores 
Pero to buen Asturiano, no sabe de rendición 
Pues tenemos los cojones, de un tamaño que va acorde 
Al de nuestro corazon 

Porque Asturias es mi patria y sincera es su bandera 
Covadonga, la Santina que en la piel yo tatué. 

Porque Asturias es mi patria y sincera es su bandera 
Covadonga, la santina mas bonita de la tierra. 

De la tierra de los sueños, del trabajador minero 
SI pruebas su manzana, te enganchara su veneno 
De los golfos como yo, de los cielos como tu 
EL jardin de Adan y Eva estaba en territorio Astur 
Y es que tengo un sentimiento, esos que llevas tan adentro 

Cuando mas lejos estoy, mas asturiano me siento 
Fernando Alonso I, coronado Rey del viento 
Cuando se sube en el buga tiene el mismo sentimiento